Sab 9,13-18; Sal 89; Flm 9-10.12-17; Lc 14,25-33
Ante estas palabras sumamente exigentes de Jesús, que acabamos de escuchar, podemos preguntarnos con al autor del libro de la Sabiduría: «¿Qué hombre conocerá el designio de Dios?, o ¿quién se imaginará lo que el Señor quiere? ¿Quién conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría y le envías tu santo espíritu desde lo alto?».
Quizás más que en otros domingos necesitamos hoy el don del Espíritu, la luz y la fuerza de lo alto, para comprender y aceptar las exigencias que Cristo nos ha puesto en el Evangelio. La ocasión que dio lugar a este discurso de Jesús es la siguiente: por una serie de circunstancias, la gente se entusiasma con Jesús; han visto los milagros que hace; han escuchado con asombro las cosas que dice; parece que por fin han encontrado un líder capaz de sacarles de su postración y hasta tal vez de liberarles de la opresión de los romanos. Por eso son muchos los que de todas partes vienen a su encuentro y lo siguen. Es evidente que a Jesús no le convence nada este entusiasmo superficial y por eso en un momento dado de su camino hacia Jerusalén, es decir, de su camino hacia la cruz, se dirige a la gente que lo acompañaba y anuncia unos requisitos para ser discípulos suyos.
El primero se refiere al amor; diríamos que es la prueba del amor: Él tiene que ser antes y más que la propia familia, que el padre, la madre, la mujer, los hijos y los hermanos. Quien se decida a seguir a Jesús, a formar parte de sus discípulos, ha de tener claro que el amor a Cristo es lo más importante, más que lo más sagrado de este mundo cual es el amor que debemos a la propia familia. No es que Jesús exija a sus discípulos que rompan con los lazos familiares, lo que pide es que en caso de conflicto el amor a Él debe siempre prevalecer. No son raros, por otra parte, los casos en que se ha llegado a la ruptura de los lazos familiares por amor a Cristo.
El más notable sin duda fue el protagonizado por San Francisco de Asís, a quien su padre desheredó por haber dejado el negocio familiar para dedicarse a atender a los pobres y leprosos. Esta es, pues, la primera condición para ser discípulo de Jesús, la que engloba y resume todas las demás: no anteponer nada ni nadie al amor de Cristo.
El segundo requisito lo formula Jesús en estos términos: «Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío». Ciertamente, él va por delante, él cargó primero con la cruz, ¡y por amor nuestro! Al discípulo le pide que no se eche atrás cuando la cruz se haga presente en su vida. Pero Jesús no habla aquí de cualquier cruz, sino de aquella semejante a la suya. Se trata del esfuerzo diario por mantenernos fieles al Evangelio, aunque esto nos cueste el rechazo o la incomprensión de los demás; se trata de aceptar la voluntad de Dios, aunque a veces nos cueste, porque contradice nuestros gustos, nuestras inclinaciones o nuestras ideas; se trata, finalmente, de asumir con amor y paciencia la cruz del sufrimiento, de la enfermedad unidos a Cristo, sabiendo que esta cruz sirve para la redención del mundo.
El tercero resulta todavía más incómodo: «El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío». El que llega aquí, ése es discípulo perfecto; pero la mayoría nos quedamos muy por detrás. En todo caso, nadie puede pretender ser discípulo de Cristo y a la vez vivir atrapado por los bienes de este mundo: quien tiene el corazón poseído por el ansia de tener, de acumular, de disfrutar a tope de las cosas materiales, ése no está en condiciones de seguir a Jesús. Así estamos comprobando que cuanto más avanza en nuestra sociedad el materialismo consumista, más retrocede la fe, más se enfría la caridad, más recortada queda la esperanza. Los discípulos nominales son todavía muchos, como aquella multitud que seguía a Jesús; los discípulos verdaderos, aquellos que le prefieren a Él antes que, a la propia familia, antes que a sí mismos, antes que, a todas las riquezas de este mundo, son pocos. Y, sin embargo, Cristo es el único que merece la pena seguir, porque sólo Él puede hacernos plenamente felices, porque sólo Él es la respuesta a todos los deseos del alma humana, «pues nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti».
José Mª de Miguel, osst