Dt 26,4-10; Sal 90; Rom 10,8-13; Lc 4,1-13
Un año más nos disponemos a recorrer el camino de la cuaresma hacia la Pascua. Un año más el Señor nos concede celebrar este tiempo de gracia y salvación. Y de nuevo resuenan aquellas palabras de San Pablo que la Iglesia nos hizo escuchar el miércoles de ceniza: «Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque este es el tiempo favorable: dejaos reconciliar con Dios«.
A cada uno de nosotros nos dirige el Señor esta misma invitación a no despreciar la oportunidad: que no se malogre la gracia que Dios nos ofrece generosamente en este tiempo de salvación. Pero para acoger la gracia, para que ésta no caiga en saco roto, es importante que cada uno eche un vistazo a su interior a fin de comprobar cuál es su situación ante Dios, para ver cuál es su disposición a seguir el llamamiento del Señor que nos invita a cambiar de conducta, a mejorar nuestra vida cristiana. El tiempo de cuaresma es una llamada a la reflexión y a la sinceridad para darle un poco más de calidad y de hondura a la fe que profesamos. Todos tenemos que cambiar, nadie hay tan perfecto que no tenga que esforzarse en ser mejor, nadie hay tan santo que no tenga que pedir constantemente perdón al Señor. A todos nos hace falta un poco más de coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos.
Las lecturas bíblicas de este primer domingo de cuaresma nos exhortan a volver sobre nuestras raíces religiosas. Es la llamada que nos ha dirigido el Apóstol: «Se refiere a la palabra de la fe que anunciamos. Porque, si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo». El camino cuaresmal es una invitación a reflexionar sobre nuestra fe, sobre la calidad de nuestra fe. A veces no reflexionamos suficientemente sobre lo que creemos, sobre los motivos de nuestra fe; vamos tirando más o menos con lo que aprendimos hace tiempo, pero nos cuesta dar un paso más. La fe se alimenta de la palabra, para luego traducirse en vida. El tiempo cuaresmal es el tiempo más oportuno, más a propósito para escuchar la palabra y dejarse convertir por ella. Para superar una fe lánguida, una fe para ir tirando, necesitamos prestar más atención a Dios mismo que nos habla en su palabra, que nos sana en sus sacramentos. Este es el tiempo de la cuaresma: para mejorar nuestra vida cristiana, para hacerla algo más auténtica, más creíble, más comprometida. ¡Claro que podemos hacerlo, con la gracia de Dios! Y no sólo es posible, sino que debemos empeñarnos personalmente, y en la familia, por hacer algo, por trazar un pequeño programa de vida cristiana para esta cuaresma: por ejemplo, leer todos los días un texto del evangelio y luego comentarlo en familia; en vez de tanta y tan mala televisión, dedicar un tiempo a este sencillo ejercicio es un modo precioso de unir a la familia en torno al Evangelio. Pero si esto, tan elemental y sencillo, parece algo imposible de realizar, habrá que preguntarse qué queda o a qué se reduce la fe cristiana en la familia.
La cuaresma es una invitación a volver sobre nuestros pasos, para recomponer las deficiencias de nuestra respuesta al amor de Dios. Como a Jesús, también a nosotros el Espíritu nos empuja al desierto al comienzo del camino cuaresmal, nos empuja a confrontarnos con nosotros mismos en la soledad de nuestro corazón. Porque no debemos olvidar que la victoria o el fracaso del hombre se juega en su interior; es en el fondo de la conciencia donde el hombre es él mismo sin caretas de carnaval; sólo allí está desnudo ante sí mismo y ante Dios. La cuaresma es una llamada a renovar y purificar la conciencia, a escuchar la voz de Dios que en toda conciencia recta resuena con claridad. Es verdad que podemos aplanar la conciencia, que podemos ahogar su voz; podemos incluso actuar sin conciencia, es decir, sin escrúpulos de ninguna clase, pero nunca podremos acercarnos a Dios y vivir según Dios sin esforzarnos en seguir la voz de la conciencia.
Cuando el miércoles pasado nos impusieron la ceniza, a cada uno se nos decía: «Conviértete y cree en el Evangelio». Son las primeras palabras de Jesús al comienzo de su ministerio, después de su experiencia de soledad y oración en el desierto; son las palabras que nos dirige la Iglesia al empezar este tiempo de gracia y salvación. Ojalá no las echemos en saco roto. Que la participación en la Eucaristía nos confirme en la recta conciencia para escuchar la voz del Señor que nos llama a cambiar y mejorar nuestra vida cristiana.
José Mª de Miguel, O.SS.T.