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  • 24/10/2025

Domingo XXX (C)

Domingo XXX
  • Homilías Ciclo C
Eclo 35,12-14.16-19; Sal 33; 2 Tim 4,6-8.16-18; Lc 18,9-14 

Esta parábola que acabamos de leer, hay que entenderla desde el motivo que la inspiró. Jesús la dijo “por algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”.

‘Tenerse por justos’, ‘sentirse seguros’, ‘despreciar a los demás’. Así describe Jesús aquellas actitudes o modos de comportamiento que falsean y pervierten en su raíz la relación con Dios y, en consecuencia, la relación con el prójimo. Para denunciar esta falsificación de la verdadera religiosidad, pronunció Jesús esta parábola. En ella, el Señor describe dos actitudes religiosas, dos maneras de dirigirse a Dios, una verdadera y otra falsa. La oración del fariseo representa la perversión de la oración, porque, en realidad, aquel hombre no reza a Dios, sino que le exige a Dios que preste atención a sus méritos. No da gracias a Dios, sino que pretende que Dios le dé gracias él por sus buenas obras: no es ladrón, injusto ni adúltero, ayuna y paga sus diezmos. Es decir, cumple religiosamente con todo lo establecido. Pero resulta que “el vanagloriarse de las propias buenas obras, no logrará la absolución en el juicio de Dios” (Robert J. Karris). La perversión de esta actitud, que refleja la oración del fariseo, está en su vanidad o vanagloria. La oración es un pretexto para la autocomplacencia; no se dirige a Dios, sino que está pendiente de los otros, del efecto que causa en los demás su aparente religiosidad, sus buenas obras realizadas a toque de trompeta. Pero esta actitud no engaña a Dios, porque, como dice el autor del libro del Eclesiástico, “el Señor es juez, y para él no cuenta el prestigio de las personas, para él no hay acepción de personas”, al contrario, si por alguno se desvive Dios es por los pobres y desvalidos que imploran su ayuda, pues él “escucha la oración del oprimido, no desdeña la súplica del huérfano, ni a la viuda cuando se desahoga en su lamento”.

En cambio, la oración del publicano, que “no se atrevía a levantar los ojos al cielo”, está hecha desde la verdad, desde el propio conocimiento de su limitación y pecado: “se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios, ten compasión de este pecador!”. Este publicano es símbolo e imagen de la auténtica manera de dirigirnos a Dios; es la actitud de quien toma en serio a Dios, de quien es consciente de su pecado y de la distancia infinita que le separa de Dios tres veces santo. El publicano invoca a Dios desde la humildad que le hace reconocer la grandeza de Dios y la propia miseria. Por eso, “el publicano es absuelto en el tribunal de Dios; él ha reconocido su necesidad de la misericordia de Dios y ha mostrado dolor por sus pecados. El fariseo, sin embargo, no necesita del don gratuito de la justificación de Dios, pues se justifica a sí mismo” (Robert J. Karris)

Con esta parábola, Jesús nos quiso mostrar que la humildad es el solar en el que crece y madura la oración que agrada a Dios y nos ayuda a avanzar por el camino del bien. Esta es la oración que “atraviesa las nubes, y no se detiene hasta alcanzar su destino. No desiste hasta que el Altísimo lo atiende”, nos ha dicho el autor del libro del Eclesiástico.

Si perseveramos en esta oración humilde y confiada, también nosotros podremos repetir con san Pablo al final de nuestra carrera por la vida: “He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe”. Perseverar hasta el final en la fe, sólo es posible con la gracia de Dios que recibimos en la oración. Si no oramos no podemos ser fieles, porque la oración es la fuerza y la vida de la fe. ¿Por qué fracasan tantos en el combate de la fe? ¿Por qué muchos se quedan en el camino y no alcanzan la meta? La fe es un don de Dios que podemos perder, si no la alimentamos con la oración que es memoria y presencia de Dios en nuestra vida. Por eso es tan importante la reunión dominical de los cristianos; aquí, en la eucaristía, escuchando la Palabra de Dios y participando en la mesa del Señor, recibimos la fuerza y valor para confesar y vivir la fe, cuyo premio es la corona de gloria, con la que el Señor, juez justo, recompensará en aquel día a todos los que, como Pablo, se mantienen firmes en la fe hasta el final del camino. Es la confianza que expresa el Apóstol estando ya a las puertas de la muerte: entonces, “el Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome a su reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

José Mª de Miguel, osst

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