Hoy la Familia Trinitaria celebra el Dulce Nombre de María, y lo hace con un motivo que va más allá de la devoción común a la Virgen: esta fiesta es, en buena parte, obra suya. Fueron los Trinitarios quienes la llevaron desde un rincón de Castilla hasta el calendario de toda la Iglesia, y ese recorrido sigue diciendo algo sobre quiénes somos.
La historia empieza con san Simón de Rojas, el fraile trinitario que hizo del saludo «Ave María» su manera de estar en el mundo. Lo repetía al comenzar cada sermón, cada carta, cada conversación, hasta el punto de que se le conocía como «el padre Ave María». Para él, honrar el nombre de María no era un gesto piadoso más: era reconocer en ella a la Madre que acompaña a los pobres, los presos y los descartados, los mismos a quienes la Orden Trinitaria había nacido para servir. No es casualidad que, junto a la devoción, san Simón fundara el comedor del Ave María, una obra social que todavía hoy sigue en pie: en su vida, nombrar a María y darle de comer al hambriento eran parte de un mismo gesto.
Gracias a su empeño, en 1622 los Trinitarios de Castilla obtuvieron licencia para celebrar esta fiesta. Dieciocho años más tarde, en 1640, el papa Urbano VIII la concedió a toda la Orden. Y en 1683 llegó su momento más universal: el papa Inocencio XI —terciario trinitario— la extendió a la Iglesia entera, en acción de gracias por la liberación de Viena frente al avance otomano. Una devoción nacida en un convento castellano terminaba marcando el calendario litúrgico de todo el mundo cristiano.
Casi cuatrocientos años después, la Orden sigue guardando esta fecha como Memoria Obligatoria, incluso en los periodos en que desapareció del calendario universal. Esa fidelidad no es simple costumbre: es memoria de origen. Cada vez que la Familia Trinitaria —religiosos, laicos, y quienes hoy sostienen su misión a través de iniciativas como Sovvenire— pronuncia el nombre de María, está repitiendo el mismo gesto de san Simón: poner a la Madre del Redentor al lado de quienes esperan ser liberados, sea de la esclavitud, de la pobreza o del olvido.
El Evangelio de la Anunciación (Lc 1, 26-38), que la liturgia propone para este día, recuerda que María dijo «sí» a un proyecto que no era el suyo, sino el de Dios. Ese mismo «sí» está en el corazón del carisma trinitario: la disponibilidad para que la obra de la redención se haga carne en la entrega concreta a los demás.
Por eso, cuando hoy la Familia Trinitaria celebra el Dulce Nombre de María, no conmemora solo una fecha del santoral: renueva el vínculo entre su devoción mariana y su misión redentora, el mismo que un fraile del siglo XVII resumió en dos palabras que nunca dejó de repetir: «Ave María».