Ap 7,2-4.9-14; Sal 23; 1Jn 3,1-3; Mt5,1-12
Celebramos hoy, 1 de noviembre, la fiesta de Todos los Santos, la fiesta de esa «muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas», la fiesta de esa multitud que San Juan, en la visión del Apocalipsis, contemplaba «de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos», para simbolizar el triunfo de su fidelidad a Cristo hasta el martirio, pues ellos son «los que han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero».
Los santos son los que han unido su vida y su muerte a Cristo, y por eso participan ya de su mismo destino de gloria en el cielo. Ellos son los que, habiendo seguido a Cristo por el camino de las bienaventuranzas, han sido admitidos a la presencia y compañía de Dios mismo en la Jerusalén celeste; por eso en este día celebramos con alegría «la gloria de los mejores hijos de la Iglesia».
Hoy, al hacer memoria de todos los santos, reavivamos en nosotros la esperanza de la vida eterna y nos animamos y consolamos con ella en las dificultades y pruebas de esta vida. Porque en los santos «encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad». Ellos, con su estilo de vida evangélico y con sus obras llenas de amor a Dios y al prójimo, nos muestran el camino que conduce a la Patria; los santos además nos acompañan a nosotros en nuestro camino hacia la misma meta con su poderosa intercesión; es lo que hemos pedido en la oración: «Concédenos, Señor, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón».
Hoy, en este día de Todos los Santos, celebramos con la Iglesia entera la fiesta del gozo y de la esperanza cristiana, esa esperanza de la que ya participan por la misericordia de Dios los santos, todos aquellos hermanos nuestros que han sido fieles al Señor durante su peregrinación por este mundo. Nuestro destino es ver a Dios lo cual significa: entrar en el fondo inagotable de su misterio, participar de su misma vida inmortal, ser admitidos a su divina presencia en calidad de hijos. La visión de Dios es la meta de nuestra fe y el fin de nuestra esperanza. Entonces veremos con los ojos de Dios, seremos felices con la felicidad de Dios, viviremos por siempre en la luz y el gozo de la Trinidad eterna, hasta el punto de que llegaremos a ser “semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”. Ser semejantes a Dios para poder participar de su misma vida. Este es el final de nuestro camino, para eso fuimos creados, para vivir en Dios, para vivir de Dios por toda la eternidad. Esta es la vida de los Santos, la vida que a todos nos aguarda al término de nuestra peregrinación por este mundo, siendo conscientes del “amor que nos tiene el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”.
Pero el premio de esta esperanza que hoy celebramos, no se alcanza sin esfuerzo, sin lucha, sin compromiso. El Reino de Dios, meta y consumación de nuestra esperanza, solo lo alcanzarán aquellos que trabajan día a día por la paz, que son misericordiosos, que tienen hambre y sed de justicia, que hacen lo posible por aminorar los sufrimientos de los hermanos, que denuncian sin miedo las injusticias de los poderosos, que son fieles a Jesucristo a pesar de los desprecios y persecuciones.
En medio de un mundo sin apenas esperanza, marcado por el derrotismo y la resignación, la fiesta de Todos los Santos nos recuerda que el cristianismo es ante todo una gran esperanza: la esperanza de vivir para siempre junto a Dios en compañía de los santos, si es que en esta vida somos fieles al Evangelio de Jesús, expresado resumidamente en las bienaventuranzas, que son la Carta Magna del Reino de Dios, la Ley, con mayúscula, de todo cristiano que aspire a entrar un día, con todos los Santos, en la Patria del cielo.
José María de Miguel González, osst