DOMINGO VII TIEMPO ORDINARIO

Evangelio según san Mateo (5,38-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

HOMILIA- I

Amad a vuestros enemigos

Exégesis: Mateo 5, 38-48.

En un marco solemne, Jesús ofrece a sus seguidores una especie de manual básico del discipulado. Les explica cómo deben inter-pretar la ley de Moisés. El pasado domingo proclamamos las cuatro primeras antítesis, hoy meditamos la quinta y la sexta. La quinta antítesis recoge la ley del Talión: «Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadu-ra, herida por herida, cardenal por cardenal» (Ex 21, 24-25). Esta ley buscaba evitar una venganza desmedida y establecer una justa proporción entre la culpa y el castigo. Jesús quiere responder al mal con la fuerza del bien, romper la dinámica de la venganza. No es un acto de cobardía, sino de coraje: Desarmar la violencia con la paz.

«Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo». Para el judío, prójimo era el de la propia religión. Jesús considera prójimo también al enemigo: pide que se le ame y que se ore por él. Amar al enemigo no significa. «sentir» por él lo mismo que se siente por un amigo o por una persona querida. El amor que propone Jesús no entra en el ámbito del sentimiento, sino de la acción. Significa hacerle el bien y renunciar a cualquier acción que pueda causarle daño.

«Sed perfectos...». Lucas dice «sed misericordiosos»: significa lo mismo. Para Mateo, en ambiente judío, la perfección equivale a imitar la forma de actuar de Dios. Lucas, en ambiente pagano, presenta la misericordia como rasgo fundamental del actuar de Dios que deben manifestar sus hijos, mostrando cómo es el corazón de Dios. Por tanto «ser perfectos» o «misericordiosos», no significa no tener defectos, sino renunciar a la venganza, amar sin distinción, perdonar.

Comentario

Jesús no pide algo inalcanzable. Dice a sus discípulos que tomen como medida de su actuar, no la letra de la ley, sino el actuar de Dios. Un Dios que ha amado primero, que es bueno con todos, que da sin medida, que trata a todos por igual.

¿Cómo actúa Dios? «Hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos». Recompensa las acciones realizadas en lo secreto; Dios perdona, se preocupa de nuestras necesidades; da cosas buenas a los que se las piden. Su mayor alegría es invitarnos a un banquete. Es inútil pensar en limitaciones para vivir una vida suficientemente buena cuando se está frente a un Dios así. Dios nos lo da todo, y cuando fallamos, continúa perdonándonos y nos sigue dando.

Jesús rompió el círculo infernal del «diente por diente», que envenena y destruye las relaciones humanas. Advierte que la ven-ganza no tiene ningún sentido positivo para los hijos del Reino. Deben renunciar a ella en beneficio de los hermanos. El mal sólo se puede vencer con el bien. En la misma línea está el «amor a los enemigos». El Padre es el espejo donde mirarse: hace salir el sol y envía la lluvia a buenos y malos. Este amor a los enemigos sólo resulta posible desde la dinámica del Reino. Sólo puede practicarse mirando al Padre y comprobando el comportamiento de Jesús en la Cruz: «No saben lo que hacen».

Este precepto no es una táctica de un luchador, ni la magnani-midad del vencedor, ni la resignación de un vencido, ni la lucidez de un sabio. El presupuesto es que el Reino de Dios ha llegado y el hombre debe darle respuestas. No se trata de realismos, ni de táctica, sino saber si la experiencia de la gracia es tan fecunda que el hombre puede liberarse en dirección a ese amor.

                                                                                            Manuel Sendín, O.SS.T.

HOMILIA- II

Para ser hijos de Dios

¿Qué pensamiento nos ha venido a la mente al escuchar las palabras de Jesús en el evangelio que acabamos de leer? Porque ciertamente no nos han podido dejar indiferentes si las hemos escuchado con atención. ¡Están tan lejos de nuestra manera de pensar y de actuar que forzosamente nos habrán descolocado! Sería una buena señal si han producido en nosotros una cierta incomodidad espiritual.

1. El amor al prójimo, según Moisés
“No odiarás de corazón a tu hermano… No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estas palabras de Moisés constituyen la cima más alta del AT por lo que al deber de amar al prójimo se refiere. Pero en ellas salta a la vista un detalle: el hombre al que no se debe odiar, ni guardar rencor; el hombre al que hay que amar es –en el texto que comentamos- un hermano, pariente, uno de la misma tribu o raza. El prójimo, para Moisés, es todavía uno de casa, de la misma carne y sangre, del mismo pueblo de Dios, de la misma religión. Es necesario resaltar este dato para comprender mejor la novedad de las palabras de Jesús con las que concluye la primera parte del Sermón de la montaña que venimos leyendo y comentando desde hace cuatro domingos.

