Conversión personal y su encuentro con Jesús de Nazaret
El 13 de marzo de 2025 se cumplirán doce años de la elección del papa Francisco como Pontífice de la Santa Madre Iglesia.
La primera entrevista que concedió al jesuita italiano Antonio Spadaro, el 19 de agosto de 2013, éste le preguntó al papa Francisco: ¿quién era Jorge Mario Bergoglio? Y el Papa le respondió: “No sé cuál puede ser la respuesta exacta. Yo soy un pecador. Soy un pecador a quien el Señor ha puesto los ojos. Soy alguien que ha sido mirado por el Señor. Mi lema, “Miserando atque eligendo, es algo que, en mi caso, he sentido siempre muy verdadero”.
El papa Francisco ha tomado este lema de las homilías de san Beda el Venerable que, comentando el pasaje evangélico de la vocación de san Mateo evangelista, escribe: “Jesús vio un publicano y, mirándolo con amor y eligiéndolo, le dijo: “Sígueme”.
Recuerda Francisco que cuando visitaba Roma se acercaba con frecuencia a visitar la iglesia de San Luis de los Franceses y al contemplar el cuadro de la vocación de san Mateo de Caravaggio decía: “Ese dedo a Jesús, apuntando así – a Mateo. Me impresionaba el gesto de Mateo. Se aferra a su dinero como diciendo: ¡No, no a mí! No, ¡este dinero es mío! Esto es lo que soy yo: un pecador al que el Señor ha dirigido su mirada. Y esto es lo que dije cuando me preguntaron si aceptaba la elección de Pontífice”.
Se podría sintetizar que las enseñanzas de todo el magisterio del papa Francisco son una invitación urgida a una conversión personal, a una conversión pastoral, a una conversión misionera, a una conversión a la solidaridad por amor preferencial a los pobres.
Se trata de encontrarse con Cristo o dejarse encontrar por Él, de intentarlo sin descanso (Evangelii gaudium (EG), 3). Por eso, Jorge Mario Bergoglio no se cansará de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el contrario con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (EG 7).
Su vocación como religioso jesuita
El papa Francisco se hizo jesuita porque le impresionó de la Compañía tres cosas: su carácter misionero, la comunidad y la disciplina. Su disciplina, su modo de ordenar el tiempo, siempre le impresionaron mucho.
Y después, hay algo fundamental para él: la comunidad. No se veía un sacerdote solo: tenía necesidad de comunidad. Sin gente no podía vivir. Necesita vivir su vida junto a los demás. Francisco habla de misión y de comunidad. Y la Compañía de Jesús en sus documentos hablan de “comunidad para la misión”.
Para un jesuita ser Papa, él que ha sido el primer jesuita elegido obispo de Roma, es asumir el aspecto de la espiritualidad ignaciana más importante que es “el discernimiento”. Esto es lo que más le ayuda a vivir su ministerio.
Para san Ignacio de Loyola el discernimiento es una de las cosas que elaboró más interiormente. Es un instrumento de lucha para conocer mejor al Señor y seguirlo más de cerca.
Al papa Francisco le ha impresionado siempre una máxima con la que suele describirse la visión de san Ignacio: “No tener límite para lo grande, pero concentrase en lo pequeño”. Esta virtud de lo grande y lo pequeño se llama magnanimidad, y, a cada uno desde la posición que ocupa, hace que pongamos siempre la vista en el horizonte.
Es hacer las cosas pequeñas de cada día con el corazón grande y abierto a Dios y a los otros. Es dar su valor a las cosas pequeñas en el marco de los grandes horizontes, los del Reino de Dios.
El discernimiento es, por tanto, un pilar de la espiritualidad del Papa. Es la mejor manera de servir a la Iglesia hoy.
Las figuras de jesuitas que más han impresionado a Francisco, han sido san Ignacio y san Francisco Javier, pero recuerda de modo especial a san Pedro Fabro, a quien él canonizó en el 2013. Lo que más le llama la atención de Fabro es “el diálogo con todos, aún con los más lejanos y con los adversarios; su piedad sencilla, cierta probable ingenuidad, su disponibilidad inmediata, su atento discernimiento interior, el ser hombre de grandes y fuertes decisiones que hacía compatible con ser dulce.”
En cuanto al tema de la Iglesia se detiene en el “sentir con la Iglesia” del que escribe san Ignacio en sus Ejercicios Espirituales. Aquí el papa Francisco parte de una imagen. Esta imagen es la de pueblo santo, fiel a Dios. Es la definición que él usa a menudo y, por otra parte, es la de la constitución dogmática del Concilio Vaticano II Lumen Gentium (LG) en su nº 12. La pertenencia a un pueblo tiene un fuerte valor teológico: Dios, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana. Dios entra en esta dinámica popular. El pueblo es sujeto. Y la Iglesia es el pueblo de Dios en camino a través de la historia, con gozos y dolores. Sentir con la Iglesia, por tanto, quiere decir estar en este pueblo. Y el conjunto de fieles es infalible cuando cree, y manifiesta esta infalibilidad suya al creer, mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo que camina.
