Ex 19,2-6; Sal 99; Rom 5,6-11; Mt 9,36-10,8
¿Qué nos dice la Palabra de Dios que acabamos de escuchar al término de todos los domingos de cuaresma, y de pascua, y las grandes fiestas de la Trinidad y del Corpus, que hemos celebrado durante los últimos meses? El tema de la libertad recorre las lecturas de este domingo. Dios libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto, del poder de los faraones, y hace de él su propiedad personal, “un reino de sacerdotes y una nación santa”. ¿Reino de sacerdotes? ¿Qué es eso? “Reino de sacerdotes” no significa “reino de curas”, no, ni mucho menos, significa que todos los miembros del pueblo, por el hecho de formar parte del pueblo de Dios, están consagrados a Dios y santificados por él. Algo que más tarde se realizará plenamente entre los cristianos por el bautismo. Para hacer de aquel puñado de esclavos el pueblo de Dios, él interviene primero, él lleva la iniciativa: “Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí”. Fijaros en la belleza de la imagen: sobre alas de águila, que expresa también el poder y el amor de Dios por su pueblo ¿Y cuál es la condición que pone Dios para convertir aquel pueblo de esclavos recién liberados en pueblo libre, en pueblo suyo? La escucha obediente de la voz del Señor y guardar los compromisos de la alianza, que se resumen en amar al Señor con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo.
Pero este compromiso pocas veces lo cumplió aquel pueblo de dura cerviz, por eso envió Dios a su Hijo para reunir de nuevo a los que estaban perdidos, desperdigados, abandonados como ovejas sin pastor, con un mensaje de esperanza: “Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos”. Pero esta misión que le confía el Padre, Jesús no la quiere llevar a cabo él solo, por eso envía a los apóstoles a proseguir la misma tarea que él estaba realizando por toda Galilea, y por eso los envía con autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. La realización de este anuncio afecta y compromete a toda la persona en su cuerpo y en su espíritu: para curar enfermos: arrojar demonios; para vencer la muerte: resucitar muertos; para combatir al pecado: limpiar leprosos.
Pero para llevar a cabo esta inmensa tarea no bastan los Doce apóstoles: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”.
El anuncio del reino de Dios que es el centro de la predicación de Jesús alcanza su plena y paradójica realización en la cruz, así nos lo ha hecho ver el apóstol Pablo: “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros […] Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…”. Si todo esto hizo Dios por nosotros ¿cómo no vamos a confiar en su amor? ¿cómo no vamos a esperar la salvación total de nuestras debilidades corporales y espirituales?
El mensaje de Jesús a aquella gente de hace dos mil años, ¿lo podemos aplicar a la situación de nuestro tiempo? Sin duda, también hoy la gente, mucha gente, está desorientada, desilusionada, que vive aislada en un fuerte individualismo, presa fácil de toda forma de propaganda y manipulación. Por eso este es el mensaje liberador del presente domingo: la posibilidad de llegar a ser libres de toda forma de esclavitud, gracias a la obra de Cristo que murió por nosotros, para llegar a ser pueblo de Dios, “una nación santa”, el pueblo nuevo de Dios, es decir, la Iglesia.
En cada celebración de la Eucaristía renovamos la alianza de Dios con nosotros, su pueblo, porque aquí, en la Misa, se actualiza la muerte de Cristo, el gesto supremo de su amor por nosotros. Él nos ha traído como sobre alas de águila hacia él, para recordarnos su amor, para introducirlo en nuestro corazón, para renovar la alianza nueva y eterna sellada en la muerte y resurrección del Señor. Pero, después de celebrar la Eucaristía, expresión suprema del misterio de su amor, él nos manda, como a los discípulos, al mundo a ser testigos y transmisores de su amor. Porque la mies es mucha y los trabajadores pocos.
P. José Mª de Miguel, osst