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  • 08/02/2024

DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO

domingo
  • Homilías Ciclo B

Domingo 6º del Tiempo Ordinario 

Ciclo B

11 de febrero de 2024

LECTURAS

Primera lectura

Lectura del libro del Levítico (13,1-2.44-46):

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: «¡Impuro, impuro!» Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»

Salmo 31,1-2.5.11

R/. Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito. R/.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R/.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero. R/.

Segunda lectura

De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (10,31–11,1):

Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

Evangelio según san Marcos (1,40-45):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

HOMILIA- I

De la  marginación a la acogida

Dios se complace en habitar en los limpios y sinceros de corazón; así nos lo ha recordado la oración que hemos rezado al comienzo de la Misa. Evidentemente, Dios no se fija en el aspecto externo del hombre para poner en él o en ella su morada. La envoltura corporal, o sea, las apariencias, no siempre se corresponden con la verdadera realidad del corazón humano, con lo que el hombre piensa, desea y es. A Dios le agrada la sinceridad y le desagrada profundamente la hipocresía. Por eso hacer las cosas de Dios por mero cumplimiento, como una carga pesada, no nos acerca a él, sino que nos aleja irremediablemente. Dios habita en los sencillos, en los humildes, en los que aman la verdad y se esfuerzan por vivir en la verdad. Esta es, según santa Teresa, la auténtica humildad, en la que Dios se complace.

  1. Marginación legal

Los textos de la S. Escritura de este domingo nos hablan de una horrible enfermedad considerada en la antigüedad, y aún hoy en muchos lugares, como una maldición: la lepra. “Al golpeado por la lepra se le consideraba como un muerto viviente. Su curación se comparaba con la resurrección de un muerto”(J. Gnilka). Quizás este prejuicio mágico-religioso haya que relacionarlo con los estragos que en el cuerpo humano produce esta enfermedad, que además se consi­deraba en extremo conta­giosa. Por eso las legislaciones de los pueblos antiguos condenaban al leproso al aislamiento total. Lo hemos visto en el texto del Levítico, que es el código legal del AT: al leproso se le declaraba ‘impuro’, es decir, no podía entrar en contacto con nadie, ni vivir con la familia, ni en el pueblo: «Mientras le dure la lepra, seguirá impuro: vivirá solo y tendrá su morada fuera del pueblo». Con esta medida, para nosotros cruel e inhumana, se quería evitar el contagio físico y aun moral, puesto que se pensaba que el leproso recibía el justo castigo por sus pecados.

  1. Acogida misericordiosa

Lo más terrible de esta enfermedad era la exclusión del leproso del pue­blo, la separación de la familia y de la comunidad, lo cual en la mentalidad religiosa de entonces suponía la exclusión de la salvación. Porque para salvarse, para recibir los beneficios de Dios, había que ser miembro del pueblo de Dios; la separación del pueblo llevaba consigo el no poder gozar de los dones de la salvación, pues no podía participar del culto ni de la oración de la comunidad, no le estaba permitido acercarse al Templo, ni entrar en la sinagoga. Se le excluía, pues, de la comunión con Dios. Así estaban las cosas cuando llegó Jesús; esta es la triste situación de unos enfermos marginados por el egoísmo de la sociedad, situación que Jesús cambia radicalmente. Por de pronto, Jesús no huye del leproso que le pide ayuda. Al contrario, «sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó». ¡Tocar a un leproso! Es ante todo un acto de valor que rompe todos los tabúes. Es lo que hizo Francisco de Asís: la última resistencia que debió vencer para ser totalmente de Cristo fue visitar la leprosería de Asís y abrazar a los enfermos. Cuando superó esta íntima repugnancia se sintió ya definitivamente liberado de sí, ahora ya estaba totalmente disponible para seguir a Cristo que abrazó a los leprosos. Para Jesús el leproso no es un ser impuro, no es un maldito de Dios, condenado de por vida al sufrimiento y a la soledad. Todo lo contrario, Jesús ve en aquel enfermo un hombre más necesi­tado de comprensión, de acogida fraterna, que de salud corporal. Por eso, lo primero es acogerlo, acercarse a él, tocarlo, y así lo cura también de su enfermedad. No necesitó insistir mucho el leproso: «Si quieres, puedes limpiarme». «Quiero, queda limpio».

  1. Actualización simbólica

La lepra, por su carácter desfigurador del cuerpo, ha sido considerada siempre como un símbolo del pecado. Efectivamente, el pecado desfigura y arruina la imagen de Dios que el Espíritu Santo esculpió en nosotros el día de nuestro bautismo. El pecado es como la lepra en el orden espiritual: pues va bo­rran­do progresivamente la imagen de Dios en nosotros. Por eso, nosotros que nos confesamos pecadores, que a lo mejor nos hemos apartado de la comunión de vida con el Señor, necesita­mos como el leproso pedir al Señor que nos limpie, que nos purifique. No tengamos miedo de acudir a Jesús en busca de salud; él nos espera, él viene a nuestro encuentro como médico de las almas y de los cuerpos; sólo espera oír de nosotros: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Su respuesta es siempre la misma: «Quiero, queda limpio». Porque esta es la voluntad de Dios: que seamos curados, que quedemos limpios de todos los pecados, para poder participar de los dones de la salvación, de la amistad divina. Quedar limpio equivale a vivir en gracia, de modo que toda nuestra vida sea un testimonio de Dios, como nos ha recomendado el Apóstol: “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”. La vida del cristiano que se esfuerza por acercarse a Jesucristo y vivir según el Evangelio es la verdadera gloria de Dios, como se pone de relieve en la vida de los santos.

Pero nosotros no somos santos, por eso como el leproso del Evangelio, tenemos necesidad también nosotros de acercarnos a Jesús para que nos cure; él lo está deseando, falta sólo que nos pongamos en camino hacia él, conscientes de nuestros pecados. En la celebración de la Santa Misa Jesús, médico de las almas y de los cuerpos, nos conforta con su palabra y nos invita a participar del alimento de salvación, de la medicina de salud, que es la Eucaristía.

José María de Miguel González, OSST

HOMILIA II

Exégesis: Marcos 1, 40-54.

El marco es la sinagoga de Galilea en que tiene lugar un nuevo hecho de curación. Sin embargo, la curación del enfermo, un leproso, no permite pensar en la sinagoga como lugar de curación. El leproso tenía que vivir aislado de toda comunidad humana. Si, no obstante, se nos presenta en el marco de la sinagoga, es por la ordenación de los hechos que hace el evangelista. Marcos quiere seguir insistiendo en el contraste de intereses de la gente y de Jesús.

En esta ocasión, el propio enfermo pide la curación: «Si quieres, puedes curarme». No podría ser de otra manera. La reacción de Jesús da la medida de la situación: «Sintiendo compasión». Es la primera vez que Marcos deja asomar el mundo interior de Jesús. A Jesús le puede el enfermo. Enfermo: «Si quieres, puedes». Jesús: «Quiero, queda limpio». Entre medio, la compasión. No se puede evocar más con menos palabras. ¡Maravilloso! Por eso es más dramática la severidad de Jesús. Nuevo apunte de su mundo interior. Jesús es presa de dos urgencias: recuperación del ser social del ex-leproso: «Ve y preséntate al sacerdote», y necesidad de que el centro de atención de la gente no sea su persona, sino la llegada del Reino.

La divulgación es comprensible humanamente, pero desde la óptica de Marcos sella la sima entre los intereses de la gente y los de Jesús. Gráficamente, los lugares habitados no son el sitio de Jesús; su sitio es la soledad de los lugares deshabitados.

Comentario

El contraste de intereses que se perfilaba en la semana pasada, queda hoy claramente confirmado: después de las curaciones, todos buscan a Jesús; hoy, después de curar al leproso, Jesús ya no entra en la ciudad, se queda en despoblado. La gente por un lado y Jesús por otro. La gente insiste en acudir a Jesús. ¡Jesús insiste en aislarse de la gente! Y es el Jesús que sentía compasión de la gente!

¿Qué es lo que contamina hoy al cristiano? ¿Quebrantar las normas del derecho? ¿Por quién estamos nosotros: por el aparato organizativo o por el espíritu? Jesús critica la ley, no por estar de moda el criticarla, ni para prescindir de leyes inútiles. Su intención es hacer la voluntad del Padre: propiciar la liberación de las personas de ataduras sociales, religiosas, culturales. Aquellas leyes con aquel sistema religioso no podían ser punto de partida para el arranque del Reino.

Causan estupor las prescripciones del Levítico: ¡Impuro! Se pensaba que habían perdido todo rasgo humano y por supuesto la gracia divina. Por eso la actitud de Jesús resulta sorprendente. Su acción es altamente simbólica y significativa. Impresiona la sencillez con la que vive Jesús. Bendice a los niños a los que encuentra para que se acuerden de que Dios los está bendiciendo. Toca a los leprosos para que se acuerden de que Dios los está tocando. Son gestos muy pequeños de la bondad de Dios que cualquiera puede hacerlos. He aquí los signos mesiánicos: expulsa un demonio en sábado, cura a la suegra de Pedro y a numerosos enfermos en la puerta de la ciudad. Pero tiene que revisar su posición. Recupera su dinámica itinerante.

El leproso responde a la llamada de Jesús: divulga lo sucedido. Al sentirse libre, no se incorpora al sistema que lo ha expulsado, sino que se convierte en agente de evangelización. En las afueras es donde Jesús se encuentra con los enfermos, prostitutas… Ya no puede mostrarse en público. No por «famoso» sino por «sospechoso».

Manuel Sendín, O.SS.T.

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