Hoy, 8 de octubre, la Familia Trinitaria se une en gozo y oración para celebrar a su patrona, la Virgen del Buen Remedio, figura entrañable que desde los orígenes de la Orden de la Santísima Trinidad ha sido modelo, amparo y guía en el camino de la misericordia y la redención.
Los religiosos trinitarios, llamados a honrar a la Santísima Trinidad, promover su devoción y ejercer las obras de misericordia en favor de los necesitados, han visto siempre en María a la mujer elegida por Dios para ser el sagrario de la Augusta Trinidad. Así lo expresó el Papa San Juan XXIII al reconocer en ella a la Madre que “cura los males de cuantos recurren a ella con confianza” y cuya devoción “se ha mantenido floreciente a través de los siglos”.
María, sagrario de la Augusta Trinidad
María es el lugar donde la Trinidad divina manifestó su amor de modo incomparable.
El Padre la eligió y predestinó desde toda la eternidad; el Hijo, el Verbo eterno, se encarnó en su seno virginal; y el Espíritu Santo la cubrió con su sombra, fecundándola con su poder.
En ella habita Dios mismo, y por eso la Iglesia proclama: “Toda lengua te alabe, Madre de Dios, esposa del Espíritu Santo e Hija amadísima del Padre”.
Esta unión tan íntima con el misterio trinitario convierte a María en la primera portadora del remedio divino: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre para sanar las heridas del pecado y liberar al ser humano de toda esclavitud.
Madre del Buen Remedio
El título con que los trinitarios veneran a María —Madre del Buen Remedio— expresa maravillosamente su relación con nosotros.
¿Y quién es el remedio del hombre sino Cristo mismo? Él es la salud, la salvación, el alivio de todo mal. María, al darnos a su Hijo, nos ha dado el buen remedio que restaura la esperanza, cura las heridas del alma y abre caminos de redención.
Pero la Virgen no se detuvo en el gesto de ofrecer al mundo al Redentor. En su vida terrena y en la historia de la Iglesia ha estado siempre atenta a las necesidades de sus hijos, intercediendo por ellos como en Caná de Galilea, donde con su súplica adelantó la hora de la manifestación de Jesús.
Así también ha estado junto a la Orden Trinitaria, alentando su misión de redención de cautivos y de servicio a los oprimidos. Su “buen remedio” no es solo consuelo espiritual: es impulso de justicia, libertad y misericordia.
María, inspiración de nuestra misión trinitaria
Celebrar hoy a la Virgen del Buen Remedio es renovar nuestro compromiso con la liberación de toda forma de esclavitud (cf. Lc 1,79). Ella nos da lo que tiene —a su Hijo, el buen remedio— para que nosotros lo llevemos a los hermanos que sufren la injusticia, la pobreza, la enfermedad o el cautiverio interior del pecado.
Como en Caná, María nos recuerda: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Y lo que Cristo nos dice es claro: “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos y la libertad a los oprimidos” (Lc 4,18-19).
Antes de que estas palabras se cumplieran plenamente en la cruz, María las había cantado proféticamente en el Magníficat, proclamando las maravillas del Señor que exalta a los humildes y sacia de bienes a los hambrientos. Ella, la Madre del Buen Remedio, sigue hoy poniéndose al lado de los pobres, los perseguidos y los cautivos, para ofrecerles la salud, la salvación y la libertad que brotan de Cristo Redentor.
Hoy, al celebrar a Nuestra Señora del Buen Remedio, damos gracias por su presencia maternal en la vida de la Familia Trinitaria.
Bajo su amparo, renovamos nuestra vocación de servidores de la Trinidad en la persona de los pobres y cautivos, y pedimos que nos alcance la gracia de ser portadores del “buen remedio” de su Hijo en un mundo que sigue necesitando redención, consuelo y esperanza.
Virgen del Buen Remedio, Madre de los redimidos,
enséñanos a mirar con tus ojos de compasión
y a llevar al mundo el remedio de Cristo,
fuente de libertad y salvación. Amén.