El 22 de octubre de 2024 fallecía a la edad de 96 años el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez Merino. Este religioso dominico ha sido uno de los grandes renovadores de la teología contemporánea. Es un símbolo de toda la generación de teólogos latinoamericanos que iniciaron el movimiento de la Teología de la liberación; y es un pensador que ha aportado grandemente y con especificidad de su teología a ese movimiento teológico. Es incluso el padre de esta teología.
Gustavo Gutiérrez es ante todo símbolo de la teología, surgida alrededor de Medellín (1968). Es esta una teología nueva en América Latina y en el mundo, porque parte de la novedosa “irrupción de los pobres”, verdadero signo de los tiempos, en el que Dios se hace presente en los pueblos crucificados y esperanzados. Y es también una teología nueva porque se concibe a sí misma como respuesta a esos clamores y esas esperanzas. La teología de la liberación intenta ser una teología sacudida por los pobres y convertida a ellos. Intenta ser una teología transida de misericordia para reaccionar a sus sufrimientos y una teología que orienta e ilumina una práctica de justicia y de liberación para que la misericordia sea eficaz. Es también una teología espiritual, que quiere ser mystagogía en el misterio y propiciar el encuentro con Dios en la historia; una teología popular, voz teológica de los que no la tienen; una teología agradecida a los pobres, de cuyo pozo hay que beber y en el que se encuentra –como siervo sufriente de Yahvé- un tipo de luz y esperanza que no se hallan en ninguna otra parte. Es, por último, una teología conflictiva porque anunciar a los pobres al Dios de la vida se confronta necesariamente con los ídolos de la muerte.
Esta teología de la liberación, en fidelidad a la irrupción de los pobres, se ha hecho latinoamericana y cristiana, sin que ambas dimensiones se debiliten ahora –como ha sido el caso con frecuencia- sino que se potencian. Es una teología para el pueblo de Dios; y también –en ello está cada vez más comprometida- del pueblo de Dios. De todo ello, junto con muchos otros, Gustavo Gutiérrez es un símbolo. Pero, además, ha dado un aporte específico.
En sus numerosos escritos ha abordado diversos temas de la teología de la liberación, pero nos concentramos aquí en uno solo aspecto de su teología: en la consecuente fidelidad a aquello que la originó: los pobres de este mundo. Desde ellos, el teólogo peruano ha ido eligiendo y tratando nuevos temas: el Dios de la vida, la espiritualidad, la necesidad de un lenguaje sobre Dios en un mundo sufriente, y su más reciente interés por la religiosidad de los pobres, su problemática psicológica, la realidad de la mujer oprimida, la ecología incluso, la estética…Sus nuevos intereses y sus nuevos productos teológicos no están motivados primariamente por el deseo de hacer avanzar intelectualmente a la teología de la liberación, aunque trate esos temas con hondura intelectual y desee el perfeccionamiento de esa teología; menos aún están provocados por pura táctica, dada la coyuntura eclesial, como a veces se insinúa. La novedad en el proceso teológico de Gustavo Gutiérrez está motivada y dirigida por los pobres de este mundo. Según sean sus problemas y esperanzas reales, así es su teología.
- Vida y obra
Gustavo Gutiérrez llega a la vida el 8 de junio de 1928, en la calle del Arco, en el centro viejo de Lima (Perú). Nacido de una familia con antepasados indígenas cercanos (hijo mestizo de familia popular, mezclada de sangre india con la española), afectado por una cruel enfermedad (osteomielitis) cuando apenas tenía 12 años, le hace permanecer en una silla de ruedas y en cama durante seis años. Creo que ahí surgió más nítida su entereza, su fe inconmovible, su rigor intelectual, su vocación espiritual y su compromiso con los humillados. Es lo que le ha permitido vivir lo proclamado en sus escritos, o sea que la experiencia espiritual y la práctica social y pastoral vienen antes y enriquecen la sistematización intelectual.
