La Iglesia se alegra hoy por la beatificación de Don Alfonso Navarrete Crespo (1877–1936), sacerdote y mártir, cuyo testimonio de fe y fidelidad hasta la muerte sigue iluminando a la Iglesia y, de un modo especial, a la Familia Trinitaria, a la que estuvo profundamente unido a lo largo de su vida.
Alfonso nació el 21 de noviembre de 1877 en Villanueva del Arzobispo (Jaén), en una familia sencilla y creyente. Cuando era todavía un niño, la llegada de los frailes trinitarios a su pueblo, con la fundación del convento en el Santuario de la Virgen de la Fuensanta, marcó decisivamente su vida. Aquel contacto cercano con los religiosos despertó en él una llamada clara a la vida consagrada.
Con solo quince años ingresó en el noviciado trinitario en Alcázar de San Juan, donde tomó el hábito en 1893 y recibió el nombre de fray Alfonso de Santa Ana. Profesó solemnemente en la Orden y fue ordenado sacerdote en 1901. Durante estos años, su vida quedó profundamente configurada por el carisma trinitario: la centralidad de la Santísima Trinidad, la vida fraterna y la entrega generosa al servicio de los más necesitados.
Sin embargo, su camino vocacional no estuvo exento de dificultad. La situación de pobreza y el desamparo de su madre viuda lo obligaron, con gran dolor interior, a abandonar la vida religiosa. Aunque posteriormente intentó regresar a la Orden, las circunstancias familiares terminaron conduciéndolo definitivamente al clero diocesano de Jaén. Esta salida, forzada y sufrida, no borró en él la huella trinitaria, que siguió marcando su identidad sacerdotal y espiritual.
Como sacerdote diocesano, don Alfonso destacó por su vida humilde y entregada. En Villanueva del Arzobispo fundó una pequeña escuela para niños pobres, convencido de que la educación era un camino de dignificación humana y cristiana. Más tarde fue destinado a Albanchez de Mágina, donde ejerció su ministerio con sencillez, cercanía y profunda vida de oración.
El estallido de la Guerra Civil española lo sorprendió en este pequeño pueblo. A pesar de las amenazas, prohibiciones y encarcelamientos, permaneció fiel a su vocación sacerdotal. Celebró su última misa, protegió el Santísimo Sacramento y afrontó la persecución con una actitud de fe serena, oración constante y perdón sincero. Sus compañeros de prisión lo recuerdan rezando, invocando con especial devoción a la Virgen de la Fuensanta.
En la madrugada del 11 de septiembre de 1936, fue llevado al martirio. Antes de morir pronunció unas palabras que resumen su vida: «Llegó mi hora, como le llegó al Nazareno. Vamos». Murió perdonando y bendiciendo, dando así el testimonio supremo de amor y fidelidad a Cristo.
La Orden Trinitaria lo reconoce hoy con gratitud como uno de los suyos. Aunque las circunstancias lo alejaron jurídicamente de la vida religiosa, su corazón nunca dejó de pertenecer a la Casa de la Santísima Trinidad. Como recordó el P. Provincial, “fue fiel, hasta su muerte, a la Santísima Trinidad”.
La beatificación del Beato Alfonso Navarrete Crespo es un motivo de acción de gracias y una llamada para todos: a vivir la vocación con fidelidad, a no temer los caminos difíciles y a confiar en que Dios conduce siempre la historia personal hacia la plenitud. Su vida y su martirio siguen hablando hoy a la Iglesia y a la Familia Trinitaria como un testimonio luminoso de fe vivida hasta el final.
Beato Alfonso Navarrete Crespo, ruega por nosotros.