Hoy, al celebrar la Fiesta de los Santos Inocentes, los trinitarios contemplamos este misterio a la luz de nuestro carisma de redención y libertad. Aquellos niños de Belén murieron por el Nombre de Jesús; confesaron a Cristo no con palabras, sino con su vida. Fueron inocentes y, al mismo tiempo, cautivos: víctimas de un poder que no toleró la verdad, ni la libertad, ni la presencia de Dios hecha carne.
En los Santos Inocentes reconocemos a todos aquellos que confiesan su fe en un terreno donde no son libres, donde su identidad es negada o perseguida. Son cautivos por causa de su fe, de su dignidad, de su condición de hijos de Dios. No pueden manifestar aquello que forma parte más profunda de quienes son. Su silencio forzado, su sufrimiento y, muchas veces, su muerte, se convierten en un grito que interpela a la conciencia del mundo.
Hoy siguen muriendo muchos inocentes. Niños, jóvenes y adultos atrapados por la violencia, la guerra, la pobreza, la explotación, el abuso y la intolerancia religiosa. Como en tiempos de Herodes, el miedo y la sed de poder siguen generando muerte y esclavitud. Ante esta realidad, el carisma trinitario nos llama a mirar, escuchar y actuar, a no pasar de largo ante el cautivo de nuestro tiempo.
Por eso, los trinitarios vivimos este día con un profundo deseo: que no siga habiendo más inocentes en la vida, que nadie sea privado de su libertad, de su fe, de su identidad y de su dignidad. Unidos, queremos colaborar en la construcción de un mundo verdaderamente libre, donde cada persona pueda vivir y expresar lo que es, sin miedo ni cadenas.
Que los Santos Inocentes intercedan por nosotros y nos impulsen a ser, hoy más que nunca, signos de la Trinidad que libera, sana y da vida.