Sab 18,6-9; Sal 32; Heb 11,1-2.8-19; Lc 12,32-48 (forma breve Lc 12,35-40)
En medio del verano el Señor nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con él. Es una cuestión importante, puesto que a veces tendemos a relegar a Dios al mundo de las ideas que poco tienen que ver con la vida. ¿Qué papel desempeña Jesús en nuestra vida, en el transcurrir de nuestro tiempo, en la espera del futuro?
Jesús se dirige a sus discípulos para infundirles ánimo. Se encuentran en medio de un mundo que sigue otros programas, que predica una doctrina bien diferente al Evangelio. Son una insignificante minoría dispersa entre la gran masa. Pero además son una minoría amenazada por los poderes de este mundo, que no están dispuestos a ser criticados: son un “pequeño rebaño” expuesto al ataque de los lobos. ¿Cómo levantar cabeza en condiciones tan adversas? “No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”. Jesús trata de animar a sus discípulos haciéndoles caer en la cuenta que en modo alguno son unos desgraciados, dignos de lástima. Todo lo contrario, ellos son los preferidos de Dios, objeto de su amor. Y no lo promete sólo para el futuro, sino que lo considera ya dado: siguiendo a Jesús, los discípulos gozan ya del Reino de Dios que él anuncia y al que nos invita a entrar. No hay razón para el temor sabiendo que somos objeto del amor del Padre, que nos ha dado parte en el Reino de su Hijo amado. Quien tiene que temer es el que ha entregado su corazón a los ídolos, porque los ídolos no pueden salvar, pues prometen lo que no pueden dar. En cambio, los discípulos estamos en las manos de Dios, bajo su protección amorosa, pues Dios es “vuestro Padre”. Nada ni nadie podrá arrebatarnos esta confianza.
Después de invitarnos a la desterrar el temor de nuestras vidas, Jesús nos exhorta a ser consecuentes. No tenemos miedo, pero no por eso vamos a echarnos a dormir mientras las tinieblas del paganismo avanzan a nuestro alrededor. La seducción de las fuerzas del mal es tan grande, el poder de los ídolos es tan fuerte, que puede arrastrarnos sin darnos cuenta. Y, de hecho, muchos son arrastrados cada día. Como la gente se comporta sin contar para nada con el Evangelio, como la propaganda dice que cada uno puede hacer con su vida lo que le venga en gana, los discípulos corremos el riesgo de ser engullidos por la corriente y pensar y comportarnos como los demás, es decir, según los criterios del mundo. Por eso Jesús nos invita a la vigilancia: “Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda para abrirle apenas venga y llame”. Hay que esperar la llegada del Señor con las lámparas encendidas, es decir, con la fe viva, con la esperanza activa y con la caridad operante. Si vivimos según este programa, venga a la hora que viniere el Esposo, “a la hora que menos penséis”, nos encontrará bien dispuestos para el encuentro definitivo. Y a los que encuentre así los llama dichosos Jesús, pues “os aseguro que [¡el Señor mismo!] los hará sentar a la mesa y les irá sirviendo”. Si antes los había reconfortado con el don del Reino que el Padre les ha dado, ahora el premio de los fieles será nada menos que ser servidos por el Señor en la mesa del Reino.
¿Cómo podremos los discípulos mantenernos a la altura de las circunstancias, siendo un pequeño rebaño amenazado? No hay otro camino que el de la fe. ¿Cómo mantener viva la esperanza del Reino de Dios en un mundo que no admite más que el reino de este mundo? Sólo a través de la fe. Porque, como dice el autor de la Carta a los hebreos, “la fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve”. La fe nos da seguridad en medio de los avatares de la vida, la fe nos infunde confianza cuando parece que todo se derrumba, es la fuerza que nos impulsa a caminar sin desanimarnos en las dificultades, es la luz que ilumina el camino oscuro de esta vida. La fe de Abrahán es un ejemplo de confianza ciega en Dios que no defrauda.
¿Cómo mantener las lámparas encendidas? ¿Cómo avivar constantemente la llama de la fe? ¿Cómo vivir confiados en un mundo que se aleja de Dios? Bebiendo de la fuente de agua viva que es la Eucaristía dominical: aquí el Señor nos anima con su Palabra y nos alimenta con su propia persona, con el don de su Cuerpo y de su Sangre entregados por nosotros como prenda y anticipo del Reino que “vuestro Padre ha tenido a bien daros”, que no es otra cosa que la salvación en la visión beatífica de la SS. Trinidad junto con todos los santos.
José Mª de Miguel, osst