Gen 14,18-20; Sal 109; 1Cor 11,23-26; Lc 9,11-17
Alabad todos al Salvador, alabad a Cristo guía y pastor de su pueblo, porque hoy celebramos la fiesta mayor de la Eucaristía, fiesta de gozo y alabanza a Cristo que pasea por las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades. Pero ¿por qué celebramos esta fiesta al cabo de los días de Pascua? Porque la Iglesia quiere recordar de un modo particular el día de la institución de este Santísimo Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Ese día fue la tarde del Jueves Santo, cuando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos tomó el pan y dijo “esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros” y luego el cáliz con su sangre preciosa derramada para el perdón de los pecados. En aquella memorable Cena anticipó mediante los signos de pan y vino el don de su entrega a la muerte por nosotros, que al día siguiente consumaría en la cruz. Pero lógicamente en las circunstancias del Triduo Pascual de la pasión y muerte del Señor, la Iglesia no podía celebrar solemnemente aquel regalo que nos dejó Jesús de su presencia y de su obra que permanecerá con nosotros a través de los siglos “hasta que vuelva”.
Por eso la Iglesia buscó otro día parar celebrar agradecida esta fiesta del Sacramento de la presencia real y personal de Cristo, una presencia que nos acompaña a lo largo de la vida, para comunicarnos los frutos de su muerte cada vez que participamos con fe en este sacramento, pues, como nos ha dicho el apóstol: “cada vez que coméis de este pan, y bebéis del cáliz, proclamáis, es decir, hacéis presente, la muerte del Señor, hasta que vuelva”.
Esta ofrenda de Cristo en el pan eucarístico aparece prefigurada ya en aquel encuentro de Abrahán con Melquisedec, sacerdote del Dios altísimo, que le ofreció pan y vino, y con estos humildes dones la bendición de Dios Creador del cielo y la tierra. Pero la verdadera anticipación de lo que iba a significar la institución de la Eucaristía en la tarde noche del Jueves Santo, la hizo el propio Jesús en aquel asombroso signo de la multiplicación de los cinco panes y dos peces para alimentar a una muchedumbre de unos cinco mil hombres, que “comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos”.
Eso es la Eucaristía, el desbordamiento de la generosidad de Dios en el don de su Hijo que, por la fuerza del Espíritu Santo, alimenta a los creyentes por todos los rincones de la Tierra; es Jesús mismo el que en la celebración de la Eucaristía, como en aquel signo de la multiplicación de los panes, toma el pan en sus manos, da gracias a Dios por aquel alimento de los pobres, lo bendice y lo da a los apóstoles, es decir, a la Iglesia, para que, por el ministerio de los sacerdotes, lo reparta a las multitudes: “Dadles vosotros de comer”. Y obedeciendo a este mandato, la Iglesia sigue ofreciendo el pan material a los pobres sin pan, y el pan de Cristo a los creyentes que con fe se acercan a recibirlo. Y por eso el día del Corpus, del cuerpo y la sangre de Cristo, es también el día de Caritas, del pan para los pobres.
Entendiendo así lo que Cristo hizo y nos mandó hacer en la noche en que fue entregado, la Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo, instituyó en el siglo XIII esta fiesta para recordar con alegría y agradecimiento el mayor y más grande sacramento que nos dejó Cristo antes de padecer por nosotros y por nuestra salvación, junto con el compromiso de compartir este Pan que es él mismo, con el pan material que Caritas, a través de nosotros, se esfuerza en distribuir a los más necesitados.
Buen Pastor, Pan verdadero, ¡oh, Jesús! Tú que todo lo sabes y puedes, que nos apacientas aquí siendo aún mortales, haznos allí tus comensales, coherederos y compañeros de los santos ciudadanos. Amén, aleluya.
José Mª de Miguel, osst