Is 60,1-6; Sal 71; Ef 326; Mt 2,1-12
Celebramos hoy la revelación del misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, a saber, «que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio». El plan de Dios respecto de nosotros es, desde siempre, desde toda la eternidad, darnos participación en su vida divina: nos ha creado para él, es decir, para comunicarnos su vida divina, para hacernos felices, para llenarnos de gozo sin sombra de pena ni acabamiento. Hoy, en esta solemnidad de la Epifanía, celebramos la revelación de este misterio, es decir, que en el plan salvífico de Dios entran todos los hombres, y no sólo el pueblo de Israel. También nosotros, los gentiles, los que no pertenecemos al pueblo de Israel, somos coherederos de la gloria, partícipes de la salvación de Cristo, porque hemos acogido el Evangelio, porque somos miembros del Cuerpo de Cristo, por la fe y el bautismo. En el nacimiento de su Hijo, Dios ha hecho brillar la salvación por toda la faz de la tierra: todos los pueblos son invitados a la fiesta de estas bodas de Dios con la humanidad en el nacimiento de Jesucristo. Y el profeta vislumbra el día en que Dios cumplirá su plan de salvación: «¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Levanta la vista en torno, mira: todos esos se han reunido, vienen hacia ti. Te cubrirá una multitud de camellos, vienen todos trayendo oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor».
En la noche del Nacimiento de Jesús se iluminó el mundo entero, la luz brilló sobre toda la tierra. No se trata de un espectáculo asombroso que hubiera tenido lugar en el firmamento, porque el profeta no habla de la luz de los astros, sino de la gloria del Señor, de la manifestación de Dios a los hombres. Y ésta tuvo lugar de la manera más grande e inimaginable en el nacimiento de su Hijo: en Jesús, Dios habita en medio de nosotros. Pero esta gloria del Señor no la vio amanecer Jerusalén. «La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron». Otros sí, lo de fuera, los de lejos, son los que vieron esta luz, sintieron su presencia y se pusieron en camino. Son los Magos de Oriente, de los que habla el relato evangélico; en ellos están representados todos los pueblos: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». El símbolo de la estrella representa la luz de la fe, la fe que guio a los Magos hasta el Señor: «Se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el Niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría». ¿Cuál es esa luz, cuál esa estrella que puede guiarnos a nosotros hoy hasta el Señor? La misma que guio a los Magos al pesebre: es la luz de la fe, que se alimenta y enciende al contacto vivo con la Palabra y con los sacramentos, que se percibe en el gozo profundo que produce en el alma aun en medio de pruebas y dificultades.
Hoy, en este día de la Epifanía, de la solemne manifestación del Señor a los pueblos gentiles, agradecemos el don de la fe; a nosotros se nos ha concedido la gracia de ver brillar la estrella y venir a adorar al Señor; a nosotros Dios nos ha otorgado el don de la fe. Pero muchos entre nosotros, como los judíos en tiempos de Herodes, no reconocen ya esta luz que ha amanecido en nuestro mundo; muchos han perdido la luz de la fe. De nuevo se ciernen espesas tinieblas sobre muchos corazones. Y sin la luz de la fe, por mucho que se diga y se finja, se vive sin alegría. En el fondo, queda el vacío, la tristeza de una vida sin esperanza, que se agota en sí misma, en el disfrute del instante activado por el alcohol, la droga y el sexo. Pero los Magos, «al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría». Es la alegría que procede de la fe, de la comunión con quien puede darla, porque todo él es gozo y felicidad inagotable, Dios. Y al don de la fe corresponde la adoración como expresión de la propia entrega a Dios: «entraron en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra», que simbolizan su condición de Señor, de Dios y de Hombre mortal. Que la Virgen María, con su Hijo en brazos, nos guarde y fortalezca en la fe, esta misma fe que pedimos para todos los que la han perdido y para la inmensa multitud de millones de hermanos y hermanas que, después de dos mil años, todavía no conocen al Salvador que ella nos dio a luz: este sería, sin duda, el mejor regalo de Reyes.
José Mª de Miguel, O.SS.T.