Estamos en el tiempo de Pascua; el tiempo más hermoso de todo el año, porque estos son los domingos en que celebramos especialmente la Resurrección del Señor. Celebramos, pues, la Vida que Cristo nos alcanzó con su Muerte y Resurrección. Este es el misterio pascual, centro y meta de nuestra fe, de todo lo que somos y esperamos. La Pascua de Jesucristo, su paso a la gloria del Padre, es el comienzo y la garantía de los cielos nuevos y la tierra nueva, de que habla del libro del Apocalipsis. Jesucristo inauguró este mundo nuevo con su resurrección; él nos precedió para que donde está él vayamos todos nosotros. Pues, ¿quién no anhela -desde el fondo de su corazón- un mundo mejor, un mundo sin injusticias, sin guerras, en fraternidad, en libertad y en paz? Todos tenemos experiencia del mal, del pecado; pero Dios nos ha prometido un mundo diferente en el que “ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor”. Esta es la promesa que Dios nos pone delante, este el universo nuevo que Dios nos tiene reservado cuando entremos en su morada y él acampe en medio de su pueblo. Entonces, Dios hará todas las cosas nuevas, el mundo viejo, el mundo de la injusticia y de la maldad, habrá pasado, no permanecerá. Así lo manifestó el Papa León XIV nada más ser elegido ante la multitud reunida en la Plaza de San Pedro: “Dios nos ama, Dios os ama a todos y el mal no prevalecerá. Todos estamos en las manos de Dios”. A nosotros, pueblo suyo, nos tiene reservado el cielo nuevo y la tierra nueva.
Este es el horizonte amplio, inmenso, lleno de esperanza y de gozo, que Cristo nos abrió con su resurrección que conduce a la vida eterna, a la morada de Dios. Pero para llegar aquí, Pablo y Bernabé nos exhortan y animan también a nosotros a «perseverar en la fe«, y nos dicen, como a aquellos primeros discípulos, que «hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios«. El camino que lleva al Reino, como ya lo había recordado Jesús, es estrecho, la senda es dificultosa, porque es más fácil seguir el mal, que hacer el bien; es más fácil mentir y engañar que decir la verdad y ser sinceros; es más fácil odiar que amar. Los medios de comunicación, la opinión pública aplaude mucho más el vicio que la virtud. Por eso, perseverar en la fe y seguir el camino del Reino de Dios, es decir, el camino del Evangelio, es una tarea complicada; exige esfuerzo, exige sacrificios, que pocos están dispuestos a soportar. Es mucho más cómodo dejarse llevar por la corriente. Pero esta corriente, en muchos casos, lleva dirección contraria al Evangelio y, por eso mismo, no puede conducir al Reino. Tenemos, pues, que estar atentos a la dirección que seguimos, a la orientación que damos a nuestra vida, porque no todos los caminos conducen al Reino, no todos llevan a la morada de Dios, a la Jerusalén del cielo.
Antes de partir de este mundo al Padre, Jesús nos indicó el camino real que debemos seguir si queremos ir donde está él, donde él nos precedió; si queremos alcanzar los cielos nuevos y la tierra nueva debemos acoger y practicar su mandamiento nuevo: «que os améis unos a otros como yo os he amado«. En estas breves palabras resume Jesús, al final de su vida, todo lo que nos enseñó y mandó. El amor fraterno como tarea principal, como signo de distinción de sus discípulos: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” No es nada fácil de cumplir este mandamiento; más bien tenemos experiencia de lo contrario: espontáneamente tendemos a ser severos con el prójimo, a juzgarlo despiadadamente, a condenarlo en cuanto tenemos ocasión. Los discípulos de Jesús, más que amarnos mutuamente, nos maltratamos, estamos divididos y enfrentados; a veces, hasta nos odiamos. ¿Cómo podemos, pues, ser testigos de Jesús? ¿Cómo podrán creer en Cristo los que observen en muchos discípulos de Jesús su falta de amor fraterno, nuestra despreocupación por el prójimo, nuestros recelos mutuos, nuestros enfrentamientos? ¿Dónde queda esa ‘señal’ que dijo Jesús era el distintivo de los suyos?
«Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios«, decían Pablo y Bernabé a los primeros cristianos; y nosotros, siguiendo el mandato nuevo de Jesús, podemos decir: hay que amar mucho, sinceramente, sin condiciones, como Cristo nos amó, para entrar en el Reino. Que Él nos conceda este don, este gran don del amor fraterno, por la celebración de la Eucaristía, pues es aquí donde nuestro amor se enciende al contacto con el amor de Cristo que dio su vida por nosotros.
José Mª de Miguel, osst