“…Los laicos trinitarios, como miembros de la Iglesia, estamos llamados, en los diversos estados de vida, a ser testigos y artífices del amor, de la acogida, de la unión, de la corresponsabilidad y del diálogo que existen en el corazón de la Trinidad…”
El carisma es un regalo de Dios y no se sabe la razón que le mueve a darlos, pues Él distribuye
a cada uno sus dones, según su voluntad (1 Cor. 12, 1 1).
Dios se fijó en mí y me otorgó no solo un carisma, sino el carisma Trinitario y lo recibí para ponerlo al servicio de los demás. En esta gran Familia todos, por igual, sin rango ni distinciones hemos sido llamados, hemos recibido el mismo carisma y tenemos una misma vocación, que cada uno desarrollamos desde nuestra condición, nadie es mas o mejor que otro, trabajamos en la misma misión y debemos descubrir la forma de hacerlo en total equidad y convencernos de que así puede y debe ser.
No somos pocos, estamos viejos, faltos de vocaciones o acabados…,últimamente escucho estas palabras con mucha frecuencia. Y todo lo contrario, somos muchos los que vivimos nuestra vida Trinitaria cada día y queremos compartir la misión asumiendo responsabilidades, aportando ideas, dando nuestro tiempo y trabajo , desgastando nuestras vidas al servicio del Reino, al estilo de Jesús, siendo así guías y luz también para otros. Solo es cuestión de confianza, de que somos capaces y podemos hacerlo porque para esto hemos sido elegidos.
Considero que hay que ser valientes para asumir nuevos retos, planes que Dios nos pone delante de nuestros ojos pero que no vemos porque estamos ocupados con tantas otras mil cosas a veces sin sentido, cosas que nos hacen olvidar para lo que nacimos.
Nos quejamos de que no podemos hacer más de lo que tenemos o más bien de lo que queremos, porque hacemos lo que nos gusta, donde nos sentimos cómodos y a ser posible sin salir de nuestra famosa «zona de confort» y no nos damos cuenta de que estamos olvidando lo esencial, aquello para lo que verdaderamente fuimos llamados, aquello por lo que nos enamoramos de este carisma y no de otro, aquello para lo que Dios me eligió a mí y no a él o a ella.
Pero para eso hay que dejar los miedos y dejar de mirar al otro con recelo y desconfianza. Hay que dejar de ser «dueños» de lo que consideramos «nuestro» y empezar a tomar en cuenta a las personas que tengo a mi lado ,empezar a compartir con aquellas que viven y sienten lo mismo que yo, y que al igual que yo, han hecho una opción de vida y así lo han expresado públicamente.
Hay que «dejar hacer» aunque nos equivoquemos, hay que intentarlo aunque se fracase, una y otra vez, porque todo lo que podamos hacer habrá merecido la pena, salga bien o mal.
En nuestra provincia, religiosos y laicos, debemos trabajar codo con codo, por igual, sin jerarquías, unidos en una misma misión redentora. Seamos capaces de ir más allá, de llegar hasta el fondo cuando se nos presentan las oportunidades de estar al servicio de los más desfavorecidos, de los pobres, de los inmigrantes, de las personas privadas de libertad, de los cristianos que son perseguidos por su fe y de tantas otras realidades…pero hagámoslo no como cualquier cristiano, hagámoslo con nuestra propia marca, como trinitarios y trinitarias.
No dejemos nuestros sueños y proyectos en nuestra mente o en el escritorio del ordenador. No demos un paso atrás por falta de recursos o de medios técnicos o personales. Seamos capaces de analizar la situación actual, de tratarnos de tú a tú como hermanos de vida y de lograr juntos, ser verdadera Casa de La Trinidad guiados por el Espíritu.
Belén Galera Ortega
Laicado Trinitario de Granada