Por la Virgen de la Cabeza, soy trinitario y jamás pude imaginar todo lo que Cristo, a través de ella, tenía guardado para mí en sus Romerías.
Ese niño de Alcalá la Real que, desde pequeño, acudía a la Romería con su Cofradía, en el coro Romero. Ese niño que, en la presentación de su hermandad, se emocionaba con las oraciones y cantos del reencuentro con la madre. Ese niño que, al entrar en el Camarín, se estremecía ante su presencia, tan cercana de esta imagen tan misteriosa, tierna y sagrada, como quien ha entrado en el cielo. Ese niño que, al ver el traslado de la Virgen del camarín a las andas, se sobrecogía de esa explosión de fervor entre vivas, palmas y emoción. Ese niño que admiraba a los padres trinitarios que la custodiaban y estaban al servicio de los peregrinos, acogiendo, confesando o en las Eucaristías. Ese niño que, sentado en las rocas del cerro, seguía la Eucaristía con sus padres. Ese niño al que le encantaba ver en la procesión a cada cofradía con sus trajes típicos y las grandes banderas coloridas al viento. Hasta que llegaba Ella, en sus andas plateadas, portada por los entregados anderos. En un mar de peregrinos, parecía avanzar, mientras los trinitarios pasaban niños, pañuelos y medallas por su manto. Todo me sobrecogía.
Un año, en el momento de la recogida, estaba en la reja. Y al pasar su Imagen de las andas al camarín, la vi tan cerca de mí que no pude evitar extender mi mano con fe para poder tocarla. Estaba tan cerca. Y de repente, me arrastró un río de personas hasta atravesar la reja tras ella y me quedé dentro del presbiterio. Y allí me miró. ¿Quién me iba a decir que a partir de esa Romería iba a estar en ese presbiterio como trinitario hasta hoy?
En mayo, el Trinitario Domingo Conesa fue a predicar la novena de la Virgen de la Cabeza de Alcalá. Yo estaba en búsqueda y el poder hablar con él me hizo sentir que el Señor me llamaba a ser Trinitario. La Virgen de la Cabeza fue mi intercesora.
Jamás pude imaginar el poder seguir participando en la Romería hasta hoy, celebrando la Eucaristía, recibiendo cofradías, confesando. Jamás imaginé cantar decenas de veces «Morenita» y «Pequeñita», decir mil veces ¡viva!. Jamás imaginé celebrar la Eucaristía o confesar y sentir a Cristo Resucitado partiendo el pan, como el centro y mayor regalo de tu Romería, que Tú nos das. Y jamás imaginé estar junto a ella, pasando a los niños por su manto. Qué fe en la mirada de esos padres. Pañuelos, gorras, estadales, medallas se entregan en una continua explosión de amor y devoción en el cerro.
Y te doy gracias por mi llamada. Jamás pude imaginar esta maravillosa vocación de dar gloria a Dios Trinidad liberando a los cautivos. Y veo a tu hijo y te veo a ti en inmigrantes, presos y excluidos en prisión y en Prolibertas. Te veo en los niños del colegio o los feligreses de la parroquia, te veo en tus cofrades y romeros. Danos fuerzas para seguir respondiendo a tu noble misión. ¡Viva la Virgen de la Cabeza!
P. Sergio García Pérez, osst