Su teología nace en contacto con la realidad de su país, con personas pobres que luchaban por la justicia. Años más tarde, fruto de su trabajo pastoral, nacería en 1968 la Teología de la liberación.
Antes de sentir su llamada al sacerdocio e ingresar en el seminario, estudió medicina en la Universidad de San Marcos de Lima; su interés era especializarse en psiquiatría. Después de cursar los estudios teológicos en Lima y Santiago de Chile, amplió su formación en Lovaina (Bélgica), y en Francia, seguido de un periodo breve en Roma. En Lovaina se licenció con una tesis sobre “La libertad en el pensamiento de Sigmund Freud”.
A su regreso al Perú, pronto se dejó oír su nombre, y es llamado por el Consejo Episcopal de América Latina (CELAM) a participar en el Equipo de reflexión teológica de ese organismo. En esa condición ha desarrollado una amplia y fecunda labor impartiendo cursos y conferencias a obispos y agentes pastorales de todo el continente. Por otra parte, tuvo una activa participación en la Conferencia Episcopal de Medellín en 1968, un acontecimiento cumbre y fundante de la pastoral latinoamericana. Según Monseñor José Dammert Bellido (antiguo obispo de Cajamarca (Perú), la colaboración de Gustavo Gutiérrez fue eficiente en Medellín, principalmente en las comisiones de Justicia, Paz y Pobreza de la Iglesia.
En 1971, el Centro de Estudios y Publicaciones (CEP) de Lima publicaba su libro fundamental Teología de la Liberación. Perspectivas, transformado en el acta de fundación de la corriente teológica de América Latina denominada Teología de la Liberación. En esta obra se plasman las primeras intuiciones sobre la nueva forma de hacer teología, sobre su método, su contenido y su espiritualidad. Este libro ha sido traducido a doce lenguas.
La proyección de esta corriente teológica no tardaría en extenderse a otros ámbitos geográficos y culturales. Así, en 1972 el Instituto “Fe y Secularidad” de Madrid organizaba en El Escorial unas jornadas de estudios titulados Fe cristiana y cambio social en América Latina, con la participación de teólogos para dar a conocer al público español la nueva experiencia eclesial en el continente. El teólogo español Alfonso Álvarez Bolado resume así el impacto de la presentación del teólogo peruano: “Gustavo Gutiérrez provocó en El Escorial la intensa convivencia de una experiencia espiritual nueva, tenida en común. Él no es simplemente el autor de la Teología de la Liberación. En cierto sentido es el plasmador, el formulador en lenguaje sencillo, expresivo y sobrio de las intuiciones fundamentales de esta teología”.
En 1977 aparece el libro “Liberación y Cambio”, un diálogo con Richard Shaull, teólogo norteamericano de los primeros en interesarse por América Latina. Shaull hizo incursión por nuevos caminos, proponiendo en los años 50 una teología de la revolución. Gustavo Gutiérrez, en particular, se distanciaría muy temprano de esa corriente que no tuvo vigencia perdurable en el continente.
En 1979 se celebró en Puebla (México) la Tercera Conferencia del CELAM. A raíz de un proceso de exclusión iniciado en 1972, Gutiérrez y otros teólogos latinoamericanos no fueron invitados a participar directamente como peritos en la Conferencia. Con humildad y espíritu de servicio, esos teólogos aceptaron la invitación de varios obispos para acompañarlos como asesores personales. En el caso de Gustavo Gutiérrez fueron algunos obispos de Brasil quienes le invitaron.
