Sería una persona que se conmueve con el sufrimiento de los demás. Atenta a la realidad, capaz de percibir los problemas y las injusticias. Una persona que ha conocido el dolor de los cautivos como posiblemente Juan lo pudo conocer en el puerto de Marsella cuando desembarcaban los cautivos macilentos y con heridas de las cadenas. Él sería sensible a las heridas que deja la privación de libertad. Él lucharía por la justicia de los que sufren, desde las víctimas al privado de libertad, pasando también por las familias de los cautivos. Lucharía por la justicia, desde la misericordia que supera toda justicia. Buscaría la justicia restaurativa, como quizás pretendía al intercambiar cautivos musulmanes por cautivos cristianos queriendo sanar las heridas recuperando la libertad y volviendo con sus familias.
Un hombre sensible al dolor de esas madres que rezaban por los hijos que habían ido a las cruzadas y no sabían nada de ellos, o habían llegado noticias de que estaban en las mazmorras cautivos. Juan de Mata se conmovería por la amargura de las madres de los presos. Por el sufrimiento de las familias que por tener un hijo preso son condenadas por la sociedad y criticadas. Juan de Mata se conmovería por esas madres que cada sábado van a visitar a su hijo a la prisión, convencidas de que pueden cambiar, de que son buenos a pesar de sus acciones equivocadas. Juan de Mata se pondría en la situación de los presos, de los cautivos. Tanto se pondría en el lugar del cautivo que estaba dispuesto a intercambiarse por él para que lo liberasen.
Este voluntario sería una persona creyente, de fe, con experiencia de un Dios Trinidad que no se queda insensible ante el sufrimiento de la humanidad. Un Dios que nos ama de forma gratuita e incondicional, un Dios que nos rescató por amor. El Padre que entregó a su propio hijo por amor; el Hijo que nos amó hasta hacerse hombre, que nos rescató a precio de su sangre; el Espíritu Santo que nos envía a continuar la obra de redención. Para él la oración más bonita es alabarlo, bendecirlo, por todo su amor, -como el Trisagio- no pedirle, no quejarse, tan solo dejarse amar y devolver ese amor en alabanzas y piropos como una madre ante su indefenso bebé. También sabe orar con cada una de las Personas de la Trinidad. Sería un cristiano practicante, toda la liturgia es alabanza a Dios Trinidad. Necesita alabar a Dios Trinidad y sabe que la mejor forma de alabarlo es liberando a los cautivos.
Sería una persona de comunidad. Un buen hermano, un buen vecino. Un cristiano que vive la fe en comunidad, quizás en el Laicado Trinitario o en tanta pluralidad de grupos que son imagen de Dios Trinidad, que es al mismo tiempo: comunión, comunicación, pluralidad en la unidad y unidad en la pluralidad, amor, entrega y compromiso con los cautivos de hoy. Este voluntario buscaría su “Cerfroid”, su lugar de retiro para meditar y dar sentidos a los signos que Dios le muestra. Buscaría una comunidad como “Cerfroid” para compartir sus proyectos, ilusiones y sueños. Sería un buen amigo, un buen hermano.
Sería una persona sinodal, dispuesto a caminar con todos para buscar el bien común. Aunque esto le conllevara a ir al encuentro de la persona más antagónica a mí, incluso a quienes “nos hacen la guerra”. Estaría dispuesto a ir a las fronteras de la sociedad, donde están los descartados del mundo. Va en son de paz, vestido de blanco y con símbolos que le distinguen de los que hacen la guerra.
Estas podrían ser la cualidades de Juan de Mata si fuese voluntario de pastoral penitenciaria y seguro muchas más.
Sergio Garcia Pérez, O.SS.T.