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  • 29/08/2025

Domingo XXII (C)

Domingo XXII
  • Homilías Ciclo C
Eclo 3,17-20.28-29; Sal 67; Heb 12,18-19.22-24; Lc 14,1.7-14

En el evangelio del domingo pasado terminaba Jesús diciéndonos: «Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos». En el de hoy nos dice: «Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Son pequeñas sentencias del Señor, frases cortas para que nos quedemos con ellas, y las aprendamos de memoria, porque son de gran utilidad para la vida cristiana. Quién más, quién menos, a todos nos cuesta humillarnos, ocupar los últimos lugares, pasar desapercibidos; unos más, otros menos, todos preferimos los primeros puestos, ser alabados y estimados; todos queremos que se nos reconozcan nuestros méritos, que los demás aplaudan lo que hacemos o decimos; todos, en fin, buscamos subir más arriba o por lo menos no quedarnos atrás. Por eso, los personajes que están en la primera fila de la estimación social son los que interesan; por eso sus andanzas y pecados se leen con avidez, quizás con una secreta envidia por la suerte que les ha tocado, por las glorias mundanas de que disfrutan, por los éxitos que cosechan con su dinero, con sus divorcios, con sus escándalos.

La Sagrada Escritura, sin embargo, piensa de otro modo: «Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor. Porque grande es el poder de Señor y es glorificado por los humildes”. La humildad es la virtud cristiana por excelencia, porque es la que mejor define el camino que siguió Jesucristo, el cual «a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos«. Esta es la humildad del Dios grande rebajándose hasta nuestra condición, hasta compartir nuestra vida y muerte. La humildad es también la virtud que mejor refleja el alma de la Virgen María; ella misma canta las grandezas que el Señor ha realizado en ella, «porque ha mirado la humillación de su esclava». Dios resiste a los soberbios y concede su favor a los humildes. Es imposible acercarse a Dios y alcanzar algo de él si no caminamos con humildad en su presencia. Caminar con humildad significa saber reconocer nuestros propios límites, nuestras miserias, nuestra incapacidad para obrar el bien sin la ayuda de la gracia. Caminar con humildad significa ser capaces de pedir perdón cuando pecamos y confesar que todo lo bueno que tenemos o las obras buenas que hacemos, se lo debemos a la infinita bondad de Dios, que por nosotros mismos no somos nada, ya que todo lo hemos recibido de él. La altanería, el orgullo, la vanidad no sirven para nada delante de Dios; antes, al contrario, el que se encumbra a sí mismo, el que pretende y busca grandezas humanas será humillado, pero el que camina humildemente en la presencia del Señor será enaltecido.

En la segunda parte de la parábola, Jesús pone en evidencia otro comportamiento humano bastante habitual: hacer un favor o tener un detalle para que luego nos correspondan con otro. Actuar de forma desinteresada nos cuesta trabajo; casi siempre buscamos alguna recompensa. En la parábola que hemos escuchado, Jesús resalta el valor de la gratuidad frente al interés. Como Dios se comporta de manera absolutamente gratuita con nosotros, así también se nos invita a nosotros a ser desinteresados, a actuar por puro amor, sin esperar recompensa: cuando convides a alguien no pienses en aquellos que podrán devolverte el favor; tú «cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte, te pagarán en la resurrección de los justos”.. Esta palabra del Señor suena a provocación: «dichoso tú, porque no pueden pagarte», porque nosotros precisamente consideramos dichosos y espabilados a los que logran sacar mucha rentabilidad a sus inversiones, a los que ponen su interés por encima de cualquier otra consideración de orden moral. En una sociedad como la nuestra, en la que priva el propio interés, en la que la gente de lo que trata es de sacarle el máximo partido a lo que hace, a lo que presta, a lo que da, el Señor nos invita hoy a la generosidad desinteresada y precisamente con los que no nos pueden corresponder. Es la misma gratuidad que tiene Dios Padre misericordioso con nosotros dándosenos por entero y sin reservas en su Palabra y en el Sacramento de su Amor.

José Mª de Miguel, osst

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