Eclo 24,1-2.8-12; Sal 147; Ef 1,3-6.15-18; Jn 1,1-5.9-14
«Cuando un silencio apacible lo envolvía todo, tu Palabra omnipotente, Señor, se lanzó desde el cielo, desde el trono real”.
Así comienza la liturgia de este segundo domingo después de Navidad invitándonos a volver la mirada de la fe hacia el misterio que estamos celebrando estos días. Porque este es el misterio de Navidad que todos los años nos alegra y nos conmueve: es la inmensa ternura del Padre que nos entrega a su Hijo único en el Niño que la Virgen dio a luz. Por eso, «alegrémonos todos en el Señor, porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado… y es su nombre Príncipe de la paz«. Cómo no alegrarnos con María y José y con los pastores en estos días en que celebramos el amor de Dios hecho carne y sangre y lágrimas en aquel Niño, el Hijo del Altísimo, a quien la tierra, es decir, los hombres ofrecen una gruta, porque no había sitio para ellos en la posada, porque vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Al contemplar en estos días del año nuevo recién estrenado el misterio de Navidad, no podemos ignorar lo que constituye su permanente motivo de asombro y de inquietud: el Hijo del Altísimo nace en un establo, aquél por quien fueron hechas todas las cosas nace en la indigencia y en la indiferencia de los hombres: «Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no le conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron». Por eso tuvo que nacer en un establo y ser recostado en un pesebre. Este es el signo de navidad, de la navidad auténtica, de la navidad indomesticable por los poderes de este mundo. Es cierto que desde hace muchos años se está librando un duro combate contra la navidad verdadera, es cierto también que se trata por todos los medios, y en particular, por los llamados medios de comunicación, de desfigurar su contenido y su sentido hasta la profanación, pero es sobre todo verdad que desde distintos frentes se trabaja activamente para hacernos olvidar lo más esencial del misterio de Navidad: que el Mesías de Dios nació en la pobreza, que el Hijo de Dios, cuando vino a este mundo, escogió su sitio entre los pobres, que por eso mismo los pobres son los destinatarios de la primera bienaventuranza. Así las cosas, no es de extrañar que nosotros mismos tengamos dificultad para despojar la navidad, nuestra navidad, de todas sus adherencias paganas; también nosotros estamos influidos por la fuerza irresistible de la propaganda, que nos marca la pauta de lo que hemos de hacer y comprar en estas fiestas. Pero a pesar de todo, mientras sigamos proclamando la buena noticia del nacimiento del Salvador en la humildad y soledad de un establo, mientras los cristianos nos reunamos para adorar al Hijo de Dios hecho hombre, mientras haya discípulos capaces, como nos dice san Pablo, de «renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa», habrá navidad, porque la navidad verdadera no puede desaparecer de la tierra desde aquella noche en que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Lo que es propio de Dios se nos da por pura gracia a nosotros, y lo nuestro, todo lo nuestro, lo asume él por puro amor para salvarlo, para darnos parte en su divinidad. El Hijo de Dios se hizo hijo del hombre en la primera noche de navidad, y desde entonces él mismo nos invita a realizar este admirable intercambio: él en nosotros y nosotros en él. Y por eso el Apóstol pide a Dios: “Que el Padre de la gloria ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos”. Que este sea el fruto del Nacimiento de Cristo en este año de gracia de 2026.
José Mª de Miguel, osst