Gen 2,7-9; 3,1-7; Sal 50; Rom 5,12.17-19 (forma breve); Mt 4,1-11
Con esta celebración comenzamos el tiempo más importante del año litúrgico, la Santa Cuaresma, que algunos llaman el Sacramento cuaresmal, para subrayar la importancia salvífica del mismo como preparación a los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor en la Pascua. Pero ¿por qué empieza la cuaresma precisamente con el relato evangélico de las tentaciones de Jesús? Pues porque el origen de la cuaresma, su razón y sentido, son precisamente los cuarenta días con sus cuarenta noches que Jesús pasó en el desierto antes de dar comienzo a su vida pública: «Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”. La tentación a que fue sometido durante este periodo de soledad en el desierto era la del abandono. El tentador le invita a abandonar el proyecto, a desistir de su empeño, a dejar el camino de la confrontación y el sufrimiento que tenía delante. A cambio le ofrece una vida humanamente muy apetecible, brillante, llena de éxitos y de reconocimiento público.
La primera tentación reviste la forma de la satisfacción de los deseos más hondos y arraigados del hombre: que las piedras se conviertan en pan, que traducido significa: todo lo que te rodea lo puedes utilizar en provecho propio sin más miramientos ni consideraciones. El resultado actual de esta tentación es la crisis ecológica que amenaza la supervivencia del mundo. En su afán de dominio y de acaparamiento de bienes materiales, el hombre está esquilmando el medio ambiente: desaparecen bosques, se contaminan mares y ríos, se alteran los alimentos. Frente a esta tentación materialista Jesús responde que el hombre no vive sólo de pan, de las cosas materiales, sino que es necesario abrirse a los valores del espíritu, de la palabra de Dios. El materialismo rampante puede llevar al hombre a su propia destrucción.
El objeto de la segunda tentación a que fue sometido Jesús en el desierto es la del poder: Y desde un monte altísimo el diablo “le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Las formas pecaminosas del ejercicio del poder son muchas; no hay que elevarse a las altas instancias gubernativas, pueden darse en el interior de la familia, donde las voces, insultos y malos tratos no son una rareza; o en las relaciones laborales y aquí las formas de explotación son un pecado que clama al cielo. ¿Qué es lo que persigue el que se deja seducir por la tentación del poder? Pues el sometimiento de los subalternos: que te arrodilles delante de mí. Al que manda le gusta tener muchos arrastrados a su alrededor, como lo podemos comprobar cada día. La respuesta liberadora de Jesús es muy clara: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto». No tenemos que dejarnos atrapar por ningún señor pequeño o grande que sea de este mundo, porque para nosotros solo Jesús es nuestro único Señor que ejerce su poderío para nuestra salvación, no para oprimirnos y someternos, como hacen los poderes de este mundo: es el poder del Crucificado que muere para que las víctimas no sean olvidadas, sino que tengan rostro y presencia ante Dios.
La primera tentación es la del materialismo, la segunda la del poder, y la tercera la de la ostentación: «tírate de aquí abajo», desde el alero del templo. Es la tiranía de la opinión pública que fabrica continuamente ídolos y mitos de cartón piedra, de usar y tirar, para entretenimiento y satisfacción de las bajas pasiones de la audiencia. ¡Cuánta gente está dispuesta a mentir y calumniar al prójimo, a desvelar sus intimidades y desnudar sus cuerpos con tal de aparecer en la plaza pública de los medios de comunicación! A Jesús el tentador le ofrecía el camino del triunfo en vez del de la cruz, el del reconocimiento social en vez del rechazo, pero para ello tenía que abandonar los caminos de Dios, renunciar a cumplir el encargo recibido del Padre. Jesús rechaza de plano la tentación: «No tentarás al Señor, tu Dios». O sea, no intentes aprovecharte de tu supuesta religiosidad para que los hombres te aplaudan, porque la hipocresía la detesta Dios con particular vehemencia.
Como a Jesús, a todo discípulo que intente mantenerse fiel a los valores evangélicos le acecha la tentación con sus múltiples incitaciones. El evangelio de hoy nos presenta el ejemplo de Jesús: hay que resistir a la tentación, no podemos dejarnos arrastrar por ella, por las distintas formas de seducción que nos atraen y solicitan nuestra rendición. El primer hombre sucumbió a la tentación; el segundo hombre, Cristo, venció la tentación. Con Adán comenzó la historia del pecado; con Cristo empezó el camino de la liberación. Este camino es el que queremos recorrer con él durante esta cuaresma de 2026, para que Cristo, que cargó con nuestros pecados, nos libere de ellos. Es el camino de la cruz que conduce a la experiencia de la resurrección. Amén.
José Mª de Miguel, osst