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  • 08/05/2026

VI Domingo de Pascua

VI Domingo de Pascua
  • Homilías Ciclo A

Hch 8,5-8.14-17; Sal 65; 1 Pe 3,15-18; Jn 14,15-21

“No os dejaré huérfanos”, dice el Señor en este domingo de despedida antes de la Ascensión. Son palabras de consuelo y de ánimo para los discípulos que ya presienten la partida definitiva de Jesús al Padre. “Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo”. Ver a Jesús es vivir, porque eso significa participar de su misma vida divina. Pero ¿cómo podrán los discípulos ver al Señor si él se va? Esta es la cuestión que hoy nos plantea el Evangelio: ¿cómo podemos ver al Señor, que es la fuente de nuestra vida? Ver al Señor mientras caminamos por este mundo, quiere decir experimentar su presencia amorosa, sentirlo a nuestro lado, cercano y compañero. Evidentemente, si él se va a prepararnos un sitio en la casa del Padre, no podemos verlo con los ojos corporales. Se trata, pues, de otro tipo de visión, aquella que brota de los ojos de la fe iluminados por el amor. La luz de la fe, por la que vemos a Cristo, es el amor que se expresa y realiza en la práctica de los mandamientos, o sea, siendo fieles al Evangelio. Así nos lo ha recordado Jesús: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él”. 

El amor es una forma superior de conocimiento. El que ama conoce más, ve más, penetra más profundamente los secretos de la persona amada, que escapan a una mirada superficial. Si amamos de verdad, el amor nos envuelve y transfigura. No se puede ocultar la fuerza ardiente del amor. ¿Acaso no se nota cuando una persona está realmente enamorada? ¿No cambia su vida? ¿No lo ve todo con otros ojos, que son precisamente los ojos de la persona amada? Lo mismo le pasa al creyente: si amamos a Cristo, toda nuestra vida estará poseída por el amor de Dios, y sentiremos el abrazo amoroso del Padre y del Hijo, que no es otro que el Espíritu Santo. Es el circuito del amor trinitario en que vive el creyente, y en donde ve y experimenta a Cristo. “Vosotros me veréis”, había dicho el Señor a los discípulos. Y así es: el que ama a Jesucristo lo verá porque, según su promesa, “me manifestaré a él”. Conocemos a Jesús por el amor y desde él, a su luz, todo se transfigura. El Señor nos presta sus propios ojos para verlo todo a través de él. 

Jesús se va, pero “yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”. El Señor no nos deja huérfanos, no nos abandona a nuestra suerte, se queda con nosotros de un modo nuevo, mediante el Espíritu Santo que descenderá sobre la Iglesia en Pentecostés. El Espíritu de Cristo vive dentro de nosotros, es el alma y la vida de la comunidad cristiana, de esta comunidad reunida en el nombre del Señor. Jesús lo llama Defensor (Paráclito), ‘otro Defensor’. Durante su vida mortal, Jesús había cuidado de los discípulos, como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, los había defendido hasta el punto de entregarse a sus enemigos para que lo detuvieran a él, y dejaran marchar libres a sus discípulos. Ahora, cuando él se va, promete “otro Defensor” que esté siempre con los discípulos. El Espíritu Santo es el defensor que cuida de la Iglesia, que vela por nosotros y nos protege, que defiende nuestra fe de los virulentos ataques a que está constantemente sometida desde distintos frentes. No estamos solos; el Espíritu de Cristo vive con nosotros. Y por eso podemos cumplir el encargo que nos dejó san Pedro en la carta que hemos leído: “Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza”, o, dicho de otro modo, saber explicar los motivos de nuestra fe a quien nos pregunte por qué eres cristiano. Pero para responder a esta pregunta en medio de tanta ignorancia hace falta saber qué significa ser cristiano, conocer algo del contenido de la fe que practicamos, hace falta algo más de formación cristiana, empezando por la formación bíblica. Nuestra esperanza de alcanzar la vida eterna se funda en que, amando a Cristo, el Padre nos ama: ¡ser amados por Dios, esto es la salvación! Pero como hizo el propio Jesús, este anuncio lo hemos de hacer con mansedumbre y respeto, con amor y paciencia, pero con valentía y sin complejos. Para lograr realizar este encargo con éxito, el Señor nos prometió el envío del Espíritu Defensor: que él nos asista para ser sus testigos en un mundo descreído y agnóstico, para saber dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza que es Cristo, pues en él hemos puesto toda nuestra vida y nuestra muerte. Este es el misterio de nuestra salvación que nos disponemos a celebrar ahora con alegría en la Mesa eucarística. 

José Mª de Miguel, osst

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