Vivimos momentos eclesiales muy significativos en este tiempo que nos toca. Desde octubre de 2021 que el Papa Francisco abrió el Sínodo de la Sinodalidad, estos años nos han despertado a una nueva primavera eclesial. Las diversas dimensiones de esta familia que es la iglesia, van tomando un relieve muy acentuado en la línea de comunión y diversidad, de una acogida integradora de manera que nadie quede fuera.
La iglesia va adquiriendo en este tiempo una propuesta especial para que en ella vivamos con especial cuidado la misión compartida referida a las opciones vocacionales diversas.
Necesitamos reconocer los dones y opciones propios, como recibidos del Espíritu que sopla donde quiere y como quiere. Es importante estar a la escucha de la brisa suave o viento impetuoso, pero en todo caso no hacer oídos sordos a lo que nos va llegando, sino estar atentos y percibir con agudeza el mensaje que aparece en multitud de formas, lenguajes y gestos.
Podemos hablar también aquí y ahora de la pequeña semilla, esa que se sembró casi sin darnos cuenta y que fue creciendo a base de también gestos a veces imperceptibles. Fuimos palpando que la sinodalidad se iba construyendo con nosotros y entre nosotros, en el reconocimiento de rostros y sonrisas sinceras, en compartir algunos dulces por las mesas, el llamarnos por nuestro nombre original, el del Bautismo, dejando de lado títulos y funciones que se refieren a servicios realizados pero no tocan el núcleo más profundo que nos identifica.
Hemos hecho también camino sinodal en la oración, compartiendo con nuestros hermanos y hermanas sinodales, situaciones de dolor por la violencia de la guerra y el mucho sufrimiento que nos rodea. Han terminado las asambleas sinodales pero no la sinodalidad, más bien ésta continúa. Sigue el estudio de los 10 temas encomendados a otras tantas comisiones por el Papa que se deben presentar en junio 2025.
- Espiritualidad Trinitaria
En las diversas espiritualidades, y nos fijamos ajora en la Trinitaria, se da esa situación de “Casa de Familia”, como le gustaba llamar a su fundador, San Juan de Mata. La Trinidad como imagen de diversidad en comunión, reflejo de la diferencia señalada para trabajar unidos.
San Juan de Mata diseñó la Casa de la Trinidad, como un espacio donde religiosos, religiosas y laicos compartían el mismo carisma. Estas casas, habitadas por pequeños grupos de mujeres y hombres, estaban marcados por el sueño de anunciar el Evangelio de la libertad. Y los elementos esenciales: misión compartida, colaboración y familia evangélica, están bien presentes también hoy en una iglesia sinodal.
La perspectiva teológica de la misión compartida, recordando las palabras del Concilio Vaticano II: «Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión». Desde la misión de Dios, pasando por la misión del Hijo y la del Espíritu, todos somos llamados a participar en la gran misión de Dios desde nuestros carismas y vocaciones específicas. Tenemos muy presente el proceso de la misión compartida y sus tres expresiones principales: colaboración, misión compartida y familia evangélica.
- Misión compartida
Este concepto encaja perfectamente en la sinodalidad que vivimos. No es la misión propia de una congregación, de una sigla, de un carisma, es la misión de Dios, el anuncio del Reino de Dios en nuestra sociedad.
Nos sirve de hecho la teología paulina: un cuerpo con muchos miembros, todos diferentes pero todos necesarios. Cuando la raíz está bien plantada, bien abonada, con nutrientes que la hacen crecer con vigor, de ella salen ramas, hojas, flores, frutos, de colores, formas, olores, muy diversas Esa pluralidad es la belleza y es el sentido que riega y da vida.
Venimos celebrando jornadas dedicadas a la misión compartida, personas laicas y consagradas y vivimos como un signo de los tiempos, un lenguaje del Espíritu para nuestra iglesia, esta relación de igualdad, como la belleza de la especificidad propia de cada vocación, de cada llamada. Y en ese intercambio de fraternidad y sororidad redescubrimos con fascinación, que el gran árbol que nos cobija, la familia eclesial aún con sus variadas espiritualidades, nos invita a crecer como Cuerpo único en comunión y diversidad.
La reflexión teológica y pastoral a que nos va conduciendo la sinodalidad va abriendo caminos de profundidad en una realidad que nos envuelve como familia eclesial, y que no puede menos de proyectarse en la misión y ésta sin duda se enriquece más y más. Y al sumar dones y posibilidades nadie pierde, sino que todos ganamos. Quizá en un primer momento ha habido este temor, de salir a ofrecer lo propio para intercambiar dones y carismas, por esa inercia de preservar y guardar lo propio como si al exponerlo se perdiera, cuando justamente se multiplica.
Cada vez más un mayor número de congregaciones se van sumando a la misión compartida, es cierto que hay disminución de vocaciones y se impone sumarse, pero hay algo más profundo, es redescubrir esa profusión de dones que se reparten y multiplican en nuestro mundo
Y hemos modificado el lenguaje porque cuando las realidades cambian se impone otro vocabulario. Dar nuevo nombre a situaciones que cambian es también muy sugerente y digno de tener en cuenta; ni es algo caprichoso sino profundo, que nos ayuda a ahondar en su sentido más pleno.
- Conclusión abierta
La espiritualidad de misión compartida tiene hoy en la iglesia y me atrevería a decir en nuestra sociedad, un lugar privilegiado desde el cual realizar una relación con el Señor de la historia en dimensión contemplativa primero, de presencia del Espíritu en todo lo creado y al mismo tiempo de realización, de actividad, de dedicación a mejorar ese mundo.
La referencia siempre será Jesús y su programa de vida que es el evangelio. Esa actitud sinodal que queremos practicar: acogida incondicional, es decir, universal, sin condiciones. Toda persona que en el evangelio se acerca a Jesús en el evangelio llega necesitada, enferma, pecadora, no camina erguida sino encorvada y después del encuentro espera regresa a su casa puesta en pie, con su persona renovada, fortalecida, perdonada, invitada a una etapa nueva.
Desde esa experiencia que se nos regala, deseamos que nuestra espiritualidad de misión compartida transparente las actitudes de Jesús. Hacernos conscientes de nuestros propios dones, agradecerlos, ponerlos al servicio del bien común. Los dones no se pueden guardar como algo privado, son recibido gratis para entregarlos de la misma manera y lo hacemos también de modo corporativo: cada congregación, cada familia religiosa, cada comunidad laical, consciente de los dones recibidos los ofrece y con ellos se incorpora a este camino de la misión compartida.
Solamente así la colaboración, la participación, la comunión, va tomando rostro concreto; va poniendo a la luz esos tesoros que son historia acumulada en la historia del tiempo y que cobra nuevo vigor y revitaliza la misión: ese anuncio, valiente y decidido, que nos impulsa a ser testigos de un Dios Trinidad, familia, relación, que se extiende sin límites y va recogiendo en su seno una infinita sucesión de invitaciones a seguir a Jesús desde caminos diversos y múltiples.
El camino sigue abierto, no tiene final, es un proceso guiado por el Espíritu que nos va conduciendo a una vida más plena, no podemos ser familia los unos separados de los otros, necesitamos re-conocernos y sabernos miembros de ese gran árbol que nos cobija y multiplica. Agradecemos este signo de nuestro tiempo que deseamos hacer crecer y multiplicar para una vida más plena para todos los seres humanos, en comunión y diversidad.
María Luisa Berzosa González
Religiosa Hija de Jesús – Roma