Esto no fue un “Puebla paralelo”, como peyorativamente se quiso interpretar, sino un servicio eclesial y una indirecta, pero inestimable, contribución teológica. Hay que señalar que la noción de los pobres, como sujetos de la evangelización, su potencial evangelizador, en los documentos de Puebla, se relacionan con el descubrimiento original de Gustavo Gutiérrez a través de la persona de Bartolomé de Las Casas. Si no hubiese sido por el señalamiento de Gustavo y su crítica oportuna del Documento de trabajo de Puebla en este tema precisamente, el cambio de énfasis hacia el pobre como agente de evangelización no hubiera encontrado camino hacia el Documento final. En esta línea, Bartolomé de Las Casas en la última etapa de su vida estuvo muy cerca de la posición que afirma que los mismos indios eran sujetos históricos por derecho propio y los únicos que podrían realizar una justa transformación social. Esta idea ha sido matizada y ampliada por Gustavo Gutiérrez en su obra En busca de los pobres de Jesucristo. El pensamiento de Bartolomé de las Casas (1992).
En el mismo año 1979, publica su segundo libro más importante, La Fuerza Histórica de los Pobres, donde resume la evolución de su pensamiento y el aporte a los nuevos desafíos. El mismo título del libro es una de las muchas expresiones características, que él ha ayudado a crear en el campo teológico-social.
Quiero resaltar que Gutiérrez fue un hombre del Espíritu. En su vida personal, y en sus escritos se refleja esta docilidad al Espíritu. Desde su primer libro (Teología de la liberación. Perspectivas) había insistido en el tema de la espiritualidad de la liberación. Los apartados sobre “La conversión al prójimo” y “Eucaristía y fraternidad humana” son preciosas reflexiones de profunda espiritualidad. Sin embargo, las críticas y los ataques pretendieron reducirlo a los aspectos políticos y sociales, dejando de lado el aspecto más teológico y las intuiciones sobre espiritualidad de la liberación. Sus detractores, tomando textos aislados y fuera de contexto, han pretendido desvirtuar su vivencia espiritual como discípulo de Jesucristo y su hondo sentido de Iglesia. En este sentido, Gutiérrez en su obra Beber en su propio pozo cita la célebre frase de Santa Teresa de Ávila: “en fin, Señor, soy hija de la Iglesia”. Esta frase no está escrita por casualidad, pues en alguna entrevista nuestro autor definió su teología como un canto de amor a la Iglesia.
A partir de 1982, ha querido hacer más explicito este compromiso espiritual. Sus últimos libros: El Dios de la Vida, el ya citado Beber en su propio pozo. Itinerario espiritual de un pueblo, Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente, son un claro testimonio de este nuevo énfasis de su teología, sin dejar de lado los aspectos metodológicos y los más conflictivos.
En Gustavo ha impresionado su dinamismo comparado con su fragilidad física. Quien no lo conoce y lo ve llegar para los cursos o debates, con su baja estatura, se sorprende luego de ver cómo crece al desarrollar con brillantez su pensamiento, con la fina ironía de sus alusiones, con la expresividad de la comunicación y la firmeza de sus convicciones. Hay en él una energía y una fuerza vital que escapan a los límites de su cuerpo frágil. Cuentan que el Papa Juan Pablo II, al verlo durante un congreso internacional en Roma, había comentado que lo imaginaba más alto, por referencias que tenía de su obra y del impacto de su personalidad. Esto hace pensar en el desnivel inesperado entre la fuerte irradiación personal y la fragilidad corporal de otras personalidades significativas, como Gramsci, su compatriota José Carlos Mariátegui en los últimos años de su vida, o en Brasil, Dom Herder Camara y Herbert José de Souza (Betiño).
En 1999 decidió hacerse religioso dominico, iniciando el noviciado en la comunidad de los PP. Dominicos de Lyon (Francia). Con relación a esta decisión, Gustavo Gutiérrez se expresaba así en una entrevista: “Mi relación con la Orden de los Predicadores se remonta a mis estudios en Francia, donde estuve en contacto personal –y con su reflexión y trabajo académico- con los teólogos Chenu, Congar y Schillebeeckx, todos ellos dominicos. Me atraía sobremanera cómo entendían y planteaban la íntima relación que debe existir entre la teología, la espiritualidad y el anuncio del evangelio. La teología de la liberación comparte esa misma convicción. Mi investigación posterior sobre la vida de Bartolomé de Las Casas y su defensa apasionada de los pobres de su tiempo (los indios y los esclavos negros) también tuvo un papel importante en mi decisión. Mi larga amistad con muchos dominicos, además de otras circunstancias, me llevaron finalmente a dar ese paso”.
