Hch 1,1-11; Sal 46; Ef 1,17-23; Lc 24,46-53
¿Y dejas, Pastor santo, / tu grey en este valle hondo, oscuro, / en soledad y llanto; / y tú, rompiendo el puro / aire, te vas al inmortal seguro? (Fray Luis de León).
Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión, que es como decir la plenitud de la victoria de Jesucristo sobre la muerte; es, por tanto, la culminación de la resurrección. Con la ascensión se nos quiere dar a entender que Cristo, resucitado de entre los muertos, ha entrado definitivamente en el misterio santo de Dios de donde procedía: “salí del Padre y vuelvo al Padre”. A esto se refiere san Pablo cuando habla de “la fuerza poderosa que Dios desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo”. La victoria de la resurrección se consuma, se visibiliza en la mañana de la ascensión: el que había muerto como un criminal, hoy “asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas”, como canta el salmista.
Entre la mañana de pascua y la ascensión han pasado cuarenta días. Fueron días intensos de presencia y enseñanza del Resucitado a sus discípulos: “Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios”. Según el relato evangélico, el mismo Señor aclaró a los apóstoles el sentido de su muerte y resurrección: que la pasión y la cruz no habían sido inútiles, que entraban en los planes de Dios, pues la victoria del amor sobre el egoísmo, el triunfo de la verdad sobre la mentira lleva consigo afrontar la muerte en la confianza de la intervención victoriosa de Dios. Durante aquellos cuarenta días, el Señor fortaleció la fe de los apóstoles para que superaran el escándalo de la cruz, haciéndoles ver que su muerte fue causa de salvación para todos los hombres. Por eso, antes de ascender al cielo, dejó a los apóstoles como tarea principal dar a conocer al mundo entero esta buena noticia: “En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”.
Con la ascensión se cierra aquella admirable aventura del Hijo de Dios, que empezó con la encarnación, aquel tiempo único en que los hombres pudieron contemplar a Dios en la persona de Jesús, el Verbo de Dios hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación. Ahora vuelve al Padre, pero vuelve con lo que tomó de nosotros, con su naturaleza humana, con su cuerpo glorificado. Por eso este misterio de la ascensión que hoy celebramos nos afecta también a nosotros, pues el que asciendo al cielo lleva consigo algo nuestro, nuestra condición humana salvada y glorificada. La resurrección y ascensión de Cristo son la prueba y garantía de nuestro propio destino: si morimos con Cristo resucitaremos con él, y con él ascenderemos al encuentro con Dios. Como esto es algo que nos desborda y supera completamente, el Apóstol pide que Dios, el Padre de la gloria, “ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos”.
La fiesta de la ascensión es una llamada a la esperanza, a contemplar la meta que nos aguarda, que es “la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro”. Pero para ser testigos de esta esperanza en un mundo incrédulo y materialista, para anunciar a todos la buena noticia de la salvación y del perdón de los pecados, Jesús nos promete el Espíritu Santo. No se va y nos deja solos, no asciende al cielo y se olvida de nosotros: “Dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo… Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos hasta los confines del mundo”. El encargo que Jesús nos dejó en su ascensión sólo lo podemos llevar a cabo con la fuerza del Espíritu, el mismo Espíritu que lo sostuvo a él en la realización de la obra de la redención, actúa ahora en la Iglesia y en cada uno de nosotros para que seamos testigos del amor de Dios manifestado en Cristo.
Como hicieron los apóstoles, reunidos con María, la Madre del Señor, oremos durante esta semana para que la venida del Espíritu en Pentecostés nos transforme en verdaderos testigos de la esperanza que Cristo nos abrió con su resurrección y que hoy ha culminado en su ascensión a los cielos.
José Mª de Miguel, osst