Ex 22,20-26; Sal 17; 1Tes 1,5-10; Mt 22,34-40 Inhalador ProAir
Empezamos esta reflexión recordando el mensaje que san Pablo dirige a los habitantes de Tesalónica que era y es una gran ciudad de Grecia. Y lo primero que resalta el Apóstol, y agradece, es la buena acogida de la Palabra que les predicó “en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo”, llegando a ser “un modelo para todos los creyentes”, y gracias a su comportamiento “vuestra fe se ha difundido por doquier”. Y todo esto desde que se convirtieron, por la predicación del Apóstol, “abandonando los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo”. El elogio que de los tesalonicenses hace san Pablo se funda en el testimonio que dieron de la fe recibida como ejemplo y estímulo para otras comunidades. Y así es: allí donde hay una comunidad parroquial viva desde ella se irradia la fe que anima a otras a abandonar los ídolos que hoy promueven la publicidad y las ideologías, “para servir al Dios vivo y verdadero”. Citalopram
Jesús ha resumido todo el quehacer del discípulo en la tarea de amar a Dios y al prójimo, asociando de manera inseparable los dos preceptos centrales de la Biblia: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente” y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Todo se reduce, pues, a vivir el amor a Dios y el amor al hermano. De aquí se deriva todo lo demás. ¿Cómo entender esta enseñanza de Jesús? Ciertamente, el amor a Dios y el amor al prójimo no han de ser confundidos como si fueran una y la misma cosa. El amor a Dios no se reduce y agota en el amor al prójimo, ni el amor al prójimo se identifica sin más con el amor a Dios. Jesús no confunde nunca a Dios con el hombre. Para Jesús, el amor a Dios tiene la primacía absoluta y no puede ser reemplazado ni suplantado por nada ni por nadie: “Este mandamiento es el principal y primero”. Dios no puede ser sustituido por nada ni por nadie. La relación amorosa con Dios no la reemplaza ni sustituye la relación de amor a los hermanos. Lo primero y fundamental es amar a Dios, buscar su voluntad, ser obedientes a sus mandamientos. Por eso, amar a Dios implica la entrega total de nuestro ser, la liberación progresiva de nuestro egoísmo para orientar toda nuestra existencia desde la raíz del amor. El amor a Dios es una fuente inextinguible de vida y libertad que nos empuja a amar con pasión la vida que él nos ha dado, la creación entera, con todas sus criaturas, como obra de sus manos.
Amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma, no nos aleja, ni mucho menos, del amor concreto al hermano. El Señor nos ha recordado por boca de Moisés un par de casos concretos de amor al prójimo: el extranjero y el pobre. Hoy hay muchos extranjeros entre nosotros, que vienen en busca de pan, como los hebreos fueron a Egipto en tiempos de hambre, como nosotros emigramos a América o a otros países de Europa en busca de bienestar. También vosotros fuisteis extranjeros, dice el Señor, por eso no tratéis mal a los extranjeros, no los explotéis, porque “si gritan a mí, yo los escucharé y se encenderá mi ira contra vosotros”. El otro detalle concreto de amor al prójimo es también muy actual: si prestas dinero a un pobre no seas usurero con él. Las naciones ricas prestan mucho dinero a los países pobres, pero con tales condiciones que jamás podrán salir de la pobreza, porque apenas alcanzan a pagar los intereses de la deuda. Los señores de este mundo se mueven por el interés, la riqueza es el ídolo principal y universal.
No se nos manda amar al prójimo como un medio para amar a Dios; el prójimo no es ningún medio, vale por sí mismo, es digno de amor por sí mismo, porque es criatura de Dios, porque es hijo del Padre que hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos y pecadores. Donde hay amor real a Dios hay amor concreto a los hermanos necesitados, y no puede no haberlo; es más, cuanto mayor sea nuestro amor a Dios más amaremos al prójimo. Podemos decir esto mismo de otra manera: amar a Dios es amar a un Padre que ama sin límites a los hombres, y no podemos amar a este Padre sino amando lo que Él ama. Si Dios ama a los hombres como a hijos y criaturas suyas, quien ama de verdad a Dios no puede olvidar a los que Dios ama. Por eso el mandamiento del amor a Dios, aunque es el primero y principal, es, sin embargo, semejante al segundo que nos manda amar al prójimo como a uno mismo. Uno y otro constituyen el resumen y la tarea de toda la vida cristiana, o como nos ha dicho Jesús: “Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas”, o sea, todo se fundamenta en el amor, y a la luz del amor todo alcanza su sentido.
El amor a Dios lo demostramos amando a los hermanos, especialmente a los que viven en condiciones más difíciles por la pobreza, la emigración, la enfermedad o la soledad. Pidamos al Señor en esta Eucaristía, en la que celebramos su amor por nosotros, que nos ayude a amarle con todo nuestro ser amando y respetando a nuestros hermanos. Esto es abandonar los ídolos y volvernos a Dios.
P. José Mª de Miguel, osst