Is 49,3.5-6; Sal 39; 1 Cor1,1-3; Jn 1,29-34
Después de haber celebrado los misterios del nacimiento de Jesús, la liturgia de estos primeros domingos del año nos va introduciendo poco a poco en el conocimiento de la persona y obra de Cristo. Así, el domingo pasado, fiesta del bautismo del Señor, escuchábamos la voz del Padre que nos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Jesús es el Hijo de Dios; sobre esta palabra del Padre descansa la profesión de nuestra fe. En las lecturas de este domingo, segundo del llamado Tiempo ordinario, avanzamos un paso más en la comprensión del misterio de Cristo. Por boca del profeta Isaías Dios nos dice quién es este Jesús: «Tú eres mi siervo…Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra». El Hijo del Altísimo se hace siervo nuestro; su tarea será la de hacer de nosotros un pueblo, el pueblo de Dios; por medio de él Dios nos restablecerá en su amistad. Esta es la misión que le confía: llevar a cabo la obra de nuestra salvación, y no solo nuestra sino del mundo entero “hasta el confín de la tierra”.
¿Cómo realizará Jesús esta tarea? Escuchemos a Juan Bautista la presentación que hace del Señor: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Ciertamente, no podría haber dicho más en menos palabras. La Iglesia aprecia de tal modo estas palabras del Bautista que todos los días en la celebración de la Eucaristía nos las recuerda dos veces antes de la comunión. Jesús es el Cordero de Dios, aquél que fue sacrificado en el altar de la cruz para quitar el pecado del mundo. Y ¿cómo quita Jesús el pecado del mundo? Asumiendo la condición humana con todas sus debilidades y pecados para clavarlos en la cruz. Con la expresión ‘Cordero de Dios’ alude el Bautista al destino doloroso de Jesús, porque él es el verdadero Cordero sacrificado en la pascua. La misión de ‘siervo’ para traer la salvación al pueblo, que le confió el Padre, la realizará dando su vida en rescate por todos, por nuestra libertad. Pero si uno penetra con la mirada de la fe en el acontecimiento de la cruz, no puede menos de preguntarse cómo es posible que los pecados del mundo, nuestros pecados, hayan podido llegar hasta clavar al Hijo de Dios en la cruz. Una pregunta bien pertinente, puesto que para muchos hoy el pecado ya no existe; por desgracia, la verdad es otra: ahí están a la vista de todos pesando sobre el mundo; son los pecados que llevan a la guerra, al terrorismo, al racismo; son los pecados de egoísmo y de insolidaridad los responsables de la muerte de miles de personas por hambre y sed en el mundo. El pecado actúa de manera bien visible bajo el tráfico de drogas y de personas que destruyen a tanta gente. No, no podemos decir que el pecado no existe cuando hay tanta injusticia, cuando tantas familias se rompen, cuando los niveles de moralidad son tan bajos que la gente acepta con normalidad la práctica del aborto y la eutanasia, ni niños ni viejos, sin olvidar la corrupción galopante tan extendida a todos los niveles. Pongamos toda esta pesada carga sobre los hombros de Cristo y preguntémonos si el pecado está pasado de moda; miremos hacia dentro de nosotros mismos, porque también nosotros descargamos nuestros pecados sobre el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Si nuestros pecados no tuvieran importancia, ¿habría permitido Dios que su Hijo amado muriera en la cruz por nuestra salvación?
Este es Jesús, el Hijo de Dios, hecho siervo nuestro para hacer de nosotros hijos de Dios; este es Jesús sacrificado como cordero inocente para quitar los pecados del mundo cargando con ellos; este es Jesús a quien debemos invocar con toda nuestra fe y nuestro amor para que borre nuestros pecados; para eso nos reunimos todos los domingos en torno a su mesa, pues «cada vez que se celebra el memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención». Si esto es así, ¿cómo es posible que una multitud de cristianos deserten con frecuencia de la Misa donde Cristo actualiza la obra de nuestra salvación? En la celebración de la Eucaristía Cristo, como Cordero de Dios crucificado, se hace presente para quitar de en medio nuestros pecados. Y la única forma de acoger y agradecer este don tan grande es precisamente la participación fiel en la Santa Misa que es el memorial de su pasión, muerte y resurrección, que Él nos dejó, “haced esto en memoria mía”, para que la obra de la redención estuviera disponible para todos los hombres y mujeres a lo largo de la historia hasta que Él vuelva.
José Mª de Miguel, osst