Manos frágiles tejen, con telar artesano, hilos de colores creando piezas únicas. Esas piezas únicas que son cada una de las mujeres que dan vida al proyecto “ANA, Bi-Nafsi” (“Yo por mí misma”). Y así, como cada hilo que se entremezcla se van reconociendo en su esencia, en su valía, en su ser persona-mujer.
Jóvenes que miran al futuro (y al presente) ilusionados con su formación que les inserte en el mundo laboral desde la unicidad de cada persona. “Chabab Al Mostakbal”, a través de la realización de itinerarios personalizados, alimenta y sostiene esa ilusión.
“ANA, Bi-Nafsi”, “Chabab Al Mostakbal”, acompañamiento a la comunidad católica, casa de puertas abiertas es la comunidad trinitaria de Alhucemas. Comunidad que abre sus puertas a la acogida, a sentirse familia, a superar las diferencias de raza, idioma, nación, creencia…Comunidad que testimonia, enraizando con los orígenes de la Orden, y hace vida el carisma trinitario. Comunidad que invita a compartir lo que se es y lo que se tiene (a veces, nada materialmente).
Comunidad que, físicamente hablando, surge de la “nada”; del dejar atrás las comodidades de nuestra Europa occidental para ir construyendo desde la valentía, la ilusión, la fe y el carisma una comunidad que hay que experimentar. Solo desde la experiencia (el espacio físico actual es muy acogedor) en el quehacer cotidiano, en la presencia, en la escucha y en la oración compartida se comprende la esencia de la comunidad de Alhucemas. Comunidad que, llegues a ella por tierra, mar o aire, te desmonta los prejuicios, te destruye los miedos y te insufla la valentía y el coraje de abrazar al otro porque solo abrazando lo “diferente” se alcanza a comprender la riqueza de la pluralidad. Solo desde esa experiencia, desde el regalo de ir y estar “en casa” se entiende que si bien la comunidad surgió de la “nada” (momentos de pintura, limpieza, amueblar…son grato recuerdo), realmente surgió del “todo”. De ese “Todo” que te embarca y te arrastra hasta los confines del mundo. “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio”.
Ir (en este caso a Alhucemas, Marruecos) implica salir de uno mismo, cruzar y derribar fronteras, abrirnos a lo desconocido. E implica volver con una mirada distinta, inundados del testimonio de la comunidad (dos, en su origen; tres, en la actualidad).
Los hilos coloridos del telar dan brillo a esos ojos tímidos que casi no se atreven a mirar, a esos rostros tantas veces humillados. Los cánticos y bailes de las celebraciones es la banda sonora de los proyectos de los jóvenes que buscan y trabajan por su futuro. Esos hilos y cánticos no son sino los integrantes de la comunidad de Alhucemas junto con los voluntarios y trabajadores que moldean, cual alfareros, la dignidad (a veces tan rota) de la persona, y testimonian la oración tantas veces rezada, “Padre nuestro”.
Comunidad que, junto con la llamada a la oración del pueblo musulmán, tañe su campana para la celebración de la Eucaristía. Comunidad que, con su cruz roja y azul en lo alto de su tejado, agradece el respeto del pueblo árabe a la Église Catholique. Comunidad que, abre sus puertas a la plaza Chita de un pueblo español en otro tiempo; y desde la plaza, su bullicio y sus gentes a todo aquel que precise que su vulnerabilidad sea querida, mimada y transformada. Y así, son, entre otros, abrazados, compartiendo Vida, las mujeres “Ana, Bif-Nasi” y los jóvenes “Chabab Al Mostakbal”.
Rostros, manos, olores, sabores, sonidos invaden mi memoria, recordando y agradeciendo, todos y cada uno de los momentos vividos en Alhucemas. Y deseando seguir compartiendo aún más.
Mª Carmen López de la Torre
