Is 8,23-9,3; Sal 26; 1Cor 1,10-13.17; Mt 4,12-17 (forma breve)
En septiembre de 2019 el difunto papa Francisco estableció que el tercer domingo del Tiempo Ordinario fuera dedicado a la Palabra de Dios con objeto de abrir “también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable”. Y concluía con este deseo: “Que el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura”. Esta es la tarea que nos confiaba el Papa Francisco: cultivar el amor por la Sagrada Escritura como alimento de la fe y fuerza para anunciarla a los demás. Pues bien, el evangelio que acabamos de escuchar nos relata el comienzo de la actividad pública de Jesús, y al mismo tiempo nos da someramente cuenta del contenido de la predicación del Señor.
El primer detalle que salta a la vista es el hecho de que Jesús comienza su actividad pública en el momento en que cesa la de Juan, o como dice el evangelista, «al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea». Jesús empieza a predicar cuando desaparece el Bautista, cuya misión de preparar el terreno al Señor ya había concluido. El detalle no es insignificante, puesto que no se podía confundir a la gente con la sospecha de dos Mesías en activo.
¿Y dónde comenzó Jesús su actividad pública? ¿Empezaría por el Templo y la Ciudad Santa de Jerusalén?, es decir, ¿iría al encuentro de la gente oficialmente religiosa? Pues no. Al comienzo de su misión, Jesús se dirigió a un lugar difícil, religiosamente hablando, un lugar que él conocía muy bien, porque se había criado allí. Fue, como dice el texto evangélico, en la “Galilea de los gentiles”. Galilea es una región alejada de Jerusalén y, por tanto, distanciada también del culto y de la fe oficiales de la religión judía. El paganismo se había ido infiltrando poco a poco en las costumbres y en el estilo de vida, llegando incluso a contaminar la religiosidad de los galileos. De ahí, aquella pregunta malévola con la que sus enemigos pretendían desprestigiar a Jesús: “Es que de Galilea puede salir algo bueno?” (Jn 1,46); “¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo?” (Jn 7,41). Pues bien, en este ambiente, religiosamente tibio y poco ortodoxo, comienza Jesús la predicación del Evangelio. Desde el principio se dirige el Señor a las ovejas descarriadas de Israel, a los enfermos necesitados de médico, a los alejados de la religión. Pero Jesús no se acerca para decirles que sigan como están, que no se preocupen, que no corren ningún riesgo, que da lo mismo. Al Señor le preocupaba mucho la situación en que se encontraban aquellos hombres y mujeres, paisanos suyos, y por eso acude a ellos en primer lugar, para urgirles: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Esta es la primera palabra pública de Jesús. Esta es la frase que resume todo el Evangelio.
Convertirse: ¿de qué y para qué? La Galilea de los gentiles es para nosotros hoy y aquí la sociedad descreída en la que habitamos. Y la llamada a la conversión que predica Jesús equivale a volverse hacia Dios, alejándose de los falsos dioses; equivale a abandonar el camino de las tinieblas abriéndonos a la luz que brota de la persona de Cristo y de su Evangelio; equivale a rectificar el rumbo de una existencia sin Dios que conduce a la muerte, para abrazar la vida que nos ofrece el Señor, la vida perdurable. Convertirse es, sencillamente, cambiar de dirección, reorientar toda nuestra existencia a la luz del Evangelio, es permitir que el Reino de Dios nos conquiste, se adueñe de nosotros.
En esta Galilea nuestra en que la Iglesia celebra hoy la Conversión de San Pablo, concluyendo el octavario de oración por la unidad de los cristianos, la conversión a la que alude el texto evangélico la traduce el Apóstol diciendo: “poneos de acuerdo y no andéis divididos”, que no “haya discordias entre vosotros”, “estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir”. Con ello nos invita el Apóstol a abandonar toda forma de intolerancia y dogmatismo; necesitamos convertirnos al amor, a la comprensión mutua, al respeto del prójimo. Necesitamos ser algo más humildes y menos arrogantes. El camino de la unidad de los cristianos es largo y difícil; nosotros podemos empezar a construirlo por casa, por la propia familia, haciendo del hogar un lugar de paz y concordia, de respeto y amor. Acogiendo la invitación que Jesús dirigió a los habitantes de la Galilea de los gentiles, que somos nosotros: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”.
José Mª de Miguel, osst