Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1Cor 11,23-26; Jn 13,1-15
Celebramos esta tarde la Última Cena del Señor, la última de su vida, porque al terminar partió para el Huerto de los Olivos, allí le detuvieron a traición, y empezó su camino hacia el Calvario donde, al día siguiente, fue crucificado. Contaba entonces alrededor de 33 años. La celebraba con sus discípulos en recuerdo de aquella cena de los hebreos en Egipto la noche de su liberación de la esclavitud, es la cena pascual que todavía hoy la celebran los judíos allá donde se encuentren en cualquier parte del mundo.
Pero en aquella memorable cena Jesús realizó dos acciones que transformaron la cena pascual de los hebreos en la cena eucarística de los cristianos. La primera acción o gesto extraordinario aparece en el evangelio de san Juan que hemos leído. Ante la atónita mirada de los apóstoles, Jesús se levanta de la mesa y comienza a lavarles los pies: él, el Señor, haciendo el oficio de los siervos, de los criados, de los esclavos. Algo que Pedro no podía admitir. Como en el lavatorio de los pies quiso Jesús resumir el sentido de su vida y de su muerte, por eso mandó a los discípulos que hicieran lo mismo: “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica”. El lavatorio de los pies representa el evangelio del servicio, de la gratuidad, de la entrega generosa. Es el servicio de Dios mismo con los que necesitan ayuda, acompañamiento y comprensión. A los discípulos nos da ejemplo, él siempre va primero y por delante: según las posibilidades de cada uno, nos pide ser serviciales con los que necesitan alguna ayuda sin buscar siempre recompensa, en una sociedad en que todos los servicios se cobran, donde apenas ya no se conoce la gratuidad, nos pide actuar con generosidad por amor al prójimo.
Pero en esta tarde del Jueves Santo el centro de todo es el encargo a modo de testamento que nos confió el Señor: “Haced esto en memoria mía”. ¿Y qué es “esto” que nos mandó hacer? Lo mismo que él hizo y con el sentido que él le dio: esta es la segunda acción extraordinaria en medio de aquella Cena. Vuelto a la mesa, toma el pan en sus manos y lo identifica con él mismo, con él que va a la cruz por nuestra salvación: Este pan es mi cuerpo, mi persona, que se entrega a la muerte para que vosotros tengáis vida.
Toma luego la copa de vino, la pasa a los discípulos diciéndoles que aquello es su sangre, la sangre en la que Dios pacta con los hombres la alianza nueva y eterna, que será derramada para el perdón de los pecados. La Iglesia, a través de los ministros ordenados, obispos y sacerdotes, repite este gesto obedeciendo el mandato de Jesús todos los días desde el principio, desde aquel primer Jueves Santo de la historia, pero hoy, el día de la institución de la eucaristía, realiza aquel gesto de Jesús con sus mismas palabras de un modo especial y con el mayor agradecimiento. En este humilde gesto, con estos humildes elementos, un poco de pan y una copa de vino, está contenido todo el misterio de Cristo y de su obra de salvación. Es el precioso regalo que nos dejó antes de morir como memorial perpetuo de su amor por nosotros, por eso cada vez que celebramos la eucaristía, él se hace presente ofreciéndonos el fruto de su muerte y resurrección. Siendo esto así, ¿cómo es posible que a una inmensa multitud de cristianos no les diga nada la Misa, que es el don más grande que nos dejó Jesús y nos mandó hacer en memoria suya? ¿Cómo es posible que haya tan pocos voluntarios para hacer el mismo oficio de Jesús en el ministerio sacerdotal? Claro que es necesaria la fe para acoger este don, pero, por desgracia, eso es lo que falta, porque sin fe es imposible acercarse y comprender lo que Jesús hizo y nos mandó hacer en la cena de su despedida. Este es el testamento que nos dejó en herencia: la sagrada Eucaristía, el sacramento del Orden para poder celebrarla y el mandato del amor expresado en el servicio fraterno del lavatorio de los pies. Esta es la memoria agradecida que hacemos esta tarde al celebrar la última cena del Señor en la víspera de su pasión.
José Mª de Miguel, osst