Is 45,1.4-6; Sal 95; 1Tes 1,1-5; Mt 22,15-21
Celebramos este domingo la Jornada Mundial de la Propagación de la Fe, el Domund, y lo hacemos con alegría y gratitud, porque ahora se cumplen exactamente 100 años de su fundación en tiempos del papa Pío XI. En España esta conmemoración tiene una gran importancia por ser desde antiguo un país especialmente misionero, así en la actualidad hay 9.932 misioneros españoles esparcidos por 135 países de los cinco continentes, de los cuales el 53% son mujeres y el 47 % varones. Y celebramos esta Jornada misionera en el marco del relato evangélico que habla de los deberes para con la autoridad política y para con Dios. La mayor parte de los misioneros y misioneras realizan el encargo de Jesús de anunciar la Buena Noticia del Evangelio en países dominados por regímenes políticos que no respetan la libertad religiosa, por eso todos los años muchos misioneros mueren asesinados. Sólo el año pasado 2025 fueron asesinados 17 misioneros.
¿Cuál es la enseñanza de Jesús respecto de la correcta relación entre la autoridad política legítimamente constituida y los deberes para con Dios? “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. A la autoridad política, que los ciudadanos se han dado libremente, le compete ordenar los asuntos de este mundo. Esto nadie lo discute; los problemas surgen cuando se da al César lo que es de Dios, o mejor, cuando el César invade el campo que corresponde a Dios; o también cuando la Iglesia se inmiscuye indebidamente en el terreno político. Digo indebidamente, porque cada vez que la Iglesia habla sobre cuestiones de índole moral que afectan a la sociedad, o al funcionamiento de las instituciones políticas, enseguida se le acusa de meterse en política. Aquí no hay que dejarse engañar: una cosa es hacer política y otra muy distinta predicar las exigencias morales de la vida pública y de los que la administran. A la Iglesia nadie le puede prohibir denunciar aquellas actitudes o comportamientos que son incompatibles con el Evangelio. Por ejemplo: Dios es el dueño y señor de la vida, pero el César se arroga la capacidad de decidir sobre la vida de los no nacidos o de los enfermos terminales. En estos casos, ¿a quién hay que obedecer? En toda circunstancia tenemos que tener siempre presente que el César no es el Señor. Por eso no puede disponer de nosotros, de nuestra libertad y de nuestra conciencia, como si fuera Dios. Cuando la autoridad política pretende dominar sobre la vida y la conciencia de los ciudadanos aparecen las dictaduras, que oprimen al hombre y lo reducen a esclavitud, porque le niegan la libertad, y con ella su dignidad personal. Sólo a Dios le debemos la libertad y sólo a Él se la podemos y debemos entregar. Dios es el único que garantiza y salvaguarda la libertad del hombre; Dios es el garante último de la dignidad inviolable de la persona humana.
“A Dios lo que es de Dios”. ¿Y qué le debemos a Dios? ¿Qué hemos de entregarle? Cada uno de nosotros llevamos impresa en nuestro corazón la imagen de Dios, pues somos criaturas suyas; cuando Jesús nos manda dar a Dios lo que es de Dios, nos está indicando que lo único que podemos dar a Dios que sea digno de él es nuestro corazón, somos nosotros mismos. A Dios lo único que le interesa es el bien del hombre, o sea, que esa imagen suya que llevamos dentro cada uno de nosotros resplandezca más cada día. Pero esto sólo será posible si no entregamos el corazón al César, es decir, al reino de este mundo, a las pretensiones de la codicia, del poder, del dinero, de la sensualidad. El corazón, como la libertad, es sólo para Dios; esta entrega es la que Jesús pide cuando dice: “A Dios lo que es de Dios”. Ya se sabe que el César reclama lo suyo y se lo lleva, lo queramos o no; el César no se anda con contemplaciones. Pero Dios no es así, no exige lo suyo por la fuerza; si nos pide la entrega de nuestro amor, es para agrandarlo y purificarlo, es para elevarlo a su imagen y semejanza. Para eso celebramos cada domingo la Eucaristía, la memoria del Señor Jesús entregado por nosotros; es de aquí de donde sacamos fuerza para no dejarnos dominar por los señores de este mundo, porque la Eucaristía es la fuente y el fundamento de nuestra libertad, fuerza y libertad que pedimos para todos los misioneros que en el mundo anuncian el Evangelio sostenidos por la oración y la solidaridad de toda la Iglesia.
El Mensaje para el Domund de este año lleva por título “Uno en Cristo, unidos en la misión”, o sea, todos los seres humanos estamos llamados a ser un solo cuerpo en Cristo, y por eso a todos nos convoca el Papa León para realizar esa misión, como se expresa él mismo al final de su mensaje:
Al admirar a los misioneros y misioneras, hago un llamamiento especial a toda la Iglesia: unámonos todos a ellos en la misión evangelizadora mediante el testimonio de la vida en Cristo, la oración y la contribución a las misiones. Sus oraciones y su apoyo concreto, especialmente con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones, serán de gran ayuda para llevar el Evangelio del amor de Dios a todos, especialmente a los más pobres y necesitados. Cada don, por pequeño que sea, se convierte en un acto significativo de comunión misionera. Padre santo, bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza. María, Reina de las misiones, acompaña nuestra labor evangelizadora en todos los rincones de la tierra; haznos instrumentos de paz y haz que el mundo entero reconozca en Cristo la luz que salva. Amén.