“Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos” (Sal 133[132]). Este es el salmo que se suele cantar el día de nuestra profesión solemne. El versículo de este salmo podría constituir la norma de la vida común. Habitualmente, la experiencia nos dice que la realidad se muestra menos idílica, puesto que vivir juntos nunca puede darse por sentado, ni en una comunidad ni en el matrimonio. Las debilidades humanas se dejan notar tanto como en cualquier otro lado. Una sabiduría secular tuvo que poner ciertos límites para que la vida común sea posible, y tan conforme al Evangelio como sea posible.
“Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (l Jn 4,20). Encontramos aquí un camino firme para aprender a amar a Dios “no (…) de palabra y de boca, sino de verdad y con obras” (1 Jn 3,18). La vida común es una escuela de caridad, de paciencia, de don de sí mismo, de servicio, de humildad, de perdón, de escucha, de delicadeza… Sin embargo, nada de esto es automático, el mismo Señor nos lo dice: “¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida!” (Mt 7, 14).
Por tanto, no es sorprendente si la vida común también hace florecer las fricciones, los egoísmos, las vanidades, las susceptibilidades, las rivalidades, las cóleras, los rencores… también aquí la lista completa sería larga. ¿Por qué asombrarse? La vida religiosa no deja de ser humana, y quien llega a ella no va porque es santo, sino para hacerse santo. Los padres del monaquismo veían claramente el desierto como un lugar de combate contra el mal, siguiendo a Cristo que fue tentado allí. Todas las formas de vida religiosa tienen esta experiencia.
Para que la vida en común sea posible, es necesario establecer una estructura y unas reglas. San Pacomio, fundador del cenobitismo, tuvo la amarga experiencia de esta realidad. Lleno de caridad, había establecido una comunidad, poniéndose como servidor, él el primero. Pensaba que sus hermanos tendrían tanto deseo de seguir al Señor como él. No acertó del todo. Al final, debió rendirse ante la evidencia de que, después de un tiempo, habían perdido todo ideal Y se dejaban servir con un espíritu enteramente mundano. Los expulsó a todos y partió de cero, esta vez fijando reglas (la primera Regla de Vida Consagrada de la historia).
La creatividad de la vida religiosa se manifestó en numerosas estructuras, frecuentemente dependientes de las culturas en las que nacieron. La Regla de san Benito permanece cercana a la sociedad romana, y el abad tiene algo de paterfamilias. El monaquismo conservó una estructura bastante monárquica, frente a la que nuestro Padre San Juan de Mata quiso dar mayor agilidad y espíritu fraterno. Para este fin proveyó a la comunidad por el fundada unos espacios y medios en los que los hermanos de la “Domus Trinitatis” pudieran compartir y departir en pie de igualdad y libertad, concreción de esto es el capítulo de la casa (aunque no es el único).
Tras la celebración del Sínodo sobre la “Sinodalidad en la Iglesia”, celebrado en Roma el pasado mes de octubre, tuve la oportunidad de entrevistar a uno de los padres sinodales, Mons. D. Vicente Jiménez, arzobispo emérito de Zaragoza y miembro de la Comisión Episcopal de Vida Consagrada. Me llamó la atención que destacaba, como novedad significativa del mismo, la metodología que se había seguido en las sesiones sinodales: la conversación espiritual. “La conversación espiritual se centra en la calidad de la capacidad de escucha, así como en la calidad de las palabras pronunciadas (…) El objetivo de la conversación espiritual es crear una atmósfera de confianza y acogida, para que las personas puedan expresarse con mayor libertad. Esto les ayuda a tomar en serio lo que ocurre en su interior al escuchar a los demás y al hablar.”(La conversación espiritual del Vademecum del Sínodo de los Obispos). No es solo una metodología, es un estilo para construir comunidad eclesial.
Esta era la atmósfera espiritual que San Juan de Mata deseaba para la “Domus Trinitatis”; muchos de los números de la Regla Trinitaria que él redactó son medios concretos para hacerla real entre nosotros, sus hermanos. Son constantes en la Regla las disposiciones para crear un medio ambiente nuevo, cristiano y fraterno, “sea tal la caridad entre los hermanos” (RT 15), donde todos tomen parte en las decisiones y ritmo de la casa, “todos los domingos en cada casa, el Ministro tenga el capítulo con sus hermanos, y los hermanos al Ministro y el Ministro a los hermanos den cuenta fielmente de los asuntos de la casa” (RT 20). Las murmuraciones han de desaparecer entre nosotros (cf. RT 22) y el enfrentamiento estéril ha de dejar paso a la corrección fraterna (RT 23: “llévelo con paciencia”).
P. Koldo Alzola Ramos
Consejero Provincial