Otro gran acontecimiento de la vida de Gutiérrez es el haber sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias en abril de 2003. Junto con el periodista polaco Ryszard Kapuscinski recibió el Premio de Comunicación y Humanidades. El acta del Jurado afirmaba así sobre el P. Gutiérrez: “El teólogo peruano Gustavo Gutiérrez es el iniciador de la renovada corriente espiritual conocida como teología de la liberación, que propugna una atención especial al mundo de los desfavorecidos, entendiendo que la liberación preconizada por el mensaje cristiano no es aplicable únicamente a la faceta espiritual del ser humano, sino también a sus condiciones sociales y materiales. Con ello, esta propuesta de la teología de la liberación no se reduce a un planteamiento teórico, sino que constituye una práctica que, de modo especial en los países menos desarrollados, ha estimulado una dignificación de las condiciones de vida de millones de seres humanos”.
Pero creemos que Gustavo Gutiérrez no necesita premios. No hay más que oírle y leerle para saber que para él, el premio más que suficiente es su fe en Dios, el cariño de los pobres y el don de haber puesto en marcha un modo de ser y de pensar humano, cristiano y teológico.
Gutiérrez es junto al indio Felipe Guamán Poma de Ayala, Bartolomé de Las Casas, el filósofo José Carlos Mariátegui, el escritor José María Arguedas y el poeta César Vallejo (autores muy importantes en los escritos de Gutiérrez), aquellos que nos enseñan a optar por los más necesitados de este mundo y las sendas de la verdadera inculturación en la tarea evangelizadora.
La Iglesia en su conjunto, y en América Latina en particular, tendrá que agradecer al Señor el don que quiso hacernos a través de la persona y de la misión de nuestro hermano y amigo, Gustavo Gutiérrez, el evangelizador y teólogo de los pobres.
2. Dios y el pobre
Si existe un hilo conductor hacia el que converge toda la teología de Gustavo Gutiérrez es su concepto de Dios en estrecha relación con el pobre. Sostemos que este es el eje central de su teología. Con ello no existe el peligro de leer exclusivamente las diversas perspectivas de la teología a partir del pobre, sino a partir de la opción teocéntrica de los pobres y la irrupción de estos en la historia. Irrupción de aquellos que estaban ausentes en la historia y ahora se hacen escuchar y de quienes conocemos no sólo sus problemas, sino también su cultura y su espiritualidad. Gutiérrez habla en sus escritos de la mística de los pobres. Quien analiza objetivamente su pensamiento en toda su evolución cronológica no puede deducir que Gutiérrez ponga en el centro primero la opción por el pobre –y menos como opción de clase- y luego a Dios. La teología no es para el teólogo peruano una reflexión sobre el pobre, sino que es, ante todo un hablar de Dios, pero desde el sufrimiento del inocente. Diríamos que la teología de este teólogo peruano arranca de la dramática pregunta “cómo decirle al pobre, al que sufre injustamente que Dios es bueno”. De ahí que la opción preferencial por los pobres no tiene su origen en un análisis a partir de las ciencias sociales (aunque es importante tener en cuenta los aportes de estas ciencias a la teología), ni el hecho de vivir en un país pobre. Surge ante todo del núcleo de nuestra fe en un Dios que se hizo pobre y que ama a los pobres, no porque sean mejores, sino por pura gratuidad. Por eso, el concepto de gratuidad en el conjunto de la obra de Gutiérrez es el que da sentido y hondura a su concepto de liberación y a la opción preferencial por los pobres. El tema de la gratuidad dentro del compromiso liberador en la historia no es algo que estuviera presente sólo a partir de los años ochenta de su quehacer teológico, sino que es una idea que ya estaba presente en la etapa de evolución, es decir en la década de los setenta. Pero es verdad que este aspecto se ha ido ahondando en sus escritos posteriores.
