Is 53,10-11; Sal 32; Heb 4,14-16; Mc 10,35-45
LA XCVIII JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2024
En el evangelio que hemos escuchado, se nos pone delante una de esas funestas pasiones que han provocado y provocan tantos conflictos: es la ambición, el afán de dominio, el ansia de poder. Los hijos de Zebedeo se acercan a Jesús y le dicen a bocajarro: «Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir». Este descaro en la forma de dirigirse a Jesús está en consonancia con lo que le van a pedir o exigir: «concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, quieren copar los primeros puestos. No es de extrañar que «los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan», pero no por virtud, sino porque ellos quedaban desplazados. Por eso Jesús les amonestó a todos: no pueden -no podemos- copiar los comportamientos que rigen entre los ambiciosos de este mundo, porque tales actitudes no sirven en el Reino de Dios: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande, entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea siervo de todos». Aquí se anuncia una inversión radical de valores: frente a la ambición y el ansia de poder, Jesús pone el servicio amoroso y desinteresado. En el Reino, que Cristo inaugura y ofrece, los grandes no son los figurones de este mundo; en el Reino no son grandes aquellos que lo parecen, porque están subidos sobre los hombros de los pobres, sino los que ayudan a levantarse a sus hermanos postrados por la miseria, el hambre, la enfermedad, la soledad.
Este es el retrato que nos dejó Jesús de sí mismo, para que siempre lo tuviéramos presente: vosotros no debéis comportaros como dictadores, «porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos». Jesús resume aquí su vida como servicio; su venida a este mundo, su presencia entre nosotros, su misma muerte la entiende como un servicio en favor nuestro, para nuestra salvación; un servicio absolutamente desinteresado, movido sólo por el amor. Desde el comportamiento del Maestro y del Señor, el estilo de vida de un discípulo suyo no puede apartarse de esta regla fundamental: no podemos utilizar al prójimo, no nos es lícito aprovecharnos de él, no podemos ceder a la tentación de dominar a los demás; al contrario, el Señor, servidor nuestro, nos anima a ayudarnos mutuamente y a servir especialmente a los últimos. La grandeza en el Reino de Dios, los grandes del Reino, no son los que se hacen servir, sino los que sirven a sus hermanos con humildad, con alegría.
Pero el servicio desinteresado a los demás lleva consigo la contraseña del sufrimiento. Jesús es el servidor que da la vida, su servicio llega hasta el final, hasta ponerse en nuestro lugar. El profeta Isaías lo anticipó con mucha fuerza expresiva: el Siervo de Dios, figura de Jesucristo, es triturado por el sufrimiento, entrega su vida como expiación de nuestros pecados, carga con nuestros crímenes, y de este modo nos justifica, nos hace buenos ante Dios. Este es el servicio en favor nuestro que cumple Jesús: él toma nuestras maldades para librarnos de ellas clavándolas en la cruz. Si el Señor se hace siervo por amor nuestro, los discípulos no podemos pretender ser señores, sino ponernos -como el Maestro- al servicio de los más pequeños y necesitados, para que llegue a todo el mundo la salvación que Cristo nos alcanzó con su muerte y resurrección. Esta es la obra que realizan los misioneros, y que hoy recordamos agradecidos.
Por eso el Papa Francisco en su Mensaje para el Domund de este año “recomienda a todas las diócesis del mundo el servicio de las Obras Misionales Pontificias, que son los medios primarios para «infundir en los católicos, desde la infancia, el sentido verdaderamente universal y misionero, y de recoger eficazmente los subsidios para bien de todas las misiones, según las necesidades de cada una». Por esta razón, las colectas de la Jornada Mundial de las Misiones, en todas las Iglesias locales, están enteramente destinadas al Fondo Universal de Solidaridad que la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe distribuye después, en nombre del Papa, para las necesidades de todas las misiones de la Iglesia. Pidamos al Señor que nos guíe y nos ayude a ser una Iglesia más sinodal y más misionera”.
Pero como este programa de vida es un camino difícil, por eso necesitamos la fuerza de la gracia. Es la invitación que nos hace la carta a los hebreos: «Comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente». Aquí, en la eucaristía, vivida y celebrada con amor, bebemos de la fuente de esa gracia que necesitamos para mantenernos fieles al Maestro que vino no a ser servido, sino a servir y dar su vida por nuestra salvación, servicio que cumplen con entrega y amor los misioneros y misioneras por los cinco continentes.
José María de Miguel González, osst