Is 50,4-7; Sal 21; Flp 2,6-11; Mt 26,14-27,66
Con esta celebración del Domingo de Ramos en la que se conmemora la entrada gloriosa de Jesús en Jerusalén, empezamos la Semana Santa; y lo hacemos en un segundo momento con la lectura de la Pasión del Señor según San Mateo que empieza con la traición de Judas: “¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?” y termina con la confesión del centurión al pie de la cruz: “Verdaderamente este era Hijo de Dios”. Después de recordar la gloria efímera de aquel día, en que Jesús quiso revelarse al pueblo como el Mesías enviado por Dios, la liturgia nos enfrenta de plano con el trágico final de aquella entrada en Jerusalén: es el relato impresionante de los acontecimientos que terminaron con la crucifixión y muerte de Jesús. En la historia de la Pasión leemos la historia de nuestra salvación; el precio de nuestro rescate es la sangre de Cristo derramada en la cruz. Este es el misterio de la redención del hombre que nos disponemos a celebrar en la Semana Santa. Cada uno de nosotros tendríamos que sentirnos personalmente afectados, implicados en el camino de Jesús hacia la cruz, pues no va él solo, sino que va por nosotros, en lugar de nosotros. No se trata de ver pasar a Jesús, sino de caminar con él, de hacer su mismo recorrido, si es que queremos tener parte también en su resurrección.
En estos días santos, que son el centro y quicio de todo lo que recordamos y celebramos durante el año, se nos invita a revivir la obra grande que Dios ha hecho por nosotros. Se podría decir que los protagonistas de estos días somos nosotros, pues por nosotros los hombres y por nuestra salvación fue crucificado el Señor de la gloria. Se nos invita a celebrar con fe los sagrados misterios de la pasión y muerte de Jesús; con fe significa con gratitud, esforzándonos por comprender y corresponder a su amor, que llega al extremo de dar su vida por nosotros. Tenemos que permitir que el amor de Cristo penetre dentro de nosotros, porque sólo desde la contemplación de lo que él ha hecho por nosotros podremos alcanzar el perdón de nuestros pecados. Y de eso se trata precisamente, de que la celebración de los misterios de la pasión y muerte del Señor no nos dejen indiferentes, sino que nos transformen interiormente.
La Semana Santa que hoy empieza, tiene en su centro la cruz del Viernes Santo, pero la muerte no es el final del viacrucis; si lo fuera no tendría sentido nuestra fe. La muerte de Cristo, como la nuestra, termina en la resurrección. Esta es la meta; esta es la fiesta que nos disponemos a celebrar, pero a la que nadie llega si no es pasando por la cruz. Si morimos con Cristo viviremos con él: esta es la esperanza cristiana que año tras año celebramos en la Semana Santa y de la que vive y se alimenta nuestra fe.
José Mª de Miguel, osst