DOMINGO DE RAMOS

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 

C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
C. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
C. Él contestó:
+ «Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: "El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos."»
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. «¿Soy yo acaso, Señor?»
C. Él respondió:
+ «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.»
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?»
C. Él respondió:
+ «Tú lo has dicho.»
C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo.»
C.. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
+ «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.»
C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño." Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»
C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»
C. Jesús le dijo:
+ «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.»
C . Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. »
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.
C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»
C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:
+ «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»
C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.»
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.»
C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ése es; detenedlo.»
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!»
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?»
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.»
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.»
C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron:
S. «Éste ha dicho: "Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días."»
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»
C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.»
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»
C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte.»
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú andabas con Jesús el Galileo.»
C. Él lo negó delante de todos, diciendo:
S. «No sé qué quieres decir.»
C. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Éste andaba con Jesús el Nazareno.»
C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre.»
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
S. «No conozco a ese hombre.»
C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
S. «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»
C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»
C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.»
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.» Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?»
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?»
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás.»
C. Pilato les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
C. Contestaron todos:
S. «Que lo crucifiquen.»
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?»
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Que lo crucifiquen!»
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:
S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
C. Y el pueblo entero contestó:
S. «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía; lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
S. «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:
S. «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»
C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
+ «Elí, Elí, lamá sabaktaní.»
C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
S. «A Elías llama éste.»
C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían:
S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa
C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Realmente éste era Hijo de Dios.»
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: "A los tres días resucitaré." Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos." La última impostura sería peor que la primera.»
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia. Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.»
C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

HOMILIA- I

El grito de Jesús en la cruz

Después de la conmemoración de la entrada solemne y festiva de Jesús en Jerusalén, en la que fue aclamado por la multitud como el Mesías de Dios, como el que viene en nombre del Señor, enseguida la liturgia de la palabra nos introduce en la dramática conclusión de aquel día. La misma multitud que hoy lo victorea, el viernes pedirá su cabeza. Jesús entra triunfante en Jerusalén para acabar en la cruz. La fiesta de hoy anuncia ya el drama del Viernes Santo.

1. Se despojó de su rango
En el himno de la carta a los filipenses se dice que “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte”. La prueba más fehaciente de este sometimiento a la muerte, ‘y una muerte de cruz’, es la impresionante narración de la pasión que acabamos de escuchar. Nos vamos a fijar solamente en tres escenas. Cristo se despoja de su categoría de Dios en la oración del huerto. Dice San Lucas que Jesús “en medio de la angustia oraba con más insistencia. Y le bajaban el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo”. No se puede describir con menos palabras el drama íntimo de Jesús a las puertas de la muerte. Todo su ser se estremece: siente terror, angustia, tristeza. Su condición humana, ‘pasando por uno de tantos’, se ve aquí bien reflejada: la muerte no le deja indiferente, ni tampoco el sufrimiento, pero sobre todo le conmueve profundamente la suprema injusticia que se va a cometer contra él al condenarle a muerte, la traición de uno de los Doce, la triple negación de Pedro, la desbandada de todos sus discípulos. Por eso, apela a su Padre con total entrega y confianza: “Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz”, el cáliz de la pasión, el cáliz de la sangre derramada a la que él mismo había hecho referencia en la institución de la Eucaristía. Pero junto con la ardiente y filial petición, va la sumisión más absoluta: “Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres”. Él ha sido enviado para hacer la voluntad del Padre que no es otra que la obra de nuestra salvación, y aunque le cueste dolor y lágrimas, Jesús se somete enteramente y de buen grado, por amor al Padre y por amor a los que el Padre ama, a nosotros, por nuestro amor murió el Señor. Pero la voluntad del Padre sólo la podemos cumplir si permanecemos vigilantes en la oración. Los discípulos huyeron y Pedro le negó tres veces, porque no fueron capaces de resistir con él orando en el Huerto de los Olivos: “Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil”.

2. No oculté el rostro a insultos y salivazos
La segunda escena de la pasión en la que se nos pinta con colores vivos la humillación de aquel que era de condición divina, pero que por nosotros “tomó la condición de esclavo”, es el doble juicio: ante el sumo sacerdote y ante Pilato. En ambos Jesús permanece en silencio; sólo cuando le preguntan directamente por él, por su identidad, responde. Así cuando el sumo sacerdote le hace la pregunta decisiva: “Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”, Jesús contestó: “Tú lo has dicho”. Y lo mismo cuando Pilato le pregunta: “¿Eres tú el rey de los judíos?”, respondió Jesús: “Tú lo dices”. A todas las demás falsas acusaciones Jesús no respondió nada ni se defendió. Pero la farsa de ambos juicios termina con una cruel escena de tortura. En casa del sumo sacerdote, “le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo: Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado”. Era el castigo al que se declaraba Mesías e Hijo de Dios. Pero en casa de Pilato no le fue mejor a Jesús. El pusilánime gobernador, que repite una y otra vez que no ha encontrado ninguna culpa digna de castigo en Jesús, sin embargo para complacer a la multitud que pedía sangre le promete que le dará un castigo y lo soltará. Pero como esto no les parecía suficiente y aumentaba el griterío, Pilato “después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran”.

3. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
La última escena de la pasión tiene lugar en el Calvario. Jesús apenas puede llegar hasta esta colina de la ejecución situada fuera de la ciudad; tienen que echar mano de un labrador que pasaba por allí para que le ayudara a llevar la cruz. Y al término de la vía dolorosa está la terrible escena de la crucifixión con el sonido sordo de los clavos atravesando las manos y los pies de Jesús. No somos capaces de imaginarnos el intenso dolor que sufrió Jesús al taladrar sus manos y los pies aquellos hierros, ni el dolor mayor al ser elevado en la cruz y pender su cuerpo de ella. Jesús quiso apurar el cáliz del dolor, no aceptó el vinagre que le ofrecían los soldados a modo de calmante. Pero si el sufrimiento físico fue intensísimo, no menor tuvo que ser el sufrimiento moral: lo habían despojado de sus vestiduras, estaba desnudo, y los sumos sacerdotes le injuriaban echándole en cara su fracaso: si es el Mesías que baje de la cruz, “a otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?”. La muerte, la injusticia, la maldad sólo podía ser vencida desde dentro, por eso murió el Inocente en lugar del culpable. “A medio día Jesús gritó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Es el grito de Dios ante la muerte que le infiere su criatura. Es un grito de amor y de denuncia, desvela el amor incomprensible de Dios y la maldad del hombre capaz de crucificar el Hijo de Dios.

Pero la cruz no es la última palabra, porque Dios no ha abandonado a su Hijo. Jesús entra en Jerusalén para morir y resucitar. Y nos invita a nosotros a recorrer el mismo camino en esta Semana Santa. Es lo que hemos pedido en la oración: “que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio y que un día participemos en su resurrección gloriosa”. Para eso celebramos esta Eucaristía en el Domingo de Ramos.
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                                                                    José María de Miguel González, O.SS.T.

HOMILIA- II

Hay que escuchar la Pasión, no como espectadores, sino como protagonistas. Unos dudan, otros niegan, unos traicionan, otros son indiferentes. Hay políticos y hay pueblo... También creyentes: los discípulos, la Madre.

Este año leemos la Pasión de San Mateo que esencialmente es la Pasión de Marcos. Sigue fielmente sus acontecimientos, con el mismo orden e iguales personajes. Su singularidad es: introducir un conjunto de tradiciones propias, incorporando la decisiva participación de los judíos en ella para resaltar su culpabilidad en la muerte de Jesús. Mateo interpreta los hechos históricos desde la Iglesia de su tiempo que en aquel momento se encontraba enfrentada con la comunidad judía.

«Os lo quitarán y se lo darán a un pueblo que dé los frutos de-bidos» (Mt 21, 43). Es una añadidura que constituye el versículo clave de nuestro evangelio: por no haber dado los frutos deseados, a los judíos se les ha quitado el reino, junto con las promesas heredadas que han pasado al nuevo pueblo de Dios. «Sobre esta piedra construiré mi Iglesia» (Mt 16,18). En lugar de acoger al Mesías como hizo Pedro, representante de la Comunidad Cristiana, las autoridades judías, con el sumo sacerdote a la cabeza, han rechazado a Jesús de forma oficial, y junto con su pueblo lo han perseguido y querido aniquilar. Incluso actúan como los máximos representantes y responsables de su muerte ignominiosa.

Ese rechazo de los judíos aparece dramáticamente en el proceso de Jesús ante Pilato. El Evangelista recalca con toda intención que el gobernador romano reconoce la inocencia del reo presentado y se lava las manos de forma ostensible, no haciéndose responsable de su muerte: «No soy responsable de la muerte de este inocente» (27, 24). Hasta el pueblo entero contesta con ira a las objeciones de Pilato: «Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos».

Incluso Pilato, el gobernador, y su mujer tienen conciencia de que es inocente; sin embargo, los sumos sacerdotes y la gente que los acompaña piden con insistencia la crucifixión de Jesús.

Esta ceguera llega hasta pedir guardias que vigilen el sepulcro de Jesús hasta el tercer día. Después de la resurrección sobornan a los soldados para que digan que han robado su cuerpo. Así tratan de desacreditar el mensaje asombroso de que Jesús ha resucitado. La Pasión de San Mateo, la más clara y completa de todas, nos invita a comprender el martirio de la Pasión y Muerte de Cristo desde la Iglesia. Nos insta a acompañar a Jesús en los acontecimientos más sagrados de su vida, al Jesús doliente que camina hacia la Cruz. Ante el Crucificado que entrega su espíritu confesamos: «Realmente éste era el Hijo de Dios» (27, 54). Hacia ese Hijo de Dios entregado a muerte confluyen todas las líneas confesantes y actuantes del nuevo pueblo de Dios.

Texto impresionante que nos muestra que la identidad de Jesús es ser una cosa con el Padre. Por eso Jesús no huye de la Pasión. Este texto de la Pasión puede ser contado, representado, venerado, rezado, meditado, agradecido y alabado.

Aceptando una muerte, que nadie quisiera para los suyos, Jesús se identifica con la voluntad del Padre. Muere como muere porque ha sido fiel a su entrega en amor. Acepta una muerte que no es la suya, pero que es el fruto sazonado de un gran amor, de tantas repercusiones en la Iglesia.

                                                                                             Manuel Sendín, O.SS.T.
 

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