Nos disponemos a celebrar esta tarde con toda la Iglesia la última cena del Señor como pórtico del Sagrado Triduo Pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Todo comenzó con aquella Cena de despedida de Jesús: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo«. Este amor de Cristo hasta el final de su vida es lo que celebramos esta tarde expresado de manera simbólica en el lavatorio de los pies y en la institución de la Eucaristía; será mañana, Viernes Santo, cuando estos gestos de la Cena de despedida alcanzarán todo su significado en la muerte de Jesús en la cruz.
Seguramente que también a nosotros, como a Pedro, nos resultará sorprendente el gesto de Jesús que, en medio de la Cena, se levanta, se ciñe la toalla y se pone a lavar los pies a los discípulos. De repente, este gesto imprevisto del Maestro quiebra el clima alegre y festivo de aquella Cena. ¡Jesús a los pies de sus discípulos! Es un gesto supremo de entrega, un gesto propio de los esclavos, como la cruz que también era el suplicio reservado a los esclavos. Jesús, el Señor, el que presidía aquella Cena se hace siervo y esclavo de los discípulos. Él lo había dicho muchas veces antes: “el que quiera ser el primero entre vosotros sea vuestro servidor”. Ahora, en el momento final, aquél a quien los discípulos llamaban “el Maestro” y “el Señor”, «y decís bien, porque lo soy», se hace el último, se despoja de su rango y toma la condición de esclavo. En el lavatorio de los pies se expresa el amor sin límites de Jesús por los suyos, amor real, amor que se hace servicio y entrega. Este gesto completa y explica aquel otro que también tuvo lugar en aquella última Cena: «El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Tanto el lavatorio de los pies como la institución de la Eucaristía son la expresión suprema de la entrega de Cristo que habría de consumar luego en la cruz. El pan partido es el cuerpo roto de Cristo en la cruz; el cáliz que Jesús pasa a los discípulos, es el símbolo de la nueva alianza sellada con su sangre. Ahora empieza otro tiempo, ahora, en la sangre de Cristo, se establece el pacto eterno entre Dios y los hombres, un pacto tan sólido que ya nada lo podrá romper.
En la aquella última Cena, Jesucristo se entrega a los suyos en el sacramento del pan y del vino, y lo que significa esta entrega lo expresa de manera clara cuando el Señor se pone a los pies de los discípulos como siervo y esclavo suyo, diciéndoles: «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, también vosotros lo hagáis«.
Este es el testamento que nos dejó Jesús en aquella memorable Cena que esta tarde recordamos: «que os améis mutuamente como yo os he amado«. Él nos amó hasta el límite, hasta entregarse a sí mismo por nosotros a la muerte; esto implica que no podemos celebrar el amor de Cristo por nosotros si no acogemos su mandamiento del amor fraterno, si no nos comprometemos a hacer lo que él nos ha mandado. Este es el testimonio de amor fraterno que tenemos que dar los que hemos conocido y experimentado el amor de Cristo, pues «en esto conocerán todos que sois discípulos míos, en que os amáis los unos a los otros«.
Estos son los dones que Cristo nos entregó en su última Cena: la Eucaristía como sacramento de su amor, como signo de su entrega y de su presencia en medio de nosotros hasta el fin del mundo; el sacerdocio mediante el cual algunos discípulos son llamados para servir a toda la comunidad cristiana en nombre de Cristo, en representación suya; y el mandamiento nuevo del amor fraterno como resumen de todo lo que Jesús nos enseñó y nos mandó, porque donde hay caridad y amor, allí está Dios. Que el Señor nos conceda vivir lo que celebramos esta tarde de la última Cena.
José Mª de Miguel, osst