2. La nueva moral de Cristo
Al comienzo del fragmento evangélico que hemos leído, Jesús confronta su propuesta de comportamiento con el prójimo con el modelo antiguo, según el cual el que la hace la paga, con la moral del ojo por ojo y diente por diente; es el comportamiento que responde al instinto de venganza más que al imperio de la justicia; un comportamiento que siempre nos acecha y reaparece cada vez que se pide la pena de muerte después de un atentado o de un horrible crimen con impacto mediático; es la vieja moral de los que piensan que el delincuente es irrecuperable. Por eso el texto evangélico de hoy suena como una provocación: es un reto que nos lanza Jesús para despertarnos de nuestro letargo religioso, para purificar nuestra fe, para centrar nuestra atención religiosa sobre lo verdaderamente importante. “No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra”. En la lógica humana esto es una estupidez, propia de gente cobarde y apocada; en la lógica de Cristo, en cambio, es una provocación; particularmente es una provocación para los cristianos de larga historia, de vieja tradición; para los cristianos que no están dispuestos a tolerar ninguna ofensa, que responden a la injuria con una injuria mayor, que dicen que perdonan pero no olvidan.

3. El amor más grande
¿Qué quiere decirnos Jesús con estas palabras, que suenan como un desafío a nuestro modo de ver y juzgar tan condicionado por lo que vemos y oímos a través de los medios de comunicación? Si el domingo pasado nos invitaba el Señor a no quedarnos en el mero enunciado negativo del “no matarás” o “no cometerás adulterio”, hoy nos enseña que tenemos que ir más lejos de lo que fue Moisés al proclamar el mandamiento del amor al prójimo. Jesús nos señala en qué consiste la cumbre del amor en cuanto renuncia a la venganza y al uso de la violencia como respuesta a la violencia que hemos padecido. Y lo hace con estos tres imperativos, que son todo un programa de vida y de comportamiento auténticamente cristianos: “Amad a vuestros enemigos”. “Haced el bien a los que os aborrecen”. “Rezad por los que os persiguen y calumnian”. Pero ¿quién puede cumplir esto? Si ya nos cuesta trabajo a veces amar al prójimo de casa, de la familia, de la escalera o del trabajo, ¡cuánto más difícil no será amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos aborrecen, y rezar por los que nos desprecian y atacan! Y, sin embargo, Jesús, que no está pendiente de la opinión pública, nos confrontan con nuestros pequeños intereses: “Porque si amáis sólo a los que os aman, ¿qué premio tendréis? … Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos?”. La singularidad del amor cristiano, su característica más deslumbrante está precisamente aquí: en la extensión del amor a los que no nos aman, más aún, a los que nos odian. Es el amor en su más pura esencia: que se da sin esperar recompensa, sin hacer distinciones, sin hacer cálculos de conveniencia o de oportunidad. El amor a los enemigos es la definición del amor puro, es decir, del amor incontaminado sin sombra de egoísmo. Claro que éstas serían sólo palabras bonitas si no respondieran a hechos, actitudes y comportamientos concretos. Jesús nos enseñó el amor a los enemigos mientras pronunciaba aquel incomparable Sermón de la montaña, pero sobre todo, puso en práctica este amor desde la cátedra de la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Es la realización del amor perfecto que han practicado después de él sus mejores discípulos, los mártires, comenzando por el primero de ellos, san Esteban, que mientras lo mataban a pedradas, oraba diciendo: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Para inculcarnos la importancia del amor a los enemigos, Jesús se remite por dos veces al comportamiento de Dios mismo: si cumplís este mandamiento mío, “seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda su lluvia a justos e injustos”. Dios ama a los hombres, aunque los hombres respondan con indiferencia, con blasfemias, con incredulidad. Su amor misericordioso no tiene fronteras, abraza tanto a los hijos buenos para colmarlos de sus bendiciones, como a los hijos rebeldes para hacerlos volver a la casa paterna. Con esta invocación del comportamiento del Padre, Jesús nos quiere decir: vuestro modo de proceder, si sois hijos de Dios, no puede ser diferente. La meta es alta: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

La perfección del amor a la que el Señor nos llama, no consiste en devolver bien por bien, sino en ser capaces de amar a los que no nos aman y nos ofenden, de perdonar a los que nos maltratan, de ayudar a los que nos odian y persiguen. Así se comporta el Padre, y así deben comportarse los hijos de tal Padre. Como esto es algo que supera nuestras fuerzas, tenemos que acudir continuamente al Señor: que Dios “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”, nos conceda la gracia de amar a todos los hombres, a los amigos y a los enemigos, como él mismo nos ama, así seremos “hijos de nuestro Padre que está en el cielo”. El Dios santo, el Dios perfecto, el Dios amor, a cuya imagen ha sido creado el hombre, exige, para ser como él, no odiar, no vengarse, no aborrecer, amar a los enemigos. Es la santidad a la que estamos llamados para entrar en comunión con Dios. Transformar el odio en amor es la cumbre de la perfección evangélica.

                                                                        José María de Miguel González, O.SS.T.
 

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