Si San Juan de Mata fuera maestro, sería uno de esos que inspiran por su sencillez, por su empatía y su vocación de servicio. Su vida, llena de acciones concretas en favor de la liberación de los cautivos, nos permite imaginarlo como un educador cercano y comprometido con sus estudiantes.
Para empezar, San Juan de Mata sería un maestro que prestaría mucha atención a las necesidades individuales de sus alumnos, tanto en el aspecto académico como en el personal. Desde joven, su madre le enseñó a cuidar de los pobres y marginados, llevándolo a hospitales y cárceles para que conociera de cerca sus dificultades., convirtiéndose así en una persona atenta y compasiva. Su visión inclusiva también se reflejaría en su forma de enseñar. San Juan de Mata creía en la igualdad de todas las personas, algo que quedó representado en el mosaico que colocó en el hospital de Santo Tomás in Formis, donde Cristo aparece junto a dos cautivos de distinta raza. Sería uno de esos maestros que no permitiría que ninguno se quedara atrás que apostaría por todos ellos, por formarles y educarles para que fueran realmente libres.
Además, su experiencia como teólogo y profesor en París demuestra que sería un educador con gran conocimiento y pasión por enseñar. Habiendo estudiado bajo la dirección de grandes maestros, sabría transmitir conceptos complejos de manera clara y accesible. Un maestro que es capaz de mostrar de manera fácil una misión tan compleja como la trinitaria, solo hace falta fijarse en el Signum Ordinis y el lema que nos deja: “Gloria a Ti Trinidad y a los cautivos libertad”.
San Juan de Mata también enseñaría con el ejemplo. No se limitó a hablar de valores como la solidaridad y la justicia, sino que dedicó su vida a practicarlos, fundando la Orden de la Santísima Trinidad para rescatar a los cautivos y siendo el mismo el primer emisario presentándose ante el mismísimo rey de Marruecos para empezar su misión. Como maestro, demostraría con sus acciones lo que significa ser generoso, compasivo y justo. Inspiraría a sus estudiantes no solo con sus palabras, sino también con su manera de vivir. Uno de esos maestros que educa con solo su presencia.
La espiritualidad también jugaría un papel importante en su labor educativa. Aunque respetaría las creencias de cada estudiante, los invitaría a reflexionar sobre temas profundos y a buscar un sentido a sus vidas. Su objetivo sería formar personas libres, capaces de enfrentar los desafíos de la vida con fortaleza y sabiduría. Esto incluiría no solo el desarrollo intelectual, sino también el crecimiento emocional y espiritual para desenvolverse en un mundo que no ha parado de cambiar.
También el liderazgo sería una de sus mejores capacidades docentes, un maestro que lidera con la pasión y el servicio a los demás, que no lidera para sí mismo sino para Dios. Como fundador la Orden de la Santísima Trinidad y los cautivos, consiguió extenderla por numerosas regiones, demostró que sabía trabajar en equipo y motivar a otros. Demostrando también, como buen maestro, que todos necesitamos un buen compañero de viaje, como San Félix de Valois, que nos ayude, acompañe y comparta aprendizajes. En el aula, esto se traduciría en su habilidad para guiar a sus estudiantes, ayudándolos a descubrir y desarrollar sus talentos. Les enseñaría que el liderazgo no se trata de imponer, sino de servir y apoyar a los demás.
Si San Juan de Mata fuera maestro, sería un educador de esos que en muchas ocasiones podemos encontrar en las aulas, de los que se desviven especialmente por esos alumnos más vulnerables, por esos alumnos que en muchas ocasiones a lo largo de la historia no se ha prestado tanta atención. Sería un docente de una nueva educación especial, no solo marcada por las necesidades educativas de los alumnos, sino por la necesidad de ser realmente libres para liberar.
Haciendo referencia y parafraseando al papa Francisco, sería uno de esos docentes que se dedican a hacer el lío, que no tiene miedo de salir al encuentro de los jóvenes y que por supuesto crearía escuelas donde verdaderamente cabemos todos.
Rafael J. Molina Ropero