El Concilio Vaticano II insistió en la prioridad de la evangelización (cfr. Ad Gentes, 35). Lo mismo hizo el Sínodo de los Obispos celebrado en Roma en 1974. Este fue también el propósito de la Carta Magna sobre la evangelización: la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi de Pablo VI. En América Latina la asamblea episcopal latinoamericana celebrada en Medellín en 1968 insistió también en la prioridad de la evangelización. Juan Pablo II lanzó el proyecto de una nueva evangelización como programa fundamental de su pontificado. Lo mismo hizo el Papa Benedicto XVI cuando abrió el sínodo de los Obispos en octubre de 2012 con el lema “La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe”. Finalmente, también ha sido el proyecto del papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii gaudium sueña con una opción misionera de la Iglesia que sea capaz de transformarlo todo.
El «modelo evangelizador» propuesto por la exhortación apostólica «Evangelio Gaudium»
Resulta cada vez más evidente, por lo menos a raíz de lo que se deduce de la opinión general, que el mes de marzo de 2013 (la elección del papa Francisco) trajo consigo un cambio en la percepción de la Iglesia Católica en su papel histórico cultural. Según muchos observadores, el motivo habría que buscarlo en el hecho de que se ha cerrado una etapa y se ha puesto en marcha una forma distinta de replantear el rostro del cristianismo. Que esa interpretación no es solo una proyección del deseo de novedad, sino expresión de una exigencia presente en el complejo momento que está atravesando la religión cristiana, es un dato que presenta muchos matices de significado. La convergencia de la atención mediática sobre los gestos, las palabras y el estilo del papa Francisco ha denotado que la cuestión de la pertenencia eclesial va mucho más allá de un simple nombre. Dicha cuestión abre las puertas a la importancia de una identidad abierta, que sabe captar los síntomas de una primavera inesperada, sobre todo por la responsabilidad que conlleva hoy en día vivir como un buen cristiano. Por ello, no resulta infundado conjeturar que el pontificado del papa Francisco ha dado voz al horizonte de las expectativas que se crearon a raíz del giro radical que supuso el Concilio Vaticano II. Y eso a pesar de que las interpretaciones socioculturales se empeñen en repetir el leitmotiv de que el cristianismo se acerca a su fin y que es prácticamente incapaz de resultar significativo en los circuitos socioculturales de la modernidad.
Más allá de los fáciles entusiasmos en torno a la figura Bergoglio, es oportuno contextualizar las pequeñas pero importantes novedades que se perfilen en el horizonte, en la comprensión de un recorrido que el Papa Francisco ha esbozado en un estilo de diálogo, sobre la base de su experiencia sociocultural y en torno a la necesidad de volver a caracterizar la propuesta cristiana. Un recorrido que ya se inició con el discurso Gaudet Mater Ecclesiae con el que san Juan XXIII inauguraba la reunión conciliar, y donde se invitaba a la Iglesia a reinventarse a sí misma dentro de un marco que ya no respondía a un planteamiento de cristiandad. «El Vaticano II –escribe el papa Francisco– fue una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Generó un movimiento de renovación que sencillamente proviene del propio Evangelio».
El deseo de un diálogo sincero con la cultura moderna ha sido la intencionalidad de Jorge Mario Bergoglio, tal y como lo expresó en una entrevista concedida a Eugenio Scalfari, fundador del periódico La Repubblica:
El Concilio Vaticano II, inspirado por Juan XXIII y por Pablo VI, decidió mirar el futuro con un espíritu moderno y abrirse a la cultura moderna. Los padres conciliares sabían que abrirse a la cultura moderna significaba ecumenismo religioso y diálogo con los no creyentes. Después de aquello, se hizo muy poco en esa dirección. Yo tengo la humildad y la ambición de querer hacerlo.
En el primer capítulo de la exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG) (La alegría del Evangelio), el Papa Francisco afirma: No ignoro que hoy los documentos no despiertan el mismo interés que en otras épocas, y son rápidamente olvidados. No obstante, destaco que lo que trataré de expresar aquí tiene sentido programático y consecuencias importantes (EG 25).
¿Cuál es el programa que el papa Francisco ha propuesto a la Iglesia de hoy?
En primer lugar, un programa en el que se ve el origen de un Papa que no era europeo (alguien que viene del fin del mundo) como dijo él mismo nada más ser elegido pontífice. Es el primer Papa latinoamericano en la historia de la Iglesia. Este hecho está haciendo realidad lo que quiso el Concilio Vaticano II: poner fin a la etapa de Cristiandad, para dar paso a una Iglesia menos eurocéntrica y más policéntrica. El teólogo Karl Rahner dijo apenas terminado el Concilio que esto aún estaba por hacer. Pero en la persona del papa Francisco se ha hecho realidad. El eurocentrismo político terminó en 1945, y la crisis del eurocentrismo cultural se simbolizó en 1968. En 2013, el nuevo escenario eclesial marca el principio del fin del eurocentrismo eclesial, aunque haya miembros de la Curia romana e intelectuales europeos que no miran más allá de su realidad y que ignoran, e incluso menosprecian, el catolicismo latinoamericano. Algunos piensan ya que el sucesor de Francisco debería ser italiano, porque Europa es «central» en la Iglesia y esta no se puede edificar sobre la teología «marginal» de latinoamericanos, asiáticos y africanos.
En sus discursos, mensajes, homilías y, sobre todo, en la exhortación Evangelii gaudium, ha demostrado que venía de otro contexto y de otro país, con una sensibilidad hacia una cuestión que en la etapa postconciliar no terminó siendo el tema central. Nos referimos de manera especial a la opción preferencial por los pobres, como hilo conductor de todos sus mensajes y de la exhortación Evangelii gaudium. No como una opción de clase o ideológica, sino que hunde sus raíces en el Dios en quien creemos. En Jesús de Nazaret se ve esta opción por los pobres desde el inicio de su vida pública, en la sinagoga de Nazaret en donde él presentó su programa mesiánico: El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los más pobres (Lc 4,18).
