Sof 2,3;3,12-13; Sal 145; 1Cor 1,26-31; Mt 5,1-12
Terminaba el evangelio del domingo pasado recordando la invitación de Jesús a convertirnos “porque está cerca el reino de los cielos”. Y para indicarnos en qué consiste esa conversión nos señala hoy el camino de las bienaventuranzas, que son la nueva Ley por la que se han de regir los cristianos, siguiendo al Señor. Porque las bienaventuranzas son como el resumen de la vida y la predicación de Jesús, dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad. Esto es lo primero y lo más importante: las bienaventuranzas se refieren a Jesucristo, son su mejor retrato, porque nadie como él ha vivido el despojamiento total de toda forma de posesión; porque nadie como él ha encarnado en su vida la mansedumbre; porque nadie como él ha sido misericordioso y pacífico; porque nadie como él ha tenido un corazón limpio y transparente; porque nadie como él, el único justo, ha sufrido persecución por su fidelidad a Dios. Las bienaventuranzas describen la vida de Jesús, sus actitudes, su manera de comportarse; ellas son una palabra, la mejor y más alta palabra sobre Jesucristo; son el centro de su evangelio.
Precisamente porque Jesús vivió antes y el primero las bienaventuranzas, por eso mismo pudo ponerlas como criterio de vida y comportamiento a sus discípulos. No son las enseñanzas de los filósofos, no son los tratados de ética o de moral el punto de referencia de nuestro comportamiento, no estamos llamados a seguir doctrinas de tal o cual pensador o de tal o cual sistema político; estamos llamados a seguir a Jesucristo, a conformar nuestra vida con la suya, nuestras actitudes con las suyas. Para nosotros, el criterio de comportamiento, el punto de referencia para conocer cómo hemos de actuar, cómo hemos de amar, y hasta cómo hemos de morir, es una persona concreta, es Jesús de Nazaret. Todas las teorías sobran si falta Jesucristo en nuestra vida. Las bienaventuranzas son raíz y fundamento de la felicidad, según el Evangelio.
¿En qué consiste la felicidad?
Según los criterios habituales que rigen en el mundo, la felicidad se alcanza con dinero; con el dinero se compra el placer y el poder, se abren todas las puertas. Según el Evangelio, la felicidad no consiste en autoafirmarse uno, sino en afirmar a Dios; vaciándose de sí mismo, el hombre es llenado de Dios; en la pobreza vivida como Jesús está el reino de los cielos. Este es el anuncio del Señor al comienzo de su misión. Él fue pobre, vivió pobre y murió despojado de sus vestiduras; para enterrarlo tuvieron que prestarle un sepulcro. Y, sin embargo, nadie como él fue bienaventurado, a pesar de la pobreza y del martirio que hubo de padecer.
A mediados del siglo XIX, el cardenal inglés canonizado por el papa Francisco en octubre de 2019, San John Henry Newman escribía algo tan actual como esto: «El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje instintivo la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la felicidad según la fortuna y, según la fortuna también, miden la honorabilidad. Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza, por tanto, es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro. La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración«.
Así pues, lo que el mundo cree que es felicidad y fuente de felicidad no tiene nada que ver con la felicidad que prometen las bienaventuranzas y que no es otra que la misma bienaventuranza de Dios. Pero para llegar aquí, para participar del gozo eterno de Dios, es necesario recorrer el camino que Jesús recorrió y que nos ha dejado trazado en las bienaventuranzas, el camino de la solidaridad con los pobres, con los que sufren, con los que tiene hambre y sed de justicia; el camino de la misericordia frente al odio y la venganza; el camino de la honestidad frente al vicio y la inmoralidad; el camino de la paz frente a la guerra y la violencia ciega. Este es el camino que conduce a la bienaventuranza eterna; a los que lo recorren, aun en medio de la persecución, Jesús les promete el Reino de los cielos.
José Mª de Miguel, osst