Eclo 27,30-28,7; S al 102; Rom 14,7-9; Mt 18,21-35
Toda la Sagrada Escritura es al mismo tiempo una palabra sobre Dios y una palabra sobre el hombre. Nos dice quién es Dios y quién es el hombre. Tenemos que acercarnos a ella para ser iluminados, pues por ella conocemos a Dios y nos conocemos a nosotros mismos. Veámoslo concretamente en las lecturas bíblicas que acabamos de escuchar.
Tanto en el AT como en el NT lo que Dios es, su ser más íntimo, viene descrito como “amor misericordioso”. Así aparece clarísimamente en el salmo que hemos rezado: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. Este autorretrato de Dios refleja estupendamente la experiencia religiosa del hombre en su trato con Él, del hombre que se sabe pecador, pero sabe también que Dios es “amor misericordioso”, porque “Él perdona todas tus culpas”, porque “Él no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo”, porque “Él no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas”. He aquí el retrato de Dios “compasivo y misericordioso” que se dibuja a lo largo de todo el AT.
¿Y cuál es la imagen o el rostro de Dios que Jesús nos ha revelado en el texto evangélico de este domingo? Según la parábola, el rostro de Dios se identifica con el del Rey que “quiso ajustar las cuentas con sus criados”. Más allá del sentido justiciero que evoca la expresión ‘ajustar las cuentas’ o ‘pedir cuentas’ de la gestión que se nos encomienda, en la parábola sobresale la imagen de Dios dispuesto siempre a perdonar la deuda inmensa de los hombres, que son nuestros pecados, con tal de que se lo pidamos, las veces que haga falta, setenta veces siete, es decir, siempre: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda”.
Así es Dios, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Pero, ¿cómo es el hombre? Resulta escandaloso el comportamiento de aquel hombre al que Dios le ha perdonado su inmensa deuda. Y comenta san Agustín: “Los pecados perdonados vuelven cuando no hay amor fraterno”. Es el caso de aquel siervo malvado, que después de haber recibido el perdón de su inmensa deuda, es incapaz de perdonar una suma irrisoria a su compañero, pues “agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: ‘Págame lo que me debes’. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré’. Pero él se negó, y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que le debía”.
Si Dios se comportó como padre con el siervo malo, perdonándole toda su inmensa deuda, el comportamiento de éste con su compañero fue dañino, destructivo, inhumano. Cuando el dinero es lo único que importa se borran del corazón las señas humanas, el hombre deshumaniza y se deshumaniza.
De las lecturas bíblicas que hoy hemos escuchado se deduce una regla tan sencilla como difícil de practicar: como nosotros nos comportemos con el prójimo así se comportará Dios con nosotros. Es la regla de oro: la medida que usemos en nuestra relación con los demás, la usará Dios con nosotros; no hay dos medidas, sino una sola, y esa la establecemos nosotros, no Dios. En el Evangelio se ve todavía con más claridad que no podemos esperar que Dios se comporte misericordiosamente con nosotros si nosotros no somos misericordiosos con el prójimo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. La única condición que pone el Señor para darnos su perdón es que nos perdonemos nosotros mutuamente. Tan importante es esta condición que el Señor la introdujo en el Padrenuestro, para que no la olvidemos nunca.
Que éste sea el testimonio que nosotros demos hoy como cristianos, allá donde nos encontremos: frente al odio y la intolerancia, el amor y la compasión; frente a la violencia y la venganza, el perdón y la fraternidad. Así seremos hijos de nuestro Padre del cielo, cuyo amor por todos los hombres celebramos en cada Eucaristía, memorial de la entrega del Hijo por nuestra salvación.
José Mª de Miguel, osst