Creemos que el papa Francisco asumió el objetivo de la opción preferencial por los pobres como lema prioritario de su pontificado, de la misma manera que ya lo hiciera la segunda asamblea del CELAM celebrada en Medellín (Colombia) en 1968.
El programa de Francisco es, en esencia, una «pastoral misionera»; y una pastoral misionera no espera a que la gente visite el barco, sino que va a buscar allá donde esté. La Iglesia debe ser una comunidad «en salida».
La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión «esencialmente» se configura como comunión misionera (EG 23).
Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie. «No temáis, dice el ángel a los pastores, porque os traigo una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo» (Lc 2,10).
“La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del siempre se ha hecho así. Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades (EG 33).
Es lo que la V Asamblea del CELAM celebrada en Aparecida (Brasil) llama «conversión pastoral».
Pero el programa del papa Francisco aparece bien claro en su exhortación Evangelii gaudium, en concreto en la introducción:
En primer lugar, pondera la «“alegría espiritual” que comunica la novedad del Evangelio». Pero esta alegría es para todos, es más, afirma en uno de los números de la exhortación «que el Evangelio es el mensaje más hermoso que tiene este mundo» (EG 277). Creo no exagerar, pero en esta frase radica el alma de esta exhortación. Con esto no se trata de tener la razón ni de la religión verdadera que está por encima de todo. Se trata de una oferta, de un anuncio que yo también considero el más hermoso que he recibido: la revelación del amor increíble de Dios a los hombres, visibilizado en el envío y la entrega de su Hijo.
Además de este número que acabamos de citar, cabe destacar el n. 274 que, sin lugar a dudas, es el meollo del cristianismo:
Cada persona humana –afirma el papa Francisco– es digna de nuestra entrega. No por su aspecto, sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad… sino porque es obra de Dios, criatura suya. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por eso, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida.
Sin embargo, este transmitir la alegría del Evangelio no se debe hacer por proselitismo, sino por atracción. La V Asamblea del Celam había expresado que la Iglesia no crece por proselitismo, sino «por atracción»: como Cristo «atrae todos hacia sí» por la fuerza de su amor. La Iglesia no es dueña de las llaves de la eficacia de su presencia en el mundo (Aparecida 159).
La exhortación Evangelii gaudium destaca en primer lugar el carácter trinitario del Kerigma. Este consiste en el anuncio explícito de Cristo que debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora. Es el fuego del Espíritu que se dona en forma de lenguas y nos hace creer en Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos comunica la misericordia infinita del Padre (EG 164).
El Espíritu Santo es quien hace la misión. El Espíritu Santo nos hace entrar en el misterio de Dios y nos salva del peligro de una Iglesia autorreferencial, llevándonos a la misión.
Algunos retos en el presente y en el futuro: Evangelización y promoción de la justicia
- En la actualidad debemos reiterar con firmeza que la promoción de la justicia forma parte constitutiva de la nueva evangelización y consiguientemente de la identidad del ser cristiano. Evangelizar lo social es aceptar la intrínseca relación entre fe y justicia; en ir al centro de la vida de Jesús: “Buscar primero el Reino de Dios y su justicia y el resto se os dará por añadidura” (Mt 6, 33). A ello hay que añadir que se trata de una justicia anhelada, reflexionada y celebrada como parte del sueño de Dios para la humanidad “desde los que los que padecen la injusticia”. Las víctimas y los excluidos son el lugar de la universalización, ya que cuando ellos tienen garantizados sus derechos, los tienen todos. Con razón decían las comunidades primitivas que el Mesías no volverá hasta que todos estén sentados a la mesa. O como advirtió el filósofo alemán Theodor Adorno: “Dejar hablar al dolor es la condición de la verdad y percibir el dolor del otro es la condición para toda caridad con pretensión de universalidad”.
- Sin negar nuestra propia identidad, debemos caminar codo con codo con todos aquellos que se empeñan en humanizar la tierra, con los no creyentes y con los fieles de otras religiones.
- La justicia tiene como requerimiento ineludible la simetría y esta exige el cultivo de la igualdad: igual dignidad, iguales derechos, responsabilidades y oportunidades. Nunca en nuestra época se ha puesto en tela de juicio las tres principales fuentes de desigualdad: la clase social, la raza y el sexo. Ello exige superar los modelos de dominación. Sobre todo el machismo patriarcal. Por tanto, la justicia reclama ahondar en los tres grandes esfuerzos a favor de la igualdad del mundo moderno: la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley (surge la Revolución francesa frente a los privilegios estamentales), la igualdad económica relativa (busca mejor distribución de la riqueza) y la igualdad de oportunidades (posibilidad de acceso a todos los cargos, puestos y posibilidades en igualdad de condiciones de partida). Todo ello evidentemente supone un cambio social, inviable sin el cultivo y la educación en el valor de la justicia.
- El problema de la injusticia no se sitúa solamente en el campo de la ética, sino que adquiere un estatuto rigurosamente teologal. La práctica de la justicia es un requerimiento para conocer a Dios. Lo que más oculta hoy el rostro de Dios es la profunda injusticia que reina en el mundo. Si no luchamos contra ella y no nos ponemos del lado de las víctimas, colaboramos al actual ocultamiento de Dios. La cruz y la resurrección son los dos misterios que más nos comprometen para estar en contra de las injusticias del mundo.