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  • 12/12/2025

Domingo Tercero de Adviento (A)

Tercer Domingo de Adviento
  • Homilías Ciclo A

Is 35,1-6.10; Sal 145; Sant 5,7-10; Mt 11,2-11

Un año más nos acercamos con esperanza y alegría a la Navidad. Todo parece rejuvenecer en nosotros: los sentimientos, los buenos deseos y hasta los comportamientos se hacen más fraternos, más nobles. A ello contribuye también la Palabra de Dios que hemos escuchado, y en cuyo centro aparece el retrato que Jesús hace de sí mismo. La ocasión que dio lugar a este autorretrato fue una consulta del Bautista. Éste se hallaba preso por orden de Herodes a causa de su enérgica defensa de los principios morales del matrimonio. Defender la verdad del matrimonio, ayer como hoy, puede traer complicaciones: al Bautista lo metieron en la cárcel y luego le cortaron la cabeza; a la Iglesia de hoy la ponen en la picota los políticos y los medios de comunicación, ridiculizándola, acusándola de casposa y trasnochada porque, como el Bautista, denuncia que no es lícito llamar y atribuir las propiedades y derechos del matrimonio a lo que en modo alguno puede ser. 

Hasta la prisión le llegan a Juan noticias confusas sobre la actividad de Jesús, sobre sus obras admirables, sus gestos proféticos y su predicación. En alguna medida la imagen de Jesús que le llega hasta la cárcel no coincide exactamente con la anunciada por él. Por eso “mandó a sus discípulos a preguntarle: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”.

Jesús comprende perfectamente las dudas del Bautista y, con suavidad, de modo indirecto, le da la respuesta. En ella, Jesús traza su propio autorretrato: Él es aquel que da la vista a los ciegos, hace caminar a los inválidos; Jesús es aquel que devuelve la salud a los leprosos, el oído a los sordos y la vida a los muertos. Estas son sus obras, obras de misericordia con los más desgraciados, obras de salvación del hombre marginado, oprimido, enfermo. En su autorretrato, Jesús aparece más cercano a los pobres que a los ricos, más parecido a los humildes del pueblo que a los poderosos de este mundo, más preocupado por los pecadores que por los que se creen justos.

También a nosotros nos asaltan a veces dudas por causa del silencio de Dios ante las guerras, injusticias y atropellos sin límite que sufren tantos hermanos a lo largo y ancho del mundo: ¿qué actitud tenemos que adoptar nosotros? El apóstol Santiago nos recomienda la espera paciente “porque la venida del Señor está cerca”. Hasta cuatro veces aparece en este breve texto que hemos leído la “paciencia” poniendo de ejemplo al labrador que “aguarda el fruto precioso de la tierra”. En los tiempos duros, como los que nos está tocando vivir, la virtud de la paciencia es fundamental. La fe se purifica en la prueba, y la prueba sólo la podemos superar con la paciencia. Pero esto es más fácil decir y recomendar que practicar. Por eso el apóstol insiste: “Hermanos, tomad como modelo de resistencia y paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor”, como ellos soportad los sufrimientos y dificultades de la vida mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo.

El profeta Isaías nos ayuda en este empeño, pues después de entonar cantos de alegría por la transformación de la naturaleza a la vuelta del destierro, los anima a los peregrinos que vuelven a Jerusalén: “Sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Viene en persona y os salvará”. Y les anuncia a los que retornan las señales de su presencia: aquel día “se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo… Quedan atrás la pena y la aflicción”.

Son los dones de la salvación que trae consigo Jesús, serán las obras que lo identificarán como el Mesías. Todas ellas se resumen en ésta: “Y los pobres son evangelizados”. A los pobres les hace, con preferencia, partícipes de la salvación. A los pobres que son injustamente desposeídos de los bienes de este mundo, el Mesías los invita a sentarse, los primeros, a la mesa del Reino. Entre ellos se siente a gusto el Señor, entre los pobres, enfermos y pecadores, gente toda de mala reputación, según la estimación social de la época.  Como esta forma de proceder, puede provocar en algunos un cierto desconcierto, y aun escándalo, Jesús añade: “¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!”, porque me comporto así, porque regalo la misericordia de Dios a los que más la necesitan.

Este es Jesús, el Mesías, cuyo nacimiento nos preparamos a celebrar. Toda la liturgia de este domingo nos invita a alegrarnos por la cercanía del Señor. Es la alegría de la fe que ya ve cumplida la promesa: ¡el Señor viene a nosotros, el Señor está cerca! Abramos las puertas de nuestro corazón y de nuestros hogares para recibirlo en la fe y en la caridad fraterna. Que la alegría exterior, que la fiesta de familia, no nos hagan olvidar el misterio que nos disponemos a celebrar en Navidad: el nacimiento del Hijo de Dios, de aquel que, siendo rico, por nosotros se hizo pobre, para colmarnos de sus riquezas. No hagamos consistir la Navidad en lo que no es: la gran fiesta del consumo, sino en lo que verdaderamente es: la fiesta de la solidaridad de Dios, y nuestra, con los pobres y desamparados de este mundo. Esta es la Navidad del cristiano que cree realmente en lo que sucedió aquella noche de Belén. 

Que el Espíritu Santo, que obró el misterio de la encarnación en el seno de la Virgen Madre, nos conceda la gracia de reconocer y acoger a Cristo en los más necesitados: esta es la celebración de la Navidad que el Señor espera de nosotros.

José Mª de Miguel, osst

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