Dt 30,10-14; Sal 68; Col 1,15-20; Lc 1025-37
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»
Esta es, hermanos, la pregunta fundamental, la cuestión que más nos interesa, lo que mayormente nos debería preocupar: qué tenemos que hacer para salvarnos. Y, sin embargo, con ser este asunto el único verdaderamente importante, son pocos los que sienten esta preocupación por su propia salvación. En la práctica, la mayoría vive al margen de su destino más allá de la muerte, vive como si con la muerte todo terminaría y, por tanto, para qué preocuparse por una salvación de la que no se está muy seguro, en la que no se cree demasiado.
La mentalidad materialista que nos envuelve por todas partes hace muy difícil la pregunta por una salvación más allá de esta vida. Pero Jesús nos enfrenta con la verdad: el evangelio que acabamos de proclamar tiene precisamente como tema el mandamiento que nos abre las puertas de la vida eterna: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo… Haz esto y tendrás la vida».
Se trata aquí del cumplimiento fiel y perseverante del primer mandamiento de la ley de Dios: amar al Señor sobre todas las cosas. Con esto bastaría realmente, porque si amamos de verdad a Dios cumpliremos con gusto su santa voluntad, haremos con prontitud todo lo que él nos ha mandado para nuestro bien. El amor allana las dificultades. El que ama es capaz de sortear todos los obstáculos. Por eso, si nosotros amamos de verdad a Dios cumpliremos con fidelidad y alegría sus mandamientos, sin cálculos egoístas, pues para el que ama su premio es el mismo amor, la felicidad de amar y ser amado. En cambio, para el que no ama a Dios o le ama poco todo son dificultades, los mandamientos se le hacen insoportables. Y es que, dado como somos, el amor a Dios sobre todas las cosas nos resulta muy difícil de practicar y más cuando este amor lleva consigo como exigencia de verdad, el amor al prójimo, sobre todo al prójimo necesitado. Es lo que Jesús quiso decirnos con la parábola del Buen Samaritano. Esta parábola le salió a Jesús del corazón, pues caminaba por Galilea muy atento a los mendigos y enfermos que veía en las cunetas de los caminos. Quería enseñar a todos a caminar por la vida con «compasión», pero pensaba sobre todo en los dirigentes religiosos.
En la cuneta de un camino peligroso hay un hombre asaltado y robado que ha sido abandonado «medio muerto». Afortunadamente, por el camino llegan un sacerdote y luego un levita. Ambos pertenecen al mundo oficial del templo. Son personas religiosas. Sin duda, se apiadarán de él. No es así. Al ver al herido, los dos cierran sus ojos y su corazón. Para ellos, es como si aquel hombre no existiera: «dan un rodeo y pasan de largo» sin detenerse. Ocupados en su piedad y culto a Dios, siguen su camino. Su preocupación no son los que sufren.
En el horizonte aparece un tercer viajero. No es sacerdote ni levita. No viene del templo ni pertenece siquiera al pueblo elegido. Es un despreciable «samaritano». Se puede esperar de él lo peor. Sin embargo, al ver al herido «se le conmueven las entrañas». No pasa de largo. Se acerca a él y hace todo lo que puede: desinfecta sus heridas, las cura y las venda. Luego, lo lleva en su cabalgadura hasta una posada. Allí lo cuida personalmente y procura que lo sigan atendiendo.
Difícilmente se puede imaginar una crítica y una llamada más incisiva de Jesús a sus seguidores y, de manera directa, a los dirigentes religiosos. No basta que en la Iglesia haya instituciones, organismos y personas que están junto a los que sufren. Es toda la Iglesia la que ha de aparecer públicamente como la institución más sensible y comprometida con los que sufren física y moralmente. Si a la Iglesia no se le conmueven las entrañas ante los heridos de las cunetas, lo que haga y lo que diga será bastante irrelevante.
Vamos, pues, a esforzarnos un poco más en cumplir el primer mandamiento como Dios quiere que lo cumplamos: amándole con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser. Vamos a amarle celebrando con fe y devoción la santa misa y que esto se traduzca luego en un verdadero y eficaz amor al prójimo. Pues, estamos seguros de amar a Dios, a quien no vemos, si amamos al prójimo, a quien vemos y en quien Cristo mismo está presente. «Haz esto y tendrás la vida», dice el Señor.
José Mª de Miguel, osst