Después del cotidiano rezo en comunidad y de un frugal desayuno, Juan y Toni, emprenden camino. Al salir de Santo Tomás in Formis, el familiar aroma de pan recién horneado y humedad de la noche anterior les recibe al abrir el portón. Una voz desde el interior les detiene, el hermano Pietro les dá recado de parte de uno de los acogidos en casa.
– Haced por ver al hermano de Giancarlo, decidle que vá mejorando de las fiebres y que mientras su hijo está a cargo de la herreria, que quede tranquilo.
Cierran el portón y comienzan a caminar en dirección a la Piazza Navona, donde se encuentran con Lucia y Paolo dos jóvenes feligreses con los que comparten misión ese dia. Después de una hora larga, jalonada de encuentros y saludos, llegan al Castillo de Sant’Angelo, lo que fué pensado para Mausoleo del Emperador Adriano, ahora tiene uso de prisión, una “carcere”.
Saludan en la entrada al funcionario y le preguntan por el hermano de Giancarlo, si lo ha visto esta mañana, si sigue allí, el funcionario les indica que está en enfermería y Toni se separa del grupo para hablar con el. Lucia y Paolo se dirigen a uno de los patios donde echan la mañana enseñando el italiano a algunos extranjeros.
Juan se dirige a uno de los patios, “el de los pinos”, en el que pasean muchos de los allí recluidos, y se suma a la charla de uno de los grupos. Preocupaciones sobre la familia, enfermedades, rencillas entre algunos de ellos… Juan escucha, se pone en el lugar de cada uno, pero no interviene, sólo cuando le preguntan vá dejando en sus respuestas unas semillas de esperanza con sabor de libertad. La importancia de que se sepan personas, no se identifiquen con sus errores, con sus delitos, que hay oportunidades. Al grupo se van uniendo más personas, y cuando hay más preguntas que conversación, se detienen bajo uno de los pinos, se sientan en el suelo y Juan les invita a que piensen en el futuro, fuera de la prisión, que quieren hacer, que necesitan.
Se unen al grupo Toni, Lucia y Paolo, tomando nota mental de esos proyectos de vida, preguntando algunos detalles. Uno de los hombres, que no había abierto la boca en todo el tiempo, lanza de forma desabrida una pregunta:
– Y esto, ¿para que? ¿Por que hacéis esto?
– Pro Libertas, contesta Juan, por la LIBERTAD.
En el camino de vuelta, van charlando sobre con quien podrían contar para ayudar a que esos proyectos de vida que se visualizaron en el patio se hagan realidad. Se reparten tareas para hablar con el panadero, y que pueda coger de aprendiz a Luca; con dos agricultores de la zona norte, que estaban buscando jornales para el olivar; y así con todos.
Llegan a la casa, hoy se quedan a almorzar con la comunidad Paolo y Lucía, por la tarde toca “zafarrancho de limpieza”. Juan de Mata bendice la mesa, dando gracias por los alimentos y por la misión compartida del carisma trinitario.
Podría ser diciembre de 1210, o de 2024, en cualquier Casa de la Santísima Trinidad.