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  • 02/07/2026

Domingo XIV (A)

  • Homilías Ciclo A

Zac 9,9-10; Sal 144; Rom 8,9.11-13; Mt 11,25-30

No podemos negar que tenemos dificultades con la oración, que apenas sabemos orar, que oramos poco. Y, sin embargo, la calidad de la vida cristiana está íntimamente ligada a la práctica de la oración, porque nuestra relación con Dios se establece fundamentalmente a través de la oración. Pues bien, hoy el evangelio nos presenta a Jesús orando, nos revela el misterio de su oración: cómo oraba, qué palabras usaba para orar, cuál era el contenido de su oración. Por eso, ahora nos ponemos a su escucha, entramos en su escuela para aprender a orar de labios de nuestro Señor y Maestro.

Pero lo que Jesús nos enseñó es lo que practicaba él. En la oración, Jesús se dirige a Dios como a su “Padre Señor del cielo y de la tierra”, y no emplea esta invocación como un título retórico, sino con toda propiedad y verdad, porque él es el Hijo unigénito. Para Jesús, el Dios del cielo es su Padre, de modo que en la misma invocación nos revela quién es Dios y quién es él: Dios es el Padre, su Padre, y él es el Hijo, su Hijo único. La oración que Jesús nos enseñó comienza bendiciendo a Dios: “Santificado sea tu nombre”, y él empieza la suya dando gracias porque se ha cumplido la voluntad del Padre que ha querido revelar los misterios del reino no “a los sabios y entendidos”, sino “a los pequeños”, a la gente sencilla, mientras que quedan ocultos para los engreídos y arrogantes que rechazan las enseñanzas y la persona misma de Jesús. Al Mesías que viene a nosotros “pobre y montado en un borrico”, como profetizó Zacarías, sólo son capaces de acogerlo y reconocerlo los humildes, los pobres que confían en Dios, los sencillos. Los misterios del reino que Jesús, por voluntad del Padre, revela a los humildes se resumen en el misterio mismo de Dios y su designio de salvación por nosotros. Conocemos quién es Jesús porque el Padre mismo nos lo ha revelado: primero, al comienzo, en el bautismo: “Tú eres mi Hijo querido, en ti me complazco” (Mc 1,11), y más tarde en el monte de la transfiguración: “Este es mi Hijo querido, en quien me complazco. ¡Escuchadlo!” (Mt 17,5). Y sabemos quién es el Padre dejándonos instruir por el Hijo, escuchando sus palabras y dejándonos transformar por el amor que nos demostró con su muerte y resurrección. Jesús, que nos ha revelado quién es el Padre y quién es él mismo, se hace cargo de nuestras dificultades, de nuestra debilidad para acoger su mensaje y seguirle. Por eso nos hace una triple invitación:

– “Venid a mí”: Él es la fuente de todo consuelo en medio de los agobios de la vida: “Esa mirada de Jesús, comentaba el Papa Benedicto, parece extenderse hasta hoy, hasta nuestro mundo. También hoy se posa sobre tanta gente oprimida por condiciones de vida difíciles […]. Multitudes extenuadas se encuentran en los países más pobres, probadas por la indigencia […]. Pensemos en los innumerables desplazados y refugiados, en cuantos emigran arriesgando su propia vida. La mirada de Cristo se posa sobre toda esta gente, sobre cada uno de los hijos del Padre, y repite: Venid a mí todos…”, para encontrar consuelo y descanso en él. Pensemos hoy en las innumerables víctimas de los terremotos en Venezuela…

– “Tomad mi yugo sobre vosotros”: así llama el Señor a los preceptos evangélicos y dice que no es pesado, que es llevadero, pero los preceptos evangélicos a los que se refiere Jesús como su yugo, son una carga ligera sólo por el amor. Si amamos a Cristo sus mandatos no son pesados, pero cuanto menos le amamos más duro, más impracticable nos resulta el camino del evangelio.

– “Aprended de mí”: yendo hacia él, siguiéndole a él, aprendemos a ser como él, a tener sus mismas actitudes y sentimientos de humildad y mansedumbre; así nos realizamos como cristianos, y, por tanto, en la progresiva configuración con Cristo encontramos nuestro descanso.

En la oración del comienzo de la Misa hemos pedido como fruto de esta celebración “una santa alegría”, como una anticipación “del gozo eterno”. Pero para poder disfrutar de esta alegría tenemos que ser liberados “de la esclavitud del pecado”. Por eso San Pablo nos ha advertido que, si vivimos según la carne, es decir, bajo el dominio del pecado, el Espíritu de Cristo no habita en nosotros, y, por tanto, no podemos gozar de la paz y de la alegría de Dios. 

Que la celebración de esta Eucaristía nos ayude a romper con las ataduras del pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios, pues “si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis”.

José Mª de Miguel, osst

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