Hay modelos educativos —también en el mundo católico— que han olvidado su profecía. Como Israel en el desierto, caminan sin horizonte, repitiendo fórmulas que ya no liberan. Hemos convertido el acto de educar en una rutina de esclavitud, donde el conocimiento se transmite como maná racionado, sin posibilidad de transformación.
En este contexto, el Jubileo del Mundo Educativo no puede ser una celebración litúrgica más: debe ser un éxodo. Un paso por el Mar Rojo de nuestras inercias pedagógicas, una travesía hacia la tierra prometida de una educación que redime.
Del 27 de octubre al 2 de noviembre, Roma se convierte en una nueva Jerusalén. Como Jesús en el templo, estamos llamados a volcar las mesas de los mercaderes del rendimiento, del utilitarismo, de la prevalencia. Porque si educar no es liberar, entonces no es evangelio. Y si no es evangelio, no es esperanza.
Durante estos días, educadores de todo el mundo cruzarán la Puerta Santa y participarán en iniciativas que buscan reconfigurar el acto educativo como un gesto de esperanza. Pero ¿qué significa realmente educar en esperanza? ¿Y por qué este Jubileo puede leerse como una provocación frente a la lógica dominante de la educación como herramienta de rendimiento y competencia?
El Papa Francisco lo dijo en muchas ocasiones: “Educar es un acto de esperanza”. No se trata de confiar en el proceso, sino de confiar en las personas que dan forma a cada proceso educativo. Esta afirmación es una crítica frontal al modelo tecnocrático que ha colonizado nuestras aulas. En un mundo que mide el éxito por resultados estandarizados, educar en esperanza es poner a la persona en el centro, no como recurso, sino como misterio. Este es el núcleo de la propuesta de Francisco para un Pacto Educativo Global, que el papa León revitaliza en su carta apostólica Trazar nuevos mapas de esperanza, con tres nuevas prioridades: vida interior, digital humano y una paz desarmada.
El papa León afirma que “la educación es una de las expresiones más altas de la caridad cristiana”, y que no puede ser una actividad secundaria, sino “forma concreta con la que el Evangelio se hace gesto educativo, relación, cultura”. Esta visión no solo recupera la tradición pedagógica cristiana —desde los Padres del desierto hasta las universidades contemporáneas— sino que la proyecta hacia una renovación audaz, capaz de responder a los desafíos actuales: digitalización, desigualdades, crisis ambientales y sociales.
Educar —de educere, “sacar de dentro”— no es llenar, sino liberar; no es imponer, sino acompañar. Apostar por una educación con sentido es hacerlo por una pedagogía que no se conforma con el optimismo superficial, sino que se atreve a mirar el abismo y, aún así, creer. La esperanza no es ingenua, porque no es mero optimismo de que las cosas saldrán bien a pesar de nuestras limitaciones. La esperanza es audaz. Es la capacidad de imaginar futuros donde hoy solo vemos ruinas.
En este horizonte, el carisma trinitario ofrece una clave radical. Cuando toca la educación, lo hace en sentido de redención. No se trata solo de prevención o de formación, sino de liberar. Liberar para ser capaces de un pensamiento propio, para esperar sin garantías, para compartir la vida sin miedo. Esta libertad no es un privilegio, es una vocación. Y educar para ella es un acto profundamente humano y humanizador.
La educación trinitaria no forma para la individualidad, sino para la comunión. Como decía Paulo Freire: “Nadie educa a nadie, así como tampoco nadie se educa a sí mismo; los hombres se educan en comunión, mediatizados por el mundo”. Cuando educamos como parte del carisma trinitario lo hacemos en y para la comunidad, donde la vida compartida no es un resultado, sino un horizonte. Por eso es una obra redentora, en cuanto busca restituir a cada persona su lugar en lo común.
El papa Francisco insistía: necesitamos una escuela que no sea para la prevalencia. Ni educadores ni educandos deben buscar la supremacía de quien se aísla del mundo o se desentiende de lo que en él sucede. La prevalencia nos encierra en la autorreferencialidad, nos convierte en competidores y cancela la búsqueda compartida de sentido. Frente a ello, el papa León propone una “nueva cartografía de esperanza”, donde la escuela católica se convierte en constelaciones discernimiento, inclusión y creatividad pedagógica. En este marco, el Jubileo propone tres lenguajes —mente, manos y corazón— como una pedagogía integral. El lenguaje de la mente invita a pensar los grandes retos de la educación: ¿cómo formar sin domesticar? ¿cómo enseñar sin adoctrinar? El lenguaje de las manos se hace visible en la Aldea de la Educación, donde brotan experiencias concretas que fecundan nuevas formas de aprender. Y el lenguaje del corazón recuerda que educar también es acompañar el alma, abrir espacios para la interioridad, el arte y la espiritualidad.
Educar desde el carisma trinitario es, en sí mismo, un acto de liberación. No es técnica, es posicionamiento ante el mundo. Es decir “no” al utilitarismo, al pragmatismo y al cinismo. Es decir “sí” a la gratuidad, al encuentro y a la vida compartida. Es formar personas capaces de resistir una pedagogía del descarte y de construir comunidades donde la diferencia no sea amenaza, sino riqueza.
Para los educadores trinitarios, el Jubileo del Mundo Educativo es una invitación a desobedecer las pedagogías del miedo y a abrazar una educación que redime, libera y transforma. Porque educar es preparar para la vida. Y una vida en libertad es, siempre, una vida redimida.
Pedro J. Huerta Nuño, osst