Sin embargo, hay que tener cuidado de no pensar que esta infalibilidad de todos los fieles, de la que habla el Concilio Vaticano II (cfr. LG 12), sea una forma de populismo. Es la experiencia de la “santa madre Iglesia jerárquica”, como la llama san Ignacio, de la Iglesia como pueblo de Dios, pastores y pueblo juntos. La Iglesia es la totalidad del pueblo de Dios.
La Iglesia hospital de Campaña
¿De qué tiene la Iglesia mayor necesidad en este momento histórico? ¿Qué Iglesia sueña el papa Francisco?
Para el papa Francisco lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Ve a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla.
La Iglesia a veces se ha dejado envolver en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Cuando lo más importante es el anuncio primero: ¡Jesucristo te ha salvado! Y los ministros de la Iglesia deben ser, ante todo, ministros de misericordia. El confesor corre el peligro de ser demasiado rigorista o demasiado laxo. Ninguna de las dos, es misericordioso, porque ninguno de los dos se hace de verdad cargo de la persona. El rigorista se lava las manos y lo remite a lo que está mandado. El laxo se lava las manos diciendo simplemente “esto no es pecado” o algo semejante. A las personas hay que acompañarlas, las heridas necesitan curación. El pueblo de Dios necesita pastores y no funcionarios “clérigos de despacho”.
A veces tenemos que afrontar situaciones difíciles como los divorciados vueltos a casar, con parejas homosexuales y otras situaciones difíciles. Aquí el papa Francisco responde que tenemos que anunciar el Evangelio en todas partes, predicando la buena noticia del Reino y curando, también con nuestra predicación, todo tipo de herida y cualquier enfermedad. Recuerda que en Buenos Aires recibía cartas de personas homosexuales que son verdaderas heridas sociales, porque le decían que se sienten que la Iglesia siempre les ha condenado. Pero la Iglesia no quiere hacer eso. En el vuelo de su regreso de Río de Janeiro (julio de 2013), dijo que, si una persona homosexual tiene buena voluntad y busca a Dios, quien era él para juzgarla. Al decir eso, lo que dijo es lo que afirma el Catecismo. Dios cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena? Hay que tener siempre en cuenta a la persona. Y aquí entramos en el misterio del ser humano. En esta vida Dios acompaña a las personas y es nuestro deber acompañarlas a partir de su condición. Hay que acompañar con misericordia.
El papa Francisco es el primer religioso después de 182 años
Francisco es el primer Pontífice que proviene de una Orden religiosa después del camaldulense Gregorio XVI, elegido en 1831, hace 182 años.
¿Qué puesto específico tienen hoy en la Iglesia los religiosos y las religiosas?
Para Jorge Bergoglio los religiosos son profetas. Son lo que eligieron un modo de seguir a Jesús que imita su vida con la obediencia al Padre, la pobreza, la vida de comunidad y la castidad. En este sentido, los votos no pueden acabar convirtiéndose en caricaturas, porque cuando así sucede, la vida de comunidad se vuelve un infierno y la castidad una vida de solterones. El voto de castidad debe ser un voto de fecundidad. En la Iglesia los religiosos son llamados especialmente a ser profetas que dan testimonio de cómo se vive a Jesús en este mundo, y que anuncian cómo será el Reino de Dios cuando llegue a su perfección. Un religioso no debe jamás renunciar a la profecía. Ser profeta implica, a veces, hacer ruido. La profecía crea alboroto, estruendo. Pero en realidad su carisma es ser levadura: la profecía anuncia el espíritu del Evangelio.
La aportación del papa Francisco a la Sinodalidad
La novedad y propuesta del papa Francisco es la reivindicación del bautismo como base y fundamento de la Iglesia. El bautismo (no el ministerio ordenado) debe ser la clave o el ángulo desde el que se debe vivir, pensar y realizar la Iglesia. En ello se juega el futuro y la figura de la Iglesia.
El bautismo es la celebración del acontecimiento salvífico por antonomasia (el misterio pascual), que garantiza la participación en la comunión trinitaria. En el bautismo se fundamenta la igualdad y la dignidad de todos los miembros de la Iglesia, que los convierte a todos en portadores de la identidad y de la misión de la Iglesia. No olvidemos que todos somos Iglesia. En consecuencia, los laicos no deben ser considerados “mandaderos” de los pastores, pues tampoco estos tienen las respuestas previstas y garantizadas para las opciones que los laicos deben asumir en su vida privada o en su presencia pública.
En esta línea deseamos hacer nuestras las palabras que dirigió el papa Francisco al Cardenal Quellet, el 19 de marzo de 2016:
“Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar orgullosos es el del Bautismo. Por él y con la unción del Espíritu (los fieles) quedan consagrados como casa espiritual un sacerdocio santo (LG 10). Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizados laicos y es el signo indeleble que jamás nadie podrá eliminar. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una élite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos forman parte del Santo Pueblo de Dios”.
Si estas palabras se hicieran realidad en la Iglesia, en nuestras parroquias y movimientos, sería signo de que vamos entendiendo y viviendo la Sinodalidad.
Juan Pablo García Maestro, O.SS.T.
Universidad Pontificia de Salamanca