Por otro lado, queremos señalar que el concepto de Dios en los escritos del teólogo peruano no sólo se centra a partir del libro del Éxodo, como algunos han interpretado. A lo largo de sus libros se percibe un conocimiento muy serio de la teología bíblica y la toma de consideración de todos los escritos tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento.
El teólogo peruano sostiene –siguiendo los escritos de Gehard von Rad- que la historia es el lugar en el que Dios revela el misterio de su persona. De ahí que la lectura de la Biblia aparte de ser cristológica, es también histórica, pues Dios se revela en la historia del pueblo que creyó y esperó en él. Esto nos lleva a repensar la palabra desde la propia historia latinoamericana. Señala que se trata de una historia real, atravesada por conflictos y enfrentamientos. De ahí que sea importante señalar también que Dios se manifiesta en la historia pero que la orienta en el sentido del establecimiento de la justicia y del derecho. Aparte de ser un Dios providente, es un Dios que toma partido por el pobre, el huérfano y la viuda.
Si esta es la forma de cómo Dios se revela en la humanidad: ¿cómo ha de ser la respuesta por parte de los seres humanos? Esta respuesta, a la que llamamos fe, no será sólo teórica, sino que conocer a Dios exige obrar la justicia. El verbo conocer en la Biblia significa amar. Ya en el Antiguo Testamento existe una estrecha relación entre Dios y el prójimo. Despreciar al prójimo, explotar al jornalero humilde y pobre, no pagar el salario a tiempo es ofender a Dios (cfr. Prov 14, 21; Dt 24, 14-15; Ex 22, 21-23). “Quien se burla de un pobre, ultraja a su Hacedor” (Prov 17, 5). Amar a Dios exige a su vez hacer justicia al pobre y al humillado. Donde hay justicia y derecho hay encuentro de Dios, cuando esto falta Dios está ausente (cfr. Jer. 22, 13-16; Os 4, 1-2).
Gustavo Gutiérrez, en síntesis, nos dice a lo largo de sus escritos que la relación entre Dios y el pobre es el corazón de la fe bíblica. En ella se hallan irremediablemente enlazadas las dos dimensiones permanentes de la fe: la contemplativa y la histórica, la mística y política.
Estas dos dimensiones están presentes en la vida de Jesús en la medida en que lo último y esencial en él fue el Reino de Dios. Así aparece en los sumarios programáticos de Marcos y Mateo al comienzo de su vida pública: “Marchó a Galilea y proclamaba la buena noticia de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca” (Mc 1, 14s; Mt 14, 17).
A su vez, los evangelios dan muestra de una relación de Jesús con Dios mencionando su oración. Toda su vida va acompañada de la oración a Dios Padre. En el bautismo, Jesús es puesto en oración ( Lc 3, 21); Jesús muere en la cruz con una oración (Lc 23, 46), diversamente interpretada como oración de angustia o de esperanza pero a fin de cuentas dirigiéndose una vez más a Dios. Esto nos lleva comprender la entrega incondicional de Jesús al proyecto del Padre. Esta entrega le llevó a su vez a un proyecto de vida que consistió en vivir para los demás. Para Jesús el ser humano es más importante que todas las cosas (Mt 6, 26). La persona es más decisiva que el culto (Lc 10, 30-37) y el sacrificio (Mt 5, 23); absolutamente superior al sábado (Mc 2, 23-26).
Debido a esta forma de actuar a favor de la vida, por su defensa en favor de la vida, por su apuesta en pro de los pobres, y su visión de Dios, entró pronto en conflicto con los detentadores del poder. Al final su forma de relacionarse con Dios, el proyecto del Reino y su estar a favor de la vida y de los pobres le costó la cruz. En este sentido, Jesús muere porque lo matan, porque Dios acepta hasta el final la encarnación como lugar del amor y de su credibilidad. Pero la dimensión profética llega a su mayor sentido en la resurrección del Hijo, que viene a significar que la última palabra de la historia es la vida.
Desde la vida de Jesús y de tantos otros mártires, podemos afirmar que la gratuidad de Dios exige un clima de eficacia. Citando a Monseñor Romero, afirma Gutiérrez que “el mundo de los pobres nos enseña cómo ha de ser el amor cristiano que debe ser ciertamente gratuito, pero debe buscar la eficacia histórica”.
El teólogo peruano no sólo se fundamenta en los textos bíblicos para analizar la relación de Dios y el prójimo, especialmente del más pobre, sino que bebe de las obras del escritor peruano José María Arguedas para afirmar que donde no hay justicia, allí Dios está ausente. Especialmente cita la novela Todas las sangres, en la que aparece la expresión “Dios está en todas las partes”; frase que dirige el cura al sacristán. Y el sacristán que no sabe de metafísica, pero sí de injusticia y de opresión, replica con certera intuición bíblica: “¿Había Dios en el pecho de los que rompieron el cuerpo del inocente maestro Bellido? ¿Dios está en el cuerpo de los ingenieros que están matando “La Esmeralda”? “Dios no puede estar en todas partes, sobre todo allí donde no se practica la justicia”.
Gutiérrez dirá que el “acto de fe” se sustenta en el encuentro de dos libertades: la de Dios que se manifiesta entregándose y la del ser humano que se expresa acogiendo tal donación de sí mismo. La experiencia del encuentro con Dios es, por tanto, el núcleo de la fe cristiana.
Después de esta síntesis apretada sobre la relación de Dios y el pobre en la teología de Gutiérrez, podemos concluir: Que todo aquel que ha captado la gratuidad de Dios será llevado a un compromiso y solidaridad con los más pobres de nuestro mundo. Por eso, el teólogo peruano habla de dos lenguajes en nuestro creer en el Dios de Jesús: el contemplativo y el profético. El primero que nos lleva a comprender y a proclamar que la gratuidad está por encima de la justicia, y que todo viene de Dios (es lo que experimentó Job). Y el lenguaje profético nos lleva a comprometernos con los más pobres y a no callar ante las injusticias. “Sin la profecía, el lenguaje de la contemplación corre el peligro de no tener mordiente sobre una historia en la que Dios actúa y donde lo encontramos. Sin la dimensión mística, el lenguaje profético puede estrechar sus miras y debilitar la percepción de Aquel que todo lo hace nuevo”.
Conclusión
Muchos se preguntan hoy qué queda de la Teología de la liberación o si ya ha muerto esta teología. A esta pregunta Gustavo Gutiérrez respondía: “Debo confesar que estoy menos preocupado por el interés o la supervivencia de la teología de la liberación que por los sufrimientos y las esperanzas del pueblo al que pertenezco y, especialmente, por la comunicación de la experiencia y el mensaje de salvación de Jesucristo. Una teología, por relevante que sea su función, no es sino un medio para profundizar en ellas. La teología es una hermenéutica de la esperanza vivida como un don del Señor. De esto se trata, en efecto, de proclamar la esperanza al mundo en el momento que vivimos como iglesia. Mi fe no depende de una teología. Una teología me ayuda a comprender. Yo no creo en la teología de la liberación, creo en Jesucristo. En ocasiones se me pregunta por el destino de la teología de la liberación. Yo contesto que no me interesa, lo que me interesa es el proceso de liberación de mi pueblo y la presencia del Evangelio en ese proceso. La teología viene después”.
Juan Pablo García Maestro, OSST
Universidad Pontificia de Salamanca