Hace mucho tiempo, antes del uso desenfrenado de los móviles, descubrí que me encantaba contemplar los rostros de las personas con las que me iba encontrando por la calle, en el metro,…en los diferentes espacios por los que transitaba. Evidentemente, esa contemplación se me ha agudizado con el correr del tiempo.
En cada rostro percibo que, a través de sus gestos, expresan parte de sus sentimientos. Los hay de tristeza quizás por situaciones personales dolorosas o por los sinsabores de la vida o por la realidad mundial que tenemos. Los hay que transmiten indiferencia, les da igual ocho que ochenta. Los hay que reflejan inquietud, entusiasmo, alegría, viveza… ¡Cuánto podemos llegar a comunicar a través de nuestros rostros, muchas veces sin ser conscientes!
También es cierto que, actualmente, y debido al uso de las redes sociales a través del móvil, por ejemplo, los rostros “hablan” mucho más.
En cierta medida, muy bien, porque no somos robots programados de manera fría e insensible para actuar a favor, o no, de algunas personas. En un futuro inmediato, posiblemente antes de lo imaginado, nuestras relaciones no tendrán los problemas que generan hoy muchas relaciones humanas, haciendo que la persona tienda a aislarse más y evitar, de esta manera, la relación directa y física con otra igual. Porque en “el vivo y en directo” corremos el riesgo de saber gestionar reacciones contrarias a las nuestras. Gestos de la deshumanización en la que nos encontramos inmersas.
Vivimos en la intemperie sin ningún tipo de filtro. Casi toda nuestra vida es pública. Y ahí tenemos parte de las consecuencias de algunos “males”.
Desde mi larga experiencia educativa, me ha preocupado enormemente el rostro de las criaturas, también de sus familias. Esto ha hecho que haya intentado hablar, en los encuentros personales, sobre las posibles causas de podían haber provocado el no estar bien. La verdad, en muchas ocasiones, no ha sido fácil y perduró el sufrimiento latente en sus vidas. También he constatado que, en el laberinto del acercamiento personal a ellas, en algunas ocasiones he podido descubrir algún resquicio que nos permitió afrontar juntas su realidad, confiando en encontrar alguna ruta que propiciara alguna salida. En otras, sin embargo, ha sido imposible. Y es un gran dolor. En el caso de las criaturas, “no tiene nombre”, ni hay calificativo que pueda describir su sufrimiento, dolor, tristeza… No es para ellas. Aunque, en realidad, no es para nadie.
Todas estas situaciones se encuentran bajo el mismo paraguas: la ESPERANZA (que es un don de Dios) o la falta de ella. La convicción de que la vida tiene un sentido, unas posibilidades, unas propuestas, unas orientaciones bien enraizadas en el interior de cada persona y que, el reto, es saber abonarlas, cuidarlas. O bien, todo lo contrario, no hay el mínimo rayo de luz que ayude a vislumbrar que el futuro está en nuestras manos y que, a veces con ayuda, podremos superar aquello que nos impide la felicidad.
Hoy vivimos el tiempo de la inmediatez, del aquí, del ahora y no nos percatamos que la vida tiene otro ritmo, otro camino. La rapidez nos impide saborear la calidad y la calidez de las cosas y, sobretodo, de las personas. Qué bello es el texto del Eclesiastés (3, 1-8) –escrito entre los años 970 y el 931 aC.-, no tiene desperdicio, y con qué claridad nos dice: “En este mundo todo tiene su hora. Hay una momento para todo cuanto ocurre: Un momento para nacer y un momento para morir. Un momento para plantar y un momento para arrancar…Un momento para amar y un momento para odiar. Un momento para la guerra y un momento para la paz”.
Y nos han hecho creer que para que haya paz, se he de pasar por la guerra, los conflictos. ¡Qué absurdidad! No sería de extrañar que quien realiza esas afirmaciones es alguien que ve las guerras por la televisión. ¿Realmente, consideramos que lo que están sufriendo nuestros hermanos y hermanas de Palestina, Siria, Israel…ha de ser así? ¿Qué pasa con Ucrania? ¿Lo mismo? Los habitantes de algunos países, ¿por qué habrán nacido en esos lugares y en esos momentos de la historia? La verdad no aprendemos del correr histórico y se van repitiendo episodios que sabemos, de sobra, han ocasionado muertes, sufrimiento, odio, rencor…
No hace mucho escuchaba a un historiador que decía que una actitud muy importante en las personas es hablar del pasado. La importancia de la memoria histórica que nos permite entender mejor el presente. Además de…soñar que el aprendizaje de algunos episodios de la historia, es mejor no repetirlos.
Son muchas las razones, junto a las expuestas, las que han llevado al Papa Francisco a convocar un año Jubilar en el 2025 para ahondar en la gran importancia de la ESPERANZA. Una de las 3 grandes virtudes teologales. Así llamadas porque son un don que viene dado directamente de Dios.
Llega a decir que “¡El mundo de hoy tiene tanta necesidad de esta virtud cristiana! Como también necesita tanto de la paciencia, virtud que camina de la mano de la esperanza. Los seres humanos pacientes son tejedores de bien. Desean obstinadamente la paz, y aunque algunos tienen prisa y quisieran todo y todo ya, la paciencia tiene capacidad de espera. Incluso cuando muchos a su alrededor han sucumbido a la desilusión, quien está animado por la esperanza y es paciente es capaz de atravesar las noches más oscuras”. Nos encontramos con tantas experiencias de personas que han estado en campos de concentración (Viktor Frankl –que llega a expresar que “a pesar de todo…sí a la vida”; Dietrich Bonhoeffer -expresa, antes de que lo asesinaran, » Este es el fin, para mí, el comienzo de la vida «; Maximiliano Kolbe –ofreció su vida como cambio a otro preso, “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”; Ana Frank…). Asesinados por la defensa de la justicia (Mn Óscar Romero, por ejemplo)… Todos ellos y ellas, defensores de la vida, desde la Esperanza.
Nos equivocaríamos a las todas, si consideráramos que la Esperanza es propia de personas de edad avanzada. Nada más lejos. Como dice el Papa Francisco: “la esperanza es la virtud del que tiene un corazón joven; y aquí, la edad no cuenta. Porque existen también ancianos con los ojos llenos de luz, que viven en una tensión permanente hacia el futuro”.
Es por ello que, con una mirada contemplativa de la realidad social universal en la que nos encontramos inmersos, cargada de escepticismo y pesimismo, el Papa tiene un gran sueño, la esperanza para un mundo marcado por el choque de las armas, la muerte, la destrucción, el odio al prójimo, el hambre, la “deuda ecológica” y la baja natalidad.
Entre otros aspectos, un detalle de que hayamos sido capaces de “reavivar” la esperanza, es que podamos encontrarnos con rostros que irradien alegría, humanidad, misericordia, concordia, serenidad, profundidad… disposición de cruzarse con otros ojos vivos y que faciliten la armonía, la concordia.
A finales del 2025 quedamos emplazadas para constatar los cambios y logros alcanzados a lo largo de todo el año Jubilar. Tenemos una misión revitalizadora en nuestras manos.
Rosalía Tejo Martinez, religiosa trinitaria.
