Is 43,16-21; Sal 125; Flp 3,8-14; Jn 8,1-11
«Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y existir en El».
Esta es una de las confesiones más entrañables de San Pablo: la hace desde la cárcel a donde ha ido a parar por anunciar a Cristo; la hace cuando ya veía cercano el final de sus días, cuando se encontraba solo y sin nada en este mundo. En una mirada retrospectiva a lo que había sido su existencia, a lo que perdió y a lo que ganó con su conversión, confiesa: en comparación con Cristo toda la sabiduría de este mundo, todas las riquezas, todo el poder es poca cosa, es más bien nada. Lo único verdaderamente importante, lo único que permanece y nos salva es Cristo. Por eso, «por él lo perdí todo… para llegar un día a la resurrección de entre los muertos».
Tanto Pablo, preso por causa de Jesús, como el mismo Señor nos invitan a preguntarnos hoy: ¿Qué es lo que de veras llena nuestro corazón? ¿Quién es el centro de nuestra existencia? ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¡Todo lo perderé, todo desaparecerá; sólo Cristo permanecerá; sólo Dios guardará mi memoria: sólo en él está mi salvación!
Sí, todo es nada fuera de Cristo: él murió por nosotros, en lugar nuestro, para que nosotros pudiéramos vivir. El próximo Domingo de Ramos, comienza la Semana Santa, la Semana mayor del año cristiano en la que celebraremos los misterios de nuestra redención. Dios quiere desbordar sobre nosotros su amor y su misericordia: quiere volver a abrazar a todos los hombres con aquel mismo abrazo de Cristo en la cruz. Un abrazo de perdón incondicional, como fue aquel del padre del hijo pródigo, que recordábamos el domingo pasado.
La Pascua que nos disponemos a celebrar es la fiesta de la reconciliación universal, es la amnistía general que Dios concede a todos los hombres, porque todos somos culpables, porque todos somos pecadores. Lo propio de Dios es la misericordia, el perdón sin límites, el amor sin medida. ¿No lo hemos visto reflejado en el evangelio de San Juan que hemos proclamado? Es el retrato de la infinita misericordia de Jesús. Una mujer sorprendida en adulterio; los acusadores deseosos de falsa justicia; y el Señor que los desenmascara: «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra».
Ya se está delineando el motivo, la causa de la muerte de Jesús: le traen aquella mujer «para comprometerlo y poder acusarlo». No soportan que el Señor se ponga de parte de los pecadores y eche en cara a los hipócritas su falsa religiosidad. Jesús, que ha venido a curar nuestras heridas, a buscar a los que estábamos perdidos, no podía condenar a aquella pobre mujer. El ha venido a ofrecer a manos llenas el perdón de Dios. No es que el Señor pase por alto la gravedad y la injusticia del pecado. Si nuestros pecados fuesen cosa de poca importancia, ¿hubiera consentido Dios en entregar a su propio Hijo a la muerte por nosotros, por nuestros pecados? La cruz de Cristo grita bien alto que para Dios nuestros pecados son algo importante, no por él, que a él no alcanzan nuestros pecados, sino por nosotros, porque el pecado nos hiere, nos perjudica gravemente a nosotros, sus criaturas, sus hijos. Jesús perdona a la mujer, la perdona totalmente, pero añade: «Anda en paz, y en adelante no peques más». Siempre que Dios nos otorga su perdón, nos invita a no malgastarlo. Nos perdona para que seamos mejores.
Este es el mensaje central de la palabra de Dios de este último domingo del camino cuaresmal en vísperas de la Semana Santa:
– Que Dios nos perdona siempre y todas las veces que se lo pidamos con verdadero arrepentimiento y sinceridad: para eso murió Cristo en la cruz.
– Que nos perdona para que no volvamos a pecar, es decir, para que luchemos por salir del pecado, por cambiar de vida, «para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a Cristo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo»(oración colecta).
Agradezcamos el perdón que Cristo nos concede, esforzándonos por ser mejores cada día, poniendo a Dios por encima de todas las cosas, para poder decir con san Pablo: lo único importante es Cristo, todo lo demás «lo considero pérdida y basura».
José Mª de Miguel, O